16. Hoguera
La empalizada que cercaba el reino era imponente.
Una letal hilera de picos de hierro colocados de forma irregular, estaban dispuestos de tal forma que impedían la entrada de todo aquel que no era bienvenido.
El acceso al reino estaba conformado por dos enormes colmillos que convergían en sus puntas, formando un arco.
No había muros, sus edificios eran más bien sencillos y carecía de castillo o fortaleza como cabría esperar.
Sus habitantes vivían en construcciones que recordaban a cabañas, levantadas con planchas de acero celeste superpuestas y rematadas en lo alto con pieles que las protegían de la nieve y el frío.
Pero, si algo caracterizaba a Brevodia, no era sino por la conocida como la Gran Llama Azul, que bailaba en su centro.
En pleno corazón del reino se abría una hendidura natural de la que manaba una constante llamarada añil proveniente, según se creía, de lo más profundo de la tierra.
No era, sin embargo, un fuego cualquiera, pues ni la más feroz de las tormentas podía apagarlo.
Algo que llamaba poderosamente la atención era que todo el reino estaba construido a partir de acero celeste: los hogares, la empalizada que lo rodeaba, las armas y armaduras, e incluso los utensilios de cocina, las herramientas y los juguetes que los propios niños se fabricaban.
Y todo ello era gracias a la labor de los recolectores brevodianos, que extraían y trabajaban el acero de las zonas próximas al reino para fundirlo posteriormente en la Gran Llama Azul e impregnarlo con aquel color tan único.
Yskar y Adami se detuvieron justo donde ardía la Gran Llama . En uno de sus flancos descansaba un ostentoso sillón forjado en acero y cubierto con las pieles de algún animal autóctono. Yskar tendió el yelmo celeste a sus pies, apoyó la lanza en un costado y se dejó caer en la comodidad de su trono.
—Toma asiento, comandante —invitó, señalando un pequeño sillón a su vera—. Junto a la llama azul entraremos en calor rápidamente.
—Ah… la gran llama —musitó Adami, acomodándose en la silla mientras contemplaba una de las grandes maravillas del mundo—. No importa cuantos años pasen, Brevodia siempre tiene ese encanto tan hechizante.
El rey arqueó una ceja.
—¿Ya habías estado aquí antes?
Adami asintió.
—Quizás no me recuerdes —dijo, sin dejar de contemplar las llamas—; fuimos muchos los que vinimos desde Capital en aquella ocasión, pero cualquiera que contempla el fuego azul una vez, ya nunca más se olvida de él.
Un grupo de cuatro brevodianos se acercó cargando recipientes repletos de agua caliente, que depositaron a los pies de los hombres.
—Supongo entonces que no vendrías de paso —prosiguió Yskar mientras se descalzaba e introducía sus pies en el agua—. Las visitas de Capital no suelen ser por motivos de ocio, precisamente.
—Supones bien —contestó Adami, imitando al rey y sumergiendo él también sus pies en el agua caliente—. Vinimos para brindar apoyo en otra ofensiva Hiniur, junto con Álvar y otros dos escuadrones de Capital.
El nuevo invitado en el reino no pasaba desapercibido.
Desde la llegada de los capitenses, los brevodianos habían comenzado a retomar la cotidianidad de sus vidas: algunos lijaban y limpiaban sus hogares, otros transportaban el acero recién recolectado para depositarlo junto a la Gran Llama, y otros fundían el metal para darle forma.
—Como habrás podido comprobar, esta ofensiva Hiniur ha sido de las más duras que hemos sufrido en mucho tiempo.
Las imágenes del campo de batalla se agolparon de pronto en la mente del comandante, que había permanecido hasta ese momento con la mirada perdida en las llamas azules.
Su atención quedó atrapada por la manera en que un niño abrigado con pieles pardas fundía un trozo de acero en el fuego y lo moldeaba.
—Y siento ser yo quien te destripe el desenlace —respondió Adami, sin apartar la mirada del niño—. Pero esto es solo el principio.
Yskar frunció el ceño.
—No, no me mires así —repuso el capitense ante la reacción del rey—. Como bien sabrás, las fuerzas del mal son cada vez más numerosas y mucho me temo que va a ir en aumento hasta que… bueno, la profecía se cumpla, el Dios Yavan descienda de los cielos, o de dondequiera que esté, y nos mate a todos.
Yskar acentúo todavía más el gesto de incredulidad que presentaba su semblante.
—¿Estamos condenados a perecer entonces? ¿No importa cuánto hagamos o luchemos?
Adami se encogió de hombros.
—Tampoco importa si tenemos o no posibilidades —dijo—. Supongo que no hay alternativa y, cuando ese día llegue, la humanidad luchará por sobrevivir, quiera o no, pues así está en nuestra naturaleza. Es como una especie de TOC que tenemos nosotros los humanos: si me pinchas; yo te pincho.
—Brevodia lo hará —sentenció el rey, tajante—. No vamos a ceder estas tierras como si nada. Aunque descienda el mismísimo Yavan, nosotros, los brevodianos, defenderemos nuestro hogar.
—¿Ves? A eso me refería.
—De todas formas, ¿de dónde salen todos esos Hiniur? —prosiguió Yskar, inmerso en sus propios pensamientos—. Entiendo que llegará un momento en que dejen de reproducirse, ¿cierto?
—Nadie lo sabe —aseguró Adami. Al rascarse la barba dejó caer un fino rastro de caspa—.
La humanidad lleva tantos años combatiéndolos…
y aún no tenemos ni la más remota idea de dónde vienen.
No quisiera juzgar la vida sexual de nadie pero, vaya, aquí quien debe estar pasándolo francamente mal es mamá Hiniur, dando a luz a semejante cantidad de bichos.
—¿Y dónde diantres están los Vastali cuando se los necesita? —dijo Yskar sin prestar atención a las observaciones de Adami—. ¿No ha recibido Álvar ningún mensaje o visión del más allá?
Adami negó con la cabeza.
—Los cuatro Vastali protegen nuestra tierra de fuerzas mucho más terribles de las que tú y yo conocemos. Supongo que estarán ocupados con… cosas de Dioses.
Yskar golpeó con fiereza uno de los reposabrazos de acero, provocando un estruendo metálico que sobresaltó al comandante.
—¡¿Qué más tiene que pasar para que nos escuchen!
?—vociferó, clavando su mirada en Adami—.
¿Cuántas vidas más tienen que cobrarse los Hiniur para que sea lo suficientemente importante como para que Gheva nos ayude?
—desvió la mirada, respiró profundamente y trató de calmar la impotencia que sentía—.
¿Hay alguna forma de poder contactar con ellos? ¿Algún rito? ¿Algunas palabras? ¿Algo?
—Los Vastali son omnipresentes —aclaró Adami, manteniendo la calma—. Están en todas partes y, a su vez, no están en ninguna. Cuando ellos lo han creído necesario, se han puesto en contacto con la humanidad a través de Álvar, pero son ellos quienes deciden con quién contactar y cuándo. No nosotros.
Yskar se levantó de su trono, ligeramente agitado, y avanzó hacia la Gran Llama , contemplando el sensual baile que sus ascuas ofrecían.
Solo estamos retrasando lo inevitable .
Llegará el día en que nuestras fuerzas no sean suficientes y entonces la humanidad…
Suspiró.
—¿Tú qué crees que pasará, comandante?
Adami se tomó varios segundos en cavilar su respuesta antes de contestar.
—Siempre he creído que los Hiniur están ganando tiempo.
—¿Tiempo? ¿Para qué?
—Para gestarse y reproducirse, esperando entre las sombras el momento oportuno para atacar a la humanidad —Adami juntó las palmas de sus manos en un gesto de rezo—. Gheva se apiade de mamá Hiniur.
—¿Y la parte sobre nuestra extinción? —preguntó Yskar sin apartar su atención del fuego—. ¿Crees que la humanidad realmente fracasará?
Adami observó cómo la llama, a pesar del gélido aire que acariciaba el reino, no se mecía apenas. Se mantenía firme frente a las violentas ráfagas de viento que trataban de domarla.
—Si te digo la verdad, tengo mucha fe puesta en la humanidad —aseguró el comandante—. Será una guerra dura, eso no lo dudo, pero algo me dice que sobreviviremos.
Yskar recogió un fragmento de acero azulado que descansaba a los pies de la Llama y jugueteó con él entre los dedos mientras meditaba las palabras del capitense.
—Yo también quiero creerlo, comandante —murmuró sin cesar el juego de dedos —.
Pero esta última ofensiva al reino, las numerosas vidas que hemos perdido y la falta de fe de mis hombres al ver que los Hiniur siempre vuelven a pesar de nuestros intentos por erradicarlos…
—mostró su perfil hacia el capitense—. Empiezo a creer que los antiguos textos tienen razón, y estamos condenados a la extinción.
El niño, que seguía dando forma al trozo de acero azulado con sus manos, se acercó a Yskar. El brevodiano desvió la mirada hacia él. Sin perder la inocencia en su sonrisa, el pequeño extendió la mano hacia el rey y le ofreció el metal, que ahora tenía forma de flor.
Yskar le miró acongojado, se arrodilló frente al niño y, tras un largo suspiro, tomó el regalo metálico. Sabía que aquella flor era más que un simple trozo de acero. Era un símbolo de esperanza, un recordatorio de la determinación de un pueblo que jamás se había rendido ante la adversidad.
Tus acciones hoy tienen su eco en el futuro, resonó en la cabeza de Yskar.
¿Pero qué estoy haciendo?
¿Cuándo me he rendido así… sin más?
El niño salió corriendo a por más acero que fundir y, tanto el rey como el comandante, guardaron silencio hasta que el muchacho se perdió entre la neblina que se levantaba en el horizonte.
—Estás en lo cierto —soltó el comandante, levantándose de su sillón de acero y aproximándose a Yskar—.
Los Hiniur parecen estar atacando con más ahínco que de costumbre.
De hecho, parecen cada vez más numerosos y poderosos.
Con cada ofensiva que ejercen, van debilitando poco a poco los ejércitos de los reinos y, para colmo, parece que los Vastali nos han abandonado a nuestra suerte —apoyó su mano sobre el hombro del brevodiano, quien aún seguía arrodillado en el suelo—.
Pero tu gente aún tiene a su rey. No les abandones tú también.
Yskar parecía perdido en sus pensamientos mientras hacía girar la flor de acero entre los dedos.
En aquella quietud solo se escuchaban la brisa helada que azotaba Brevodia, meciendo la escasa vegetación que asomaba tímidamente entre la nieve, el crepitar de las llamas azules, y el golpe lejano de algún yunque.
Finalmente, el brevodiano guardó el obsequio de acero en uno de sus bolsillos internos y se levantó.
—Los cuatro grandes reinos debemos actuar unidos y combatir este mal que nos amenaza a todos —dijo, girándose hacia Adami—. ¿Me ha parecido entender que Álvar está en Lenov junto al rey Grifford en estos momentos?
Adami asintió.
—Dirijámonos nosotros al reino de Davá entonces. Reunámonos allí con la reina Ilma y partamos hacia Capital con ella. Allí nos reuniremos con Álvar que, para entonces, ya habrá regresado. No podemos afrontar esta lucha individualmente, los reinos deben unirse y combatir como uno solo.
Adami sonrió.
—Me parece una decisión muy acertada —añadió, estirando su espalda y haciéndola crujir—.
Pero, si algo he aprendido en mis largos años como comandante, es a no emprender una caminata sin un descanso previo adecuado.
Y, si pretendemos viajar hasta el remoto reino de Davá, estos viejos huesos necesitan reposar.
Yskar asintió.
—Brevodia es ahora vuestro hogar también.
Partiremos en unos días, cuando nuestros guerreros recobren fuerzas y la amenaza Hiniur se debilite —se dirigió a su trono y recogió el yelmo y la lanza que allí descansaban—.
La cena no tardará en estar lista y el gran comedor acogerá a los capitenses que hoy habéis prestado vuestra ayuda aquí.
Sed bienvenidos a compartir el banquete con nosotros.