El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 17. Recuerdo
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17. Recuerdo

El coro real interpretaba La luz hacia Gheva en el altar de la plaza.

Las voces varoniles que entonaban aquella pieza musical ocasionaban un precioso estallido sinfónico que anegaba el reino entero.

Rara vez se escuchaba aquel canto, pues estaba reservado para los actos funerarios de reyes, capitanes y héroes.

Su letra versaba sobre Gheva y cómo los Vastali acompañaban al recién fallecido hacia las estrellas junto a ella.

Todo Lenov se concentraba en la plaza aquel día, ya que, de una manera u otra, Azhna había influido en sus vidas, y todos deseaban despedirse de él.

Frente a las puertas del castillo yacía el cuerpo del anciano, dispuesto sobre una larga losa de madera con asas en los extremos para facilitar su transporte. Una amplia tela blanca, salpicada de tonos dorados, envolvía el cuerpo del excapitán, ocultándolo de las miradas de los lenovenses.

Ramis permanecía frente al cadáver y, por primera vez, parecía no poder contener las lágrimas.

A uno de los lados se encontraban Grifford, Regina y Tayim, que contemplaban la escena con la cabeza gacha y en silencio.

Junto al Capitán estaba Cincela, que asistía por primera vez a una ceremonia como aquella.

Dina no había podido acudir a la despedida de su marido ya que su pena era tal que fue necesario administrarle hierbas tranquilizantes que la mantenían postrada en la cama.

Justo bajo la escalinata, los habitantes de Lenov se agrupaban para escuchar la sinfonía del coro, que permanecía en pie sobre un pequeño altillo.

Había momentos en que la música parecía apagarse, pues incluso a los propios miembros del coro se les anudaba la garganta al contemplar el cuerpo sin vida de su antiguo Capitán.

Sin duda, todo Lenov conocía y honraba el buen hacer de Azhna.

El coro enmudeció tras entonar la última nota.

Aunque todo Lenov parecía estar conglomerado en la plaza, un silencio sepulcral, únicamente interrumpido por algún sollozo en la lejanía, se apoderó del lugar.

Tras la pausa, Grifford y Regina avanzaron hasta el borde de la explanada.

El rey barrió con la mirada a los presentes y percibió la profunda tristeza que entre ellos imperaba.

—Todos conocíamos a Azhna —proclamó, con la voz algo tomada—.

Más que un Capitán, Azhna era un amigo. Todo lo que hacía, lo hacía de corazón, sin esperar nada a cambio.

No importaba cual fuera la petición, él…

siempre estaba dispuesto a ofrecer su ayuda—.

Hizo una pequeña pausa—. Ahora procederemos a darle ese último adiós que merece.

Quien lo desee, puede acercarse y dedicarle unas últimas palabras.

Tan pronto el rey volvió a su lugar tras el féretro, los ciudadanos de Lenov formaron una interminable fila hacia el cuerpo del antiguo Capitán, el cual estaba custodiado por Ramis y su hija.

Los primeros en ascender por las escaleras fueron una pareja de ancianos que, para sorpresa de Cincela, le resultaron extrañamente familiares.

El hombre era un viejo compañero de La Cruzada con el que el abuelo había compartido instrucción y, por lo que Cincela podía recordar, también había cuidado de Ramis cuando éste aún llevaba pañales.

Al pisar la planicie se dirigieron hacia Ramis con los brazos abiertos y una evidente emoción en sus semblantes.

El hombre abrazó al Capitán que, al hundir el rostro en su hombro, lo dejó empapado de lágrimas.

La mujer que le acompañaba esperó su turno para poder mostrar también sus condolencias y compartir su dolor.

Cincela apartó la mirada. Por extraño que pareciera, ver a su padre tan frágil y vulnerable, él que siempre trataba de mostrarse frío y carente de emoción, le afectó más de lo que hubiese imaginado.

Un cálido abrazo bastó como despedida antes de que se separaran de Ramis y se acercaran al cuerpo de Azhna al que, entre sollozos, dedicaron unas palabras que Cincela no alcanzó a escuchar. Permanecieron frente al cuerpo de su abuelo un poco más hasta que, finalmente, se acercaron a ella.

La mujer se adelantó y, sin mediar palabra, rodeó a la joven con sus brazos.

—Lo siento.

El nudo que sentía Cincela en la garganta le impidió contestar.

—Nadie se merece una muerte tan grotesca —susurró la voz del anciano cuando se acercó—. Y menos alguien como él, cuya bondad alcanzaba la grandeza de Gheva—. Guardó silencio mientras se enjugaba las lágrimas—. Lo siento.

Sin esperar respuesta por parte de la joven, los ancianos le dedicaron un beso en la frente y se retiraron de vuelta a la plaza.

Durante las horas siguientes, los ciudadanos fueron acercándose para despedirse de Azhna. Cada uno llevaba consigo su propias vivencias y anécdotas, recuerdos y añoranzas, dolor y pesar, que deseaban compartir con él antes de darle el último adiós.

Cincela luchaba por contener las lágrimas mientras la procesión seguía desfilando ante el cuerpo de su abuelo. Entre protocolos funerarios y rituales religiosos, su mente no lograba pensar en otra cosa que no fuera él, en la forma en que había perdido la vida y el enorme vacío que dejaba en ella.

Deseaba… que todos desaparecieran. Que no hubiera nadie más allí arriba. Tan solo él y ella, para así hablarle una última vez y despedirse sin el acecho de tantas miradas desconocidas.

¡Hazlo! No lo vas a ver nunca más.

Los últimos en subir a despedirse fueron los hombres y mujeres del coro, los cuales traían consigo una losa de mármol que depositaron bajo el féretro.

Cincela se inclinó disimuladamente para tratar de leer las letras grabadas en ella:

Syn Lenov omylkeni

–

Hijo predilecto de Lenov .

Cuando los miembros del coro volvieron a la plaza, Ramis se acercó al cuerpo de su padre y depositó sobre la tela que lo cubría el yelmo que había portado durante sus años como Capitán. Tras ello, se inclinó y besó la tela antes de regresar a su lugar.

Grifford alzó una mano y, en respuesta, las puertas del castillo se abrieron de par en par.

Desde la penumbra emergieron seis siluetas ataviadas con túnicas blancas y doradas, que avanzaron en procesión.

Uno de ellos alzaba una ostentosa antorcha dorada en alto, cuya llama ondulaba con ímpetu.

Entre ellos, Cincela reconoció a Verso, quien mecía un botafumeiro para que el aroma a incienso y madera vieja impregnase el ambiente.

El grupo de clérigos alcanzó la tabla de roble donde Azhna yacía y se dispusieron a su alrededor formando un semicírculo. El órgano real volvió a entonar la melodía de La Luz hacia Gheva y los clérigos, al son, la corearon en celestial.

Quizá fue la música, el ver a su padre luchar en vano por contener las lágrimas o, tal vez, el estar tan cerca del cuerpo sin vida de Azhna, pero aquel nudo que Cincela había sentido durante toda la ceremonia se acentuó en aquel preciso momento y las lágrimas, sin previo aviso, comenzaron a recorrer su rostro.

Cuanto más sonaba la melodía, más lágrimas se acumulaban en sus ojos, más pesada se volvía la ausencia de su abuelo, más consciente era de todo lo que implicaba aquella despedida…

El abuelo… realmente se ha ido.

Se ha ido… para siempre.

Para siempre…

La música se apagó y el rezo de los clérigos, de pronto, llegó a su fin.

Lenov se sumió en un silencio absoluto.

El clérigo portador de la antorcha dio un paso al frente. Descendió la mano lentamente hasta que la llamarada encontró la pira de madera dispuesta bajo Azhna.

El fuego prendió con suma rapidez y las ascuas pronto devoraron el cuerpo del que fuera Capitán de Lenov. Cincela alzó la vista y, con los ojos vidriosos, observó cómo los copos de ceniza ascendían arrastrados por el viento y el abuelo ocupaba su lugar entre las estrellas.