El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 19. Azotea
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19. Azotea

La pena se adueñó de Cincela cuando volvió a quedarse sola en la habitación.

Allí abandonada, en la oscuridad de la noche, la soledad se sentía mucho más pesada. Se tumbó sobre la almohada, cerró los ojos, y dejó que el sueño calmase esa angustia y el dolor que la afligían por dentro.

Pero se sobresaltó cuando, de pronto, la puerta de la habitación crujió al abrirse.

Se incorporó ligeramente y esperó a que sus ojos se adaptasen a la penumbra que ahogaba la habitación. Bastaron unos pocos pasos para que la escasa luz lunar que se filtraba por la ventana iluminara a un joven de cabellos ondulantes que, con pasos sigilosos, se acercó hacia ella.

—No podía dejar pasar la noche sin darte el pésame personalmente —susurró Tayim, medio oculto en la sombra.

Cincela se frotó los ojos con la manga, retirando así la humedad en ellos.

—No importa.

Tayim se encogió de hombros.

—A tu padre parecía importarle.

Cincela palideció.

—¿Has escuchado nuestra conversación?

—La conversación no —aclaró—, pero sus gritos y el posterior portazo habrá despertado hasta al mismísimo Yavan.

—Lo siento, mi padre es un poco… impulsivo a veces.

El príncipe se atrevió a sentarse sobre el filo de la cama, junto a ella.

—¿Puedo preguntar sobre qué discutíais?

Cincela tomó aire, y lo exhaló poco a poco, midiendo bien las palabras con las que iba a responder. No había que olvidar que Tayim era el hijo de Grifford, futuro rey de Lenov y, por tanto, uno de los principales perjudicados.

¿Cómo iba a tomárselo él?

¿Debería…? No… quizás no.

—Hay algo de lo que nos hemos enterado —dijo, por fin—. Algo que puede cambiar mi futuro aquí en el castillo —ocultó su rostro entre sus rodillas flexionadas—. Preferiría no hablar del tema ahora, Tayim.

El príncipe apoyó su mano suavemente bajo el mentón de Cincela, guiándola para que alzara la cabeza y lo mirara a los ojos. Aunque la oscuridad imperaba en la habitación, Cincela pudo intuir la sonrisa que se dibujaba en su rostro.

—Ven conmigo —propuso él, tomando la mano de Cincela y entrelazando sus dedos con los suyos.

—¿Ir contigo? ¿A dónde?

—No preguntes, tan solo… déjate llevar.

—No… no estoy de ánimos ahora, Tayim. Quizás…

—Confía en mí.

Cincela volvió a mirarlo. No sabía explicar por qué, pero el brillo de sus ojos la invitaba a dejarse guiar por su voz. Tal vez fuera su forma de hablar o la manera en que la trataba. Lo cierto era que, aunque apenas se conocían, Tayim lograba que todo lo demás, por un momento, dejase de importar.

Aceptó su mano y juntos abandonaron la habitación.

Tayim se paró en el umbral de la puerta y miró a ambos lados del pasillo antes de avanzar.

Cruzaron la galería de antorchas con sigilo, cuidando de no delatar su presencia, hasta que el príncipe se detuvo frente a una puerta, casi al final del corredor.

La madera mohosa y las bisagras oxidadas que la sostenían hacían alarde de su antigüedad.

Tayim soltó entonces la mano de Cincela y buscó entre sus bolsillos un juego de llaves de oro.

Al introducir una de ellas en el cerrojo, la puerta se abrió con un suave siseo.

Una ráfaga de viento helado procedente del interior meció los cabellos dorados de Cincela. Frente a ella se extendía una sinuosa escalera de caracol, construida a partir de grandes bloques de mármol que ascendía hasta perderse en la oscuridad.

—Vamos.

El repentino susurro de Tayim distrajo a Cincela de sus pensamientos. Se sobresaltó al ver medio torso del príncipe emergiendo de entre la penumbra que envolvía las escaleras. Su mano se extendía hacia ella, invitándola a sostenerla y, una vez más, Cincela se dejó llevar.

Todo resquicio de luz se esfumó cuando la puerta se cerró tras ellos.

Aunque no podían ver nada, ambos jóvenes ascendieron por la escalera, guiándose únicamente por el tacto de la pared que los rodeaba.

El olor a humedad y madera vieja era más intenso a medida que avanzaban, como si el pasadizo no hubiese sido transitado en décadas.

Un enladrillado de mármol superpuesto se alzó frente a ellos y cortó su avance abruptamente.

Por encima de sus cabezas, a un palmo de distancia, una trampilla de madera los separaba del exterior.

Cincela percibió unas leves ráfagas de aire fresco que se colaban de entre sus oquedades, y una tenue luz lunar que reflejaba levemente la silueta del joven príncipe.

Tayim volvió a extraer el juego de llaves doradas e introdujo otra de ellas en el cerrojo de la trampilla.

La empujó y, de pronto, un manto de estrellas acarició el rostro de Cincela.

La noche estaba en calma. Allí, en lo alto de una de las torres del castillo, los únicos sonidos que podían percibir eran el cántico de los grillos y el ulular de algún búho en la lejanía.

Tanto Cincela como Tayim se deslizaron a través de la abertura de la trampilla y saltaron hasta alcanzar el tejado.

—No te detengas —advirtió el príncipe—. Ya casi hemos llegado.

Tayim avanzó por el estrecho pasillo de adoquines cuyos bordes se precipitaban en perpendicular hacia el vacío.

Tras meditarlo unos instantes, Cincela logró vencer el vértigo y lo siguió.

Caminaban agachados, atentos a cada paso y al lugar exacto donde apoyaban los pies.

Poco a poco ambos jóvenes fueron bordeando la parte más alta de la torre hasta que, de pronto, el príncipe se detuvo.

—¡Aquí es!

El sendero de piedra terminaba de golpe en un pequeño hueco encajado entre las tejas.

El techado de la torre rodeaba la planicie, cercándola y protegiéndola con sus muros bajos.

Tayim se recostó sobre la piedra y dio unos suaves golpecitos a su lado, invitando a Cincela a tumbarse junto a él. Ella aceptó sin oponer resistencia.

—Ha merecido la pena, ¿verdad? —susurró él, acomodando las manos tras su cabeza, a modo de almohada—. ¿Qué te parece?

La brisa nocturna que ascendía hasta lo alto de la torre jugó con los cabellos dorados de Cincela mientras ella observaba a su alrededor.

Desde allí pudo distinguir, en la lejanía del horizonte, las siluetas de las copas de los árboles que conformaban el Bosque Aurora, el estallido de las olas rompiendo contra los muros del reino, los farolillos que salpicaban las calles, trazando con su tenue luz el camino hacia los hogares de los lenovenses que ahora dormían…

Era cierto. Ver Lenov desde allí arriba era mágico.

—Es… precioso, Tayim.

—Ahora ya conoces mi lugar favorito del castillo.

Cincela se giró hacia el príncipe.

Tayim observaba las estrellas, que iluminaban su semblante con su titilante brillo. Sonreía despreocupado y pronto esa felicidad contagió a Cincela, provocándole una sonrisa también.

—La tranquilidad de la noche y la calidez de la luna —prosiguió Tayim—, son la mejor compañía para quien tiene un mal día. ¿No crees?

Cincela volvió a clavar su mirada en el firmamento y asintió.

—Me recuerda a mi hogar —murmuró, procurando así no romper la calma—. A las noches de verano tumbada en la hierba frente al granero. Y, como a ti, esa tranquilidad también me ayudaba a olvidar en días así.

Ambos jóvenes callaron unos instantes, dejando que el silencio facilitase la sumersión en la paz que la noche les regalaba.

—Pues podríamos decir que este es mi “granero”— confesó el príncipe—. Y, a partir de hoy, será nuestro pequeño escondite para escapar del mundo cuando lo necesitemos —giró su cabeza para mirar a Cincela—. Será como nuestra guarida secreta.

En efecto, Tayim no era como el rey Grifford. Él veía belleza en las cosas que le rodeaban: la luna, la noche, las estrellas… No era el perfil habitual de un príncipe heredero de un reino. Parecía que, como Cincela, la vida noble no era su lugar.

—Gracias, Tayim.

El príncipe guardó silencio y cerró los ojos, dejando que el viento danzara entre sus cabellos.

Cincela sonrió al darse cuenta de que se había quedado dormido e, imitándole, se acurrucó a su lado, dejando que el sonido del oleaje y el mecer de las hojas la sumiesen a ella también en un apacible sueño.