21. Recolecta
Adami se despojó de su armadura de jaspe negro y se vistió con las prendas brevodianas que le habían ofrecido.
Para su sorpresa, el frío no calaba tanto a través de ellas.
En cuanto terminó de vestirse, no perdió ni un segundo más y volvió a unirse al grupo de recolectores que aguardaba su llegada cerca del acantilado.
—Tengo que reconocer que me agradan estas prendas que vestís. Voy entendiendo como habéis podido sobrevivir a este frío todos estos años.
Yskar sonrió.
—En ese caso… ya lo tenemos todo listo —dijo, mirando a su recolector más experimentado—. Íkaro, muéstranos el camino.
Al dejar atrás la última colina, Adami y los brevodianos llegaron a una planicie salpicada de hierba y arbustos cubiertos de nieve. Frente a ellos la tierra se cortaba en seco, dando lugar a un pronunciado precipicio que descendía abruptamente hacia las aguas de Aqualuna.
Los recolectores se aproximaron al filo del saliente y comenzaron con los preparativos. Unos afilaban los picos celestes, otros encajaban las cuerdas en las poleas y, más allá, Íkaro y algunos brevodianos más las aseguraban alrededor de enormes rocas junto al barranco.
Adami se acercó al borde y estiró el cuello para comprobar la altura a la que se encontraban. Pequeños fragmentos de tierra y gravilla se desprendieron del límite y cayeron al abismo, perdiéndose en las aguas del mar con un leve chapoteo.
—Siento ser impertinente —dijo, retrocediendo cuando empezó a sentir los síntomas del vértigo—. Pero… ¿No hay otro lugar de donde extraer el acero?
—Claro que lo hay —aclaró el rey—. Las Montañas Tortuosas que se extienden hacia el norte están repletas —se acercó al capitense y apoyó su mano en su hombro—. Pero si ya te parecieron duras las tormentas en Brevodia, no querrías sufrir las que arrecian allí.
Sin esperar respuesta, Yskar agarró del suelo una de las cuerdas ya atadas a la roca y extendió su extremo hacía Íkaro. El recolector rodeó la cintura del rey con ella y la aseguró con varios nudos.
—No te preocupes, comandante —prosiguió Yskar—, no te obligaremos a descender con nosotros si no quieres. Tan solo observa.
El brevodiano se alejó de la orilla.
—Agradezco ese miramiento por tu parte, Yskar, pero permíteme recordarte que, aunque algo estropeado, estoy aquí con la intención de prestar mi ayuda y…
El discurso de Adami se vio interrumpido cuando la sombra de Yskar le sobrepasó a gran velocidad y se lanzó al vacío del acantilado de un salto. Pálido, el comandante se giró con rapidez para contemplar cómo el rey descendía en picado, sostenido únicamente por una cuerda atada a la cintura.
Antes de presenciar aquel trágico final para el monarca brevodiano, Adami se giró en busca de ayuda, pero más sombras le sobrepasaron por el lado y, sin titubear lo más mínimo, se catapultaron de bruces hacia las fauces del vacío.
A medida que la cuerda alcanzaba el límite de su extensión, los recolectores iban frenando la caída apoyando los pies contra la pared rocosa del acantilado. Yskar fue el primero en detenerse y, al hacerlo, alzó la vista en busca del comandante entre la niebla.
—¡Atento! —gritó, asegurándose de que su voz llegaba al capitense—. ¡No quisiera que te lo perdieras!
Adami observaba ojiplático la cascada de sombras y cuerdas desde la cima.
Los recolectores, al unísono, comenzaron a perforar la superficie montañosa con el pico de filo azulado.
Resultaba hipnótico contemplar cómo, pese a la caída mortal que se abría bajo sus pies y al embate del viento helado, ellos continuaban cavando sin detenerse.
Cuando consideraron que el hueco era lo bastante profundo, Yskar y algunos brevodianos más guardaron los picos en sus fundas de cuero. Entonces desenvainaron uno de los lingotes y lo introdujeron en el orificio, hurgando en el interior de la roca para atraer el acero que pudiese contener.
Una vez la barra quedó completamente cubierta de fragmentos metálicos, los brevodianos empuñaron el lingote anaranjado y, con suma precisión, lo deslizaron por la superficie del primero, desprendiendo el acero adherido, que cayó en las cestas colgadas a sus espaldas.
Una vez concluida la tarea, todos se desplazaron a lo largo de la pared montañosa en busca de un nuevo punto de extracción.
Allí volvieron a cavar otro hueco y, haciendo uso del magnetismo, extrajeron el acero del interior, hasta que las cestas quedaron completamente llenas.
Entonces emprendieron el ascenso de vuelta a la cima.
Yskar fue el primero en llenar su cesta. Enfundó los lingotes y, con el peso del acero a cuestas, trepó por la cuerda hasta pisar tierra firme.
—Y así, amigo mío, es como se recolecta el acero brevodiano —dijo Yskar entre jadeos, dejando caer la cesta en el suelo.
—No sé si considerarte un valiente o un insensato —espetó Adami sin salir de su asombro—. Repito… ¿No hay otra forma que no implique arriesgar vuestras vidas de esa manera?
—Y, una vez más, te repito que las Montañas Tortuosas son una fuente de acero mucho más rica.
Si tanto te carcome la curiosidad, podríamos partir hacia allí mañana mismo.
Tras cuatro largos días de travesía cargando con los equipos de recolección y sin perdernos por sus laberínticos senderos, quizás hallemos algún yacimiento de acero.
Y, una vez lo localicemos y extraigamos el metal, tendremos que encontrar el camino de vuelta a casa, cargados ya no solo con los equipos, sino también con las cestas repletas de acero.
Todo ello esperando no morir congelados por una de sus tormentas.
Yskar soltó una carcajada al comprobar que el rostro del comandante, por momentos, parecía volverse más pálido.
—Aún no acabo de entender muy bien el humor brevodiano. Dame tiempo, te prometo que cuando lo pille me inflaré a reír contigo.
El resto de los recolectores fueron emergiendo de las profundidades del abismo a medida que Yskar y Adami conversaban.
El agotamiento y la satisfacción brillaban en sus ojos a partes iguales a medida que depositaban sus cestas repletas de acero en el suelo.
El comandante no tardó en darse cuenta de que Íkaro había sido, con diferencia, el que más había extraído cuando lo vio dejar cuatro cestas rebosantes de aquel metal.
—Un trabajo impecable, recolectores —felicitó Yskar mientras comprobaba las cestas—. Ha sido una jornada fructífera —Se inclinó, recogiendo su cesta y colgándosela nuevamente sobre su espalda—. Volvamos al reino a disfrutar de nuestro merecido descanso.
La noche cubrió el cielo de Brevodia.
Al ser un lugar situado a tanta altura, las estrellas se antojaban al alcance de la mano, y la luna colgaba en el firmamento tan cercana que su luz revestía el entorno con aquel manto de plata.
Tras regresar al reino, Adami se dirigió a su cabaña junto a los soldados del Doce.
Allí se despojó de la ropa húmeda y volvió a enfundarse en su armadura de jaspe.
Cuando todos estuvieron listos, el comandante y los miembros de su escuadrón abandonaron la estancia y se dirigieron a La Gran Llama , donde los brevodianos solían reunirse para cenar y despedir el día.
A su llegada al corazón del reino, observaron como el pueblo entero se había congregado alrededor del fuego azul.
Estaban sentados sobre unos taburetes de acero, compartiendo historias e intercambiando risas mientras esperaban su turno para asar la comida.
En uno de los flancos se extendía una larga lámina sobre la que se había dispuesto una ingente cantidad de carnes, pescados y diferentes verduras que los ciudadanos iban pinchando con una estaca de acero y asando bajo las llamas del Gran Fuego .
Los capitenses ocuparon los taburetes vacíos y acabaron entremezclados con los brevodianos. Adami se aproximó al trono de Yskar, quien ya disfrutaba de la carne asada.
—Justo a tiempo, comandante. Espero que esta velada sea reparadora —guiñó un ojo—. Te lo has ganado.
Adami asintió repetidas veces.
—Si llego a saber de toda la cantidad de comida que ofrecéis aquí en Brevodia, os hubiese visitado más a menudo. ¿Por qué Álvar no me comentaría nada?
Con un movimiento furtivo, el capitense arrancó un trozo de carne de la estaca de acero que Yskar sostenía en su mano.
—¡Eh!
—Y encima está sabrosa —afirmó, lanzándose el trozo de carne a la boca—. ¿De dónde obtenéis tan buen género en tierras tan vírgenes como estas?
Yskar agachó la cabeza, ensombreciendo su rostro con los mechones de cabello que bailaban frente a él.
—La nieve que nos rodea y nos protege de las hordas de Hiniur —dijo, con una seriedad que hasta entonces no había mostrado—, también es responsable de largas temporadas de frío y hambre —alzó la cabeza y Adami pudo apreciar el semblante entristecido que ahora mostraba el rey—.
Hemos aprendido a valorar los alimentos y, sobre todo, a aprovechar lo poco que tenemos para alimentarnos y resguardarnos del clima.
—Oye lo… lo siento —murmuró Adami, masticando cada vez más despacio.
—La carne que ahora engulles, por ejemplo —prosiguió el rey—, perteneció a un gran soldado Brevodiano que hasta hace unos días daba su vida por el reino. Para él, es un orgullo servirnos como alimento.
Adami dejó de masticar de golpe.
—Para él sería todo un honor servirte de esta manera, comandante. No dejes de comer.
—Er… honror e mío —balbuceó Adami, tratando de tragarse el pedazo de carne.
—Trágalo, comandante. Siente su furia guerrera palpitar en tu paladar. Siente como desciende por tu esófago y te imbuye con su coraje y valentía.
Tras varias arcadas que logró disimular, Adami consiguió engullir el trozo de carne. Tenía los ojos anegados en lágrimas por el esfuerzo, las manos le temblaban y el estómago rugía, como si le suplicara que no siguiera comiendo.
—No te avergüences, sírvete cuanto necesites —propuso Yskar, extendiendo su estaca de acero repleta de más carne—. Para mí es todo un honor.
—No, no, muchas gracias, estoy saciado ya de furia guerrera brevodiana. Además, dicen que no es sano irse a dormir con el estómago lleno.