20. Aceptación
El frío era intenso.
Un suave hilo de humo danzaba sobre el montículo de ceniza que descansaba en el centro de la estancia, e imbuía de un aroma terroso y ahumado el ambiente.
Las espadas y armaduras estaban apoyadas en los laterales de la cabaña, creando una empalizada de acero alrededor de los soldados del Doce, quienes, a pesar de la baja temperatura, seguían inmersos en sus sueños.
El frío pronto alcanzó al comandante. Las gruesas capas de mantas no fueron suficientes para evadir aquel invierno inmisericorde, y los escalofríos que recorrían sus viejos huesos le obligaron a abrir los ojos antes que nadie.
Tras ahogar su frustración en un suspiro, Adami se incorporó con cuidado, procurando no despertar a los soldados que aún dormían.
Con sumo sigilo se acercó a los colmillos incrustados en la pared que los brevodianos usaban como perchero, donde había dejado colgada su ropa de viaje.
A un lado reposaba su armadura azabache, apoyada sobre el paredón de acero.
Se enfundó en ella y abandonó la habitación.
Aun con el joven sol de la mañana, una densa niebla se había adueñado de las nevadas calles del reino. Un poderoso viento soplaba, portando consigo copos de nieve que humedecían la coraza del comandante al impactar en ella.
Allí fuera, la vida seguía su curso habitual.
Los habitantes de Brevodia realizaban los preparativos para afrontar un nuevo día.
Algunos disponían sobre la nieve desnuda prendas confeccionadas a partir de piel animal y adornadas con acero azulado para su venta.
Otros utilizaban sus herramientas para el lijado y aceitado de sus hogares, pues el acero añil con el que estaban construidos requería de un riguroso mantenimiento.
Intentando no distraerse demasiado, Adami emprendió su marcha hacia el centro del reino, buscando el cálido cobijo de La Llama Azul.
Atravesar las calles de Brevodia resultó ser una tarea más complicada de lo que Adami había esperado.
Sentía como la niebla se espesaba a medida que avanzaba y le impedía ver más allá de un par de palmos por delante.
Las fuertes ráfagas de viento parecían mecer al comandante a cada paso que daba, obligándole incluso a detener su marcha en algunos tramos.
Los brevodianos que caminaban por las calles lo miraban con extrañeza, pues ellos no parecían sufrir las secuelas de la gélida tempestad.
Adami incluso atisbó un pequeño grupo de niños que, ocultándose tras un saliente, se entretenían con juguetes forjados en acero, ignorando por completo la furia del invierno.
Tras un último esfuerzo, el capitense logró alcanzar su destino.
Se sentó frente a La Gran Llama y extendió sus manos hacia el fuego.
Cuando su cuerpo parecía volver a entrar en calor, el comandante se percató de la presencia de un grupo de brevodianos a escasos metros de él, que hablaban de forma distendida.
Algo que llamó su atención fueron sus ropajes. No vestían armaduras celestes ni blandían lanzas de puntas azuladas, sino que se ataviaban con prendas de cuero ceñidas al cuerpo que parecían no ofrecer el abrigo suficiente frente al frío que arreciaba.
Entre sus pertenencias, Adami también pudo distinguir que cada uno portaba un pico, una gran cesta, confeccionada con piel, que colgaba tras de ellos, y un par de lingotes alargados enfundados en cuero que bailaban a cada lado de sus caderas.
El comandante abandonó la comodidad de la llama y se acercó al grupo de extraños cuando, entre ellos, pudo distinguir la presencia de Yskar, quien también cargaba con una cesta y aquellos extraños lingotes.
—Nunca entenderé como podéis vivir con tanto frío —indicó Adami, atrayendo la atención de todos.
Yskar se giró hacia el comandante. El anciano se mantuvo de pie frente a ellos, abrazándose a sí mismo para tratar de paliar así el viento gélido.
—¿A esto llamas frío? —replicó el rey entre carcajadas—. Hoy Gheva nos ha brindado un día maravilloso.
—Maravilloso para no abandonar la cama.
Yskar carcajeó.
—Quisiera verte en los días de tormenta de nieve —dijo, sin borrar la sonrisa de los labios—. Incluso nosotros debemos refugiarnos en el interior de nuestros hogares cuando arrecia, pues el acero con el que los revestimos es lo único capaz de soportar las embestidas del viento.
—Una invitación ciertamente tentadora, Yskar, pero creo que voy a tener que rechazarla —Adami se frotó las manos—. No, en serio, ¿nunca habéis pensado en vivir en otro lugar? La vida es mucho más fácil allí fuera.
Yskar quedó a la misma altura que el comandante cuando, de pronto, se levantó. Sin decir palabra alguna, le sostuvo la mirada durante unos segundos antes de separarse del grupo y acercarse a La Gran Llama . Allí, dos pescados frescos, atravesados por palos de acero, se asaban a un lado del fuego.
El rey tomó los palos, regresó junto al grupo y le tendió uno de ellos al comandante.
—La nieve y el frío que hoy te desvelan —dijo el rey—, nos han servido como defensa ante los ataques Hiniur todo este tiempo. No es fácil atravesar el Valle Vanu cuando la tormenta ruge.
—Ya veo… —Adami se golpeó el mentón, pensativo—. Es como una especie de mecanismo de defensa que tenéis, ¿cierto? El Hiniur que no muera congelado, lo hará de un catarrazo —asintió—. Es ingenioso.
—Ingenioso o no, hoy debemos permanecer más alerta que nunca —aseguró Yskar—. No hay tormenta y, por tanto, somos más vulnerables ante un ataque.
Adami resopló.
—Entiendo entonces que pasaremos el día custodiando la entrada del reino —dijo, mirando el pescado asado mientras lo rotaba—. ¿Cómo lo hacéis? ¿Montáis guardias?
Yskar negó con la cabeza.
—No será necesario, comandante. La ofensiva que ejercimos contra los Hiniur nos dará algo de tiempo hasta que vuelvan a atacar. De todas formas, varios de mis hombres custodian las puertas del reino para poder avisar si se da algún ataque repentino.
Adami frunció el ceño.
—¿Y todos esos cachivaches que llevas? —espetó, señalando los lingotes que bailaban a cada lado de la cadera de Yskar—. ¿No son armas brevodianas para repeler Hiniur?
Yskar extrajo los lingotes y se los mostró al capitense.
—¿Esto?
Adami asintió.
—Son nuestras herramientas de recolecta —aseguró el rey—. Hoy extraeremos acero de las minas, aprovechando que no hay tormenta.
—¿Extraer acero? Con… ¿eso?
Yskar retiró la funda de cuero que cubría una de las barras y la apoyó sobre la coraza del comandante, la cual se quedó allí pegada. Adami lo miró desconcertado y el rey no pudo evitar soltar una carcajada.
—Adelante, comandante —dijo Yskar, divertido—. Trata de quitártela.
Temiendo ver su honor mancillado ante la mirada del grupo de brevodianos, Adami aceptó el reto. Aferró el lingote con ambas manos y, de un fuerte tirón, trató de arrancarlo.
No lo logró.
—No desistas, comandante —le animó Yskar—. Confío en ti.
El capitense volvió a intentarlo. Sostuvo el cilindro metálico con las manos y tiró, ejerciendo toda la fuerza que sus envejecidos brazos pudieron otorgarle.
Nuevamente, sus intentos fueron inútiles.
—¿Pero qué clase de brujería es esta? —espetó, exhausto.
Yskar desenfundó la segunda barra que portaba consigo, la cual irradiaba un fulgor anaranjado que delineó su perfil. Sin perder su sonrisa picaresca, la aproximó hacia la barra pegada al pecho del capitense. Esta se despegó de su coraza de inmediato y aterrizó sobre la mano del brevodiano.
—El poder del magnetismo, señor comandante —aclaró Yskar, alzando la barra azulada—. Uno atrae—. Alzó la rojiza—. Y el otro repele.
Adami frunció el ceño.
—¿Es así como conseguís el acero? —preguntó, acariciándose el pecho y asimilando lo ocurrido—. Tenía entendido que lo extraíais usando vuestras manos al desnudo.
El grupo de brevodianos situado a escasos metros se echó a reír.
—Sé que los brevodianos tenemos fama de ser poco delicados —comenzó a explicar Yskar—. Pero no todo lo hacemos a base de golpes y gritos —le dio un pequeño puñetazo cariñoso en el costado—. Somos salvajes, no animales.
Adami se frotó la zona del impacto
—Sigo sin entender del todo…
—No desesperes, comandante. Vas a comprobar de primera mano cómo funciona —aclaró Yskar—.
Nuestras reservas de acero empiezan a escasear y, aprovechando estos días de descanso, voy a unirme al grupo de recolectores en busca de acero.
Hoy vendrás con nosotros y podrás comprobar para qué sirven estas dos preciosidades.
El rey cubrió ambas barras en sus respectivas fundas de cuero y, llevando dos dedos a sus labios, emitió un breve pero sonoro silbido que atrajo las miradas del grupo de recolectores.
—Chicos, acercaos —llamó Yskar, haciéndoles un gesto con la cabeza—. Tenemos nuevo acompañante.
Dejando su conversación a medias, el grupo de recolectores se aproximó a su rey.
Todos portaban consigo los lingotes magnéticos cubiertos con cuero, la cesta colgando tras de sí y un afilado pico azul a sus espaldas.
Nadie podría dudar del origen de aquellos hombres y mujeres, pues la robusta complexión y altura de la que gozaban delataban la sangre brevodiana que corría por sus venas.
—Comandante, permíteme presentarte al formidable equipo de recolectores brevodianos —Yskar extendió la mano a modo de invitación—. Es a ellos a quienes debemos la prosperidad de nuestro reino.
Una vez se aproximó la totalidad del grupo, estos rodearon a Yskar y Adami en un semicírculo.
—Recolectores, hoy tenemos el placer de compartir una incursión con un diestro comandante de Capital. Mostrémosle cómo trabajamos en Brevodia —Yskar se volvió hacia el grupo—. Íkaro, ¿disponemos de ropa de recolecta de repuesto?
Un hombre dio un paso al frente.
Íkaro era, sin lugar a dudas, el miembro más corpulento del grupo de recolectores.
Su espesa barba ensombrecía su rostro y le confería un porte digno de un señor de las nieves.
Llevaba el cabello rapado por uno de los lados, mientras que por el opuesto descendía una larga melena castaña que caía hasta rozarle la clavícula.
Sobre sus ropajes asomaba un rústico colgante de cuero, adornado con lo que parecían colmillos de algún animal que Adami no supo identificar.
—Tenemos.
Íkaro dejó caer uno de los sacos sobre la nieve y lo abrió de un tirón.
Adami estiró el cuello y pudo distinguir un conjunto de farolillos y velas, varias cuerdas y poleas, y diversas prendas de abrigo.
Íkaro rebuscó entre los objetos hasta extraer unos ropajes de cuero que tendió hacia el comandante.
—Te recomiendo que te vistas con ellas comandante, abrigan más de lo que parece —aclaró Yskar ante la confusión que mostraba Adami—. El frío que sientes aquí poco tiene que ver con el que se sufre durante la recolecta.
Adami aceptó la ropa y permaneció inmóvil, observando a los brevodianos sin decir una palabra. Yskar frunció el ceño y miró tras de sí en busca de aquello que había atrapado la atención del comandante. Pronto, todos los recolectores imitaron a su rey, y empezaron a mirar hacia todas partes.
—¿Comandante?
—¿Sí?
Yskar arqueó una ceja.
—¿A qué esperas?
Adami se ruborizó.
—Aunque eres muy simpaticón y me has acogido como uno más, siento que no nos conocemos lo suficiente como para dar el paso de desnudarme delante de ti —aclaró—. Si lo desvelo todo ya, se pierde la magia, ¿no crees?
Yskar arqueó todavía más su ceja hasta que, de pronto, estalló en carcajadas.
—Iremos adelantándonos entonces —sugirió, divertido—. Puedes cambiarte tranquilo, prometemos no mirar.
El rey se dio media vuelta y, junto al resto de los recolectores, emprendió la marcha hacia el acantilado donde extraerían el acero. Mientras avanzaba, no podía evitar pensar en las ocurrencias del comandante.
¿Lo había dicho en serio…?
¿O es que aquel hombre siempre hablaba con ironía?
Alzó la vista al cielo sin perder la sonrisa.
Álvar, ¿a quién narices me has enviado?