El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 18. Revelación
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18. Revelación

El sol fue ocultándose tras el Bosque Aurora, hasta que la noche envolvió por completo el reino de Lenov. El fuego se extinguió con la llegada del frío nocturno y la gente, poco a poco, fue abandonando la plaza.

Cincela y Ramis fueron los últimos en irse. Permanecieron en silencio mientras contemplaban la cama de madera que se extendía ante ellos, ahora reducida a carbón, cenizas y recuerdos que no podrían olvidar jamás.

—Él… te quería mucho.

Cincela se sobresaltó cuando, de pronto, la voz de su padre la devolvió a la realidad. Sin embargo, no contestó. Se limitó a asentir, sin apartar la mirada de los restos de su abuelo.

Ramis suspiró.

—Volvamos al castillo —dijo, al no recibir respuesta—. Empieza a hacer frío.

Cincela levantó la cabeza y dirigió sus ojos enrojecidos hacia los de su padre.

—Ahora… —carraspeó, tratando de recobrar la voz—. Ahora te alcanzo.

Ramis obedeció y, dándole un suave beso en la coronilla, se alejó de ella, concediéndole la intimidad que necesitaba.

Cincela se quedó sola frente el altillo de madera o, al menos, lo que quedaba de él. Juntó ambas manos y recogió algunos de los restos de ceniza que se tendían encima de la plataforma. Cerró los ojos, sopló la ceniza al viento y, entre lágrimas, dejó que esta volase hacia el cielo.

Hasta siempre, abuelo.

La muerte de una personalidad como Azhna había afectado a todo Lenov.

La alfombra roja que conducía al trono había sido sustituida por un tapiz dorado en representación de la capa de Capitán que alguna vez lució. Una hilera de ostentosos candelabros se alzaba a ambos lados, iluminando el recorrido hasta los tres peldaños que ascendían al trono.

A medida que Ramis y Cincela atravesaban la sala, tuvieron la sensación de que las estatuas que representaban a Aelireth e Izh los observaban, incluso aunque sus inanimados ojos de piedra estuvieran ocultos tras una venda.

Tras cruzar una de las puertas laterales y recorrer el pasillo iluminado por antorchas, padre e hija se adentraron por fin en la alcoba. Ramis cerró la puerta tras de sí, dejó el yelmo perlado sobre la mesa de la entrada y comenzó a escarbar en el armario.

—¿Recuerdas qué hierbas utilizaba para elaborar tu medicina? —preguntó, leyendo con atención las etiquetas pegadas en los pequeños saquitos de hierbas.

Cincela, sentada sobre la cama, se giró hacia su padre.

—Había una… anaranjada, creo —murmuró, con voz apagada—. La mezclaba con otra de color morado que guardaba en el estante más alto.

Ramis reunió más de quince bolsitas de hierbas anaranjadas y cerca de una decena de hierbas violáceas, que dejó caer sobre la cama.

—¿Te es familiar alguna de estas?

Cincela se tomó unos minutos en analizar cada bolsita, pero no logró reconocer ninguna.

—No sabría decirte papá, son todas tan parecidas…

Ramis suspiró. Se acercó a la cama y se sentó, dejando caer todo el peso de su armadura sobre ella.

Separó cada bolsita y comenzó a inspeccionarlas una a una, en busca de alguna pista que le permitiera identificar la que necesitaba.

Cincela se inclinó sobre la colcha y lo ayudó en aquella tediosa tarea.

Durante un rato trabajaron en equipo; Ramis abría los saquitos, vertía su contenido sobre la palma y se lo mostraba a su hija.

Ella, a su vez, leía las etiquetas con la esperanza de reconocer alguno de los nombres inscritos.

De pronto, Cincela se detuvo y desvió la mirada hacia el armario. Ramis frunció el ceño.

—¿Qué ocurre, hija?

—Recuerdo… —dijo, casi como un susurro—. Un libro azul.

—¿Libro azul?

Ramis se dirigió de nuevo al armario para realizar una búsqueda más exhaustiva.

—Uno que el abuelo siempre utilizaba cuando me daba las medicinas —ella miró al techo, tratando de recordar—. Puede que anotara ahí las hierbas que utilizaba —dirigió su mirada hacia la mesa de la entrada—. En los cajones de la mesita… Sí… puede que ahí…

El Capitán abandonó su búsqueda para acercarse a la entrada. Hincó una rodilla sobre el suelo y, con cierta urgencia, comenzó a abrir los cajones.

Abrió el primero.

Abrió el segundo.

Abrió el tercero y… se detuvo.

—Debe de ser este —indicó. Se incorporó tras mostrar un cuaderno azul entre las manos.

Cincela lo reconoció al instante.

Quiso alegrarse, pero contemplar la libreta de nuevo le recordó demasiado a Azhna, y una pequeña punzada de añoranza le impidió sonreír.

—Bien, veamos —prosiguió Ramis, hojeando el libro—. En efecto, aquí está todo —pasó el dedo por una de sus páginas mientras leía—. Síntomas: desmayo, náuseas y mal estar estomacal.

—¿Dice algo sobre las hierbas? —preguntó Cincela mientras seguía rebuscando entre las bolsitas de cuero esparcidas sobre la cama.

— Tratamiento: Ajenjo y Árnica — leyó Ramis—. Hay imágenes dibujadas a mano para poder diferenciarlas.

—¿Y sobre las cantidades?

—Déjame ver… —pasó página—. Obtención… —pasó página—. Cultivo… —pasó página—. Diagnóstico…

Ramis detuvo bruscamente su lectura.

Miró la página, ojiplático, con un semblante que parecía palidecer a cada segundo. El cuaderno se deslizó de entre sus dedos y cayó al suelo con un estruendo que rompió el silencio de la noche y logró sobresaltar a Cincela.

—¿Pa… pá?

El Capitán no apartó la mirada del cuaderno medio abierto que yacía a sus pies. Cerró los puños con tanta fuerza que los nudillos se le volvieron tan blancos como el rostro. Su respiración se aceleró y parecía que sus ojos se iban a salir de las órbitas de un momento a otro.

—Padre… ¿Va todo… bien?

Ramis volvió en sí al escuchar la voz de su hija.

Alzó la cabeza lentamente hasta clavar su mirada más fría en Cincela.

—¿Cuándo…? —balbuceó, conteniendo su creciente ira—, ¿…pretendías contarme la verdad?

Cincela frunció el ceño.

—¿A… qué te refieres papá?

Ramis comenzó a dar vueltas sin rumbo por la habitación, tratando de apaciguar la furia que ardía en su interior.

De pronto se detuvo frente al armario. Comenzó a resoplar, cada vez con más fuerza, hasta que sus intentos por calmarse fracasaron y descargó un violento golpe contra el mueble, derribando varios de los objetos que reposaban en él.

Objetos que pertenecieron a Azhna y que con sumo mimo había guardado allí.

—¿TE HAS VUELTO COMPLETAMENTE LOCA?

Cincela se encogió ante el repentino grito.

—¿Qué…? Padre, no estoy…

Otro golpe contra el armario interrumpió a Cincela. Viales, saquitos de cuero y manuscritos de todo tipo se esparcieron por el suelo frente a ella.

—¡Esto puede significar nuestro destierro!

Cincela miró fijamente a su padre, tratando de descifrar en su mirada qué era aquello que lo había alterado de aquella manera.

—No lo entiendes, ¿verdad? Para ti esto debe de ser un juego —prosiguió Ramis, ahogando su ira con otro golpe—. ¡Has hecho el pacto! —golpeó—. Has jurado lealtad a Gheva —golpeó—. Al reino —golpeó—. ¡Has jurado ser princesa de Lenov!

—Papá, cálmate, por favor… cálmate —murmuró Cincela desde la esquina de la cama—. No sé de qué me estás hablando, por favor… cálmate.

Ramis se dirigió al ventanal de la habitación, apoyó sus manos sobre la repisa y observó el horizonte durante unos segundos.

Se giró, mostrando únicamente su perfil.

—¿Cuándo pretendías decirme que eres estéril?

Una sensación de vértigo recorrió el cuerpo de Cincela, que se entremezcló con una angustia que apenas pudo contener.

—Yo no… el abuelo nunca me dijo nada.

Ramis tomó el libro azulado de entre los restos esparcidos por el suelo.

El sonido metálico de sus pasos rompió el silencio mientras se acercaba a su hija y le tendía el cuaderno para que ella misma pudiera leer lo que allí había escrito.

Se trataba de un compendio de toda la información acerca de la enfermedad que padecía.

Estaba dividido por días, con breves anotaciones en los márgenes y dibujos de flores y hierbas que adornaban el pie de página.

Cincela pasó los ojos por encima del texto, saltando de párrafo en párrafo hasta que, por fin, encontró lo que lo explicaba todo:

Diagnóstico: Infertilidad.

Su estómago dio un vuelco. Un escalofrío recorrió su espalda mientras trataba de asimilar todo lo que ello implicaba.

El abuelo… ¿lo sabía?

Ya no podré ser reina…

Me exiliarán, me desterrarán a mi suerte o incluso, puede que ordenen mi ejecución…

Cincela se atrevió a despegar los ojos del cuaderno y mirar a su padre. Quiso buscar refugio en su mirada, pero solo encontró dos ojos azules cargados de desaprobación.

—¿Quién más lo sabe?

Cincela se tomó varios segundos antes de contestar, intentando que la ansiedad que sentía no se apoderase de sus palabras.

—Quizás… el rey Álvar —confesó, con voz temblorosa—. Según me contó Verso, fue él, junto al abuelo, quienes me trataron el primer día.

Ramis cerró los ojos y dejó escapar un largo suspiro.

—En ese caso, debemos comunicárselo a Grifford cuanto antes.

—No… no tiene por qué enterarse, papá.

Ramis volvió a abrir los ojos y los clavó en los de su hija. Cincela comprendió entonces que el esfuerzo de su padre por contenerse había sido en vano, pues, en su reflejo, pudo percibir la rabia y la impotencia que lo consumían.

—Sigues sin entender nada —espetó, firme—.

Esto no es algo que puedas ocultar. No si has jurado ante todo el mundo ser la próxima reina de Lenov —calló, dejando que Cincela asimilase la gravedad de la situación—.

Si Grifford se entera de tu condición por Álvar o alguien ajeno a nosotros, podrían considerarnos traidores a la corona y ejecutarnos a los dos. ¿Es eso lo que quieres?

Cincela intentó contener las lágrimas, pero no pudo evitar que se deslizaran por sus mejillas. Ramis se dirigió a la puerta de la habitación, recogiendo su yelmo con un brusco manotazo a su paso.

—Es tarde —indicó, colocándose el yelmo y dándole la espalda a su hija—. Ahora, duérmete. Mañana concertaré una reunión con el rey y le comunicaré la noticia.

Ramis abandonó la habitación dando un violento golpe con la puerta y sin concederle a Cincela la posibilidad de contestar.