El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 15. Alianza
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15. Alianza

La paz parecía un recuerdo lejano entre los habitantes de Brevodia.

La invasión Hiniur había azotado con violencia aquella parte del mundo, y todo parecía indicar que la ayuda nunca llegaría.

El escarpado terreno del valle de Vanu no había bastado para frenar a aquellas bestias, y ahora los alrededores de Brevodia estaban bañados en sangre y moteados por cuerpos sin vida.

Yskar reconoció varios de los cadáveres que yacían a sus pies, medio cubiertos por la nieve.

Algunos pertenecían a bravos guerreros que habían dado su vida por el reino, otros eran amigos con los que compartía los recuerdos de su infancia e incluso encontró el rostro, desfigurado y mutilado, de algún familiar cercano.

Su semblante se endureció todavía más mientras sus ojos iban saltando de cadáver en cadáver, hasta posarse en el nuevo grupo de Hiniur que ascendía por la cuesta nevada hacia su posición.

—¡No dejéis que alcancen la entrada del reino! —bramó a los hombres que luchaban junto a él—. ¡Somos la última barrera de Brevodia!

El rey brevodiano, junto a los guerreros que lo acompañaban, alzó su lanza al cielo. Las telas de los mástiles ondearon exhibiendo orgullosas el escudo del reino, mientras aguardaban la llegada de los Hiniur con las armas apuntando a los corazones de aquellas bestias.

La primera oleada se abrió paso entre la nieve.

Con un grito salvaje, Yskar se adelantó a sus hombres.

Los guerreros que luchaban junto a él lo siguieron en su carrera, lanzando un potente alarido que se unió al de su rey.

Las nubes parecieron cerrarse, la ventisca que arreciaba se volvió aún más fría y el mundo, por un instante, pareció detenerse cuando el grupo de brevodianos colisionó contra los Hiniur.

Yskar incrustó el filo de su lanza en el torso del primer monstruo. Saltó apoyándose en el mástil de su arma, hundiéndola aún más en la carne del engendro, y lo empaló en el suelo nevado.

Aterrizó y, sin extraer el filo, miró a su alrededor buscando su próxima víctima.

Ayudándose de su pie, extrajo la lanza de las entrañas de la aberración que acababa de abatir y se abalanzó hacia otro Hiniur que se disponía a atacar a uno de sus hombres.

El rey se situó frente a la bestia, la cual le recibió con un sonoro rugido mientras se preparaba para atacar. Pero sus intenciones se esfumaron de golpe cuando la hoja de la lanza brevodiana se abrió paso entre su garganta y le perforó la cabeza desde atrás.

Los brevodianos se deshacían de los Hiniur con relativa facilidad.

Eran bestias que ya habían enfrentado innumerables veces antes.

Sin embargo, aquel ataque era… diferente.

Pese a llevar varias semanas enfrentándolos, los Hiniur no dejaban de acudir.

Por más que mataran, más como ellos aparecían y así, el desgaste sería lo que acabaría realmente con los brevodianos que los combatían.

Necesitamos ayuda pensó Yskar. Y la necesitamos ahora.

Un nuevo grupo de engendros emergió de los arbustos circundantes, el cual emprendió una carrera desenfrenada hacia las puertas de Brevodia.

Algunos incluso parecían surgir de la propia nieve y avanzaban por el valle como si corrieran por el más verde de los prados.

Yskar y sus hombres dieron un paso atrás instintivamente.

Con las lanzas en alto apuntaban al frente mientras volvían a reagruparse.

—¡Aguantad la posición! —gritó a sus guerreros—. La nieve de estas tierras nos vio nacer y la mancharemos con la sangre de todo aquel que ose corromperla. ¡Ni un paso atrás, brevodianos! ¡Cargad!

Los guerreros obedecieron y, tras liberar el más sonoro de sus alaridos, emprendieron una carrera hacia la marabunta de bestias.

Pero nuevos Hiniur irrumpieron desde la retaguardia, emboscándolos por sorpresa.

Lo primero que Yskar alcanzó a ver fue cómo una treintena de aquellas criaturas se abalanzaba sobre uno de sus hombres.

A base de letales cuchilladas y profundas dentelladas, lograron despojarle de la coraza que le protegía.

Con el pecho al descubierto, las garras de los Hiniur no encontraron resistencia alguna y lograron lacerar su piel, desgarrando sus tejidos hasta colorear la nieve con su sangre.

Un poco más adelante, el rey alcanzó a ver cómo otro grupo de brevodianos cargaba contra varios Hiniur que se aproximaban a gran velocidad.

Su avance se detuvo en seco cuando unas garras oscuras emergieron de la nieve y los atraparon por los pies.

Los brevodianos reaccionaron al instante, asestando contundentes estocadas con sus lanzas para deshacerse de la sujeción.

Sin embargo, el grupo de Hiniur que se les aproximaba logró darles alcance antes y, entre gritos de agonía, borraron todo rastro de humanidad.

—¡MAJESTAD!

Yskar se giró.

Un grupo de brevodianos defendía la entrada del reino frente a una horda de Hiniur que trataba de acceder a él.

Los hombres se reagruparon formando un círculo, apoyando sus espaldas unas contra otras.

Frente a ellos, los Hiniur avanzaban poco a poco, cerrando el cerco mientras mostraban unos colmillos untados en sangre y los miraban fijamente, esperando el momento oportuno para atacar.

Al cerciorarse de la desventaja numérica de sus hombres, Yskar corrió en su ayuda. Su imponente silueta atravesó el polvo de nieve que nublaba el campo de batalla, empuñando su lanza con firmeza y con su larga capa de piel ondeando tras de sí.

Haciendo girar el mástil de su arma, el rey logró abrirse paso entre el grupo de bestias, derribando a varias de ellas a su paso. Sin embargo, los Hiniur resultaron ser demasiados y pronto lo rodearon a él también, impidiéndole huir a ninguna parte.

Ya no podría escapar.

Ya no podría volver a su reino.

A su hogar.

—¡Yskar, allí! —indicó uno de los brevodianos de repente, señalando al otro lado del campo de batalla—. ¡Son soldados de Capital!

¿O, quizás, sí?

Una gran mancha negra se divisaba a los pies del Valle Vanu. Yskar reconoció al instante los estandartes negros con el león plateado en su centro procedentes de Capital y, por primera vez tras varios días de enfrentamientos, sintió algo de alivio.

Justo a tiempo.

El escuadrón Doce aligeró su marcha, alzando sus armas y ondulando los estandartes a medida que se aproximaban. Los pasos metálicos resonaban por el valle conforme ascendían, esquivando los cadáveres que marcaban el camino hasta Brevodia.

—¡Ahora! —gritó Yskar—. ¡Cargad!

Los hombres de Capital avanzaron desde la retaguardia hacia los brevodianos, arremetiendo contra los Hiniur que se interponían en su camino y dejando tras de sí un rastro de victoria hasta que, finalmente, los alcanzaron.

El escuadrón Doce era un gran ejército y, junto a los brevodianos, superaban en número a los Hiniur. Ahora tendrían una oportunidad y encontrarían algo de tregua, al menos, hasta que una nueva oleada apareciese.

El comandante Adami siguió corriendo hacia Yskar, atrayendo la atención de los Hiniur que desviaron sus miradas hacia el capitense.

De pronto, varios de ellos se lanzaron contra él, sedientos de muerte y dispuestos a arrebatarle la vida.

El comandante, al percatarse de la amenaza, se detuvo en seco.

Con una agilidad impropia para su avanzada edad, Adami fintó hacia un lado, esquivando las garras de uno de ellos.

Aprovechando el desconcierto de la bestia, el comandante se arrodilló en el suelo, evitando un segundo par de zarpas que se abalanzaron sobre su espalda.

Fue entonces cuando alzó su espada y la hundió en el pecho del engendro que sobrevolaba su cabeza.

El cuerpo de la bestia se partió en dos, y sus mitades cayeron al suelo a ambos lados del comandante.

El primer Hiniur, algo más recompuesto, escrutó el entorno en busca de aquel hombre que había osado enfrentarlo y que ahora permanecía arrodillado bajo una lluvia de fluido escarlata que teñía su armadura.

La abominación se incorporó y, erizando el pelaje que recorría su espalda, se dispuso a cargar de nuevo contra el capitense. Sin embargo, sus deseos de carne humana se esfumaron tan rápido como su vida cuando el comandante lanzó su espada y atravesó su cabeza de extremo a extremo.

Poco a poco, el ejército de Adami, junto a los brevodianos que aún se mantenían en pie, lograron repeler los últimos grupos de enemigos hasta que, finalmente, la situación quedó bajo control.

Los miembros del Doce se volcaron entonces en la búsqueda de supervivientes entre la nieve.

Atendieron a los heridos que aún tenían posibilidades de sobrevivir, proporcionándoles medicinas, agua y alimento.

Incluso ayudaron en la recuperación de los cadáveres que cubrían la colina, preparándolos para su posterior incineración.

Adami se acercó al rey, envainó su espada y le dedicó una exagerada reverencia.

—Sentimos la demora, majestad. No quisiera excusarme con banalidades pero deberíais revisar el tema de la nieve. Es un gran problema para acceder hasta aquí.

Yskar asintió.

—Son tiempos difíciles —dijo, recogiendo su lanza del suelo—. Los caminos están repletos de esas criaturas y las tormentas de nieve parecen más severas últimamente —Miró al comandante—. Agradezco vuestra ayuda, señor…

El capitense se retiró el yelmo dejando al descubierto su envejecido rostro. Una juguetona sonrisa se entrevió entre los pelos de su desaliñada barba blanca.

—Adami —aclaró—. O comandante Adami, como más te guste —hizo un gesto con la cabeza, señalando a sus hombres—. Soy el que instruye a estos holgazanes del escuadrón duodécimo de Capital.

Yskar frunció el ceño.

—¿Y Álvar? ¿No ha venido con vosotros?

La sonrisa del comandante se esfumó de golpe. Carraspeó antes de contestar.

—Sé que quizás no te esperabas a un comandante que rozara sus últimos años de vida, pero al menos podrías hacer como que te alegras.

Yskar arqueó una ceja.

—No me malinterpretes, comandante —dijo—. Vuestra ayuda es bienvenida, es solo que…

—Esperabas otra cosa. Es eso, ¿verdad? —acabó de decir Adami con sus brazos en jarras—. Te sorprendería lo que estas viejas caderas mías pueden hacer. Si no, pregúntales a las numerosas doncellas que han tenido el privilegio de compartir baile conmigo.

Poco a poco, la mueca de confusión de Yskar derivó en una sonora carcajada.

—Eres muy…

—¿Talentoso? ¿Risueño, quizás?

—Carismático, dejémoslo ahí.

Adami asintió en aprobación.

—Me gusta, he de reconocer —chasqueó los dedos—.

Y… volviendo a tu pregunta: no, Álvar no ha venido con nosotros.

Tenía unos asuntillos que solventar en Lenov de los que no ha querido dar muchos detalles —se llevó la mano a la boca, cubriéndola para que nadie más le escuchase—.

Ya sabes que le gusta mucho eso de ir de misterioso.

Yskar soltó otra carcajada.

—Ya veo, ya veo… —Se dio la vuelta y le hizo un gesto para que le siguiera—. Acompáñame; hablaremos dentro. Siento que esta conversación va a ser larga y la noche caerá dentro de poco.

Adami se abrazó a sí mismo, intentando darse algo de calor.

—Pensé que nunca ibas a proponérmelo —dijo, caminando tras Yskar—. Y autoinvitarme me parecía un poco… feo, si te soy sincero.

Sin girarse, Yskar sonrió mientras avanzaban por el sendero que los conduciría hasta las puertas del reino, dejando atrás la nieve untada en sangre y las almas de aquellos que habían dado su vida por Brevodia.