El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 14. Familia #3
32%

14. Familia #3

—¡Nos tenías muy preocupados! —prosiguió Dina, despegándose de su nieta levemente—. Tan pronto como tu abuelo me ha dicho que habías despertado, he venido corriendo a verte, pese a que mis viejas rodillas tratasen de impedirlo.

—Gracias, abuela —Cincela le dedicó un tierno beso—. Mañana ya podré salir de la cama e ir a comer contigo a casa. Y también a asestar un par de mandobles con el abuelo… me muero de ganas.

Los ojos de Dina hicieron chiribitas de felicidad.

—¿Qué te apetece comer? —preguntó, emocionada—. ¡Ya sé! Prepararé un estofado de legumbres frescas de esas que tanto te gustan.

—Como engulla las legumbres como el pollo… más vale que hayas comprado un campo entero.

Dina se giró hacia el joven clérigo que había intervenido de pronto.

—¿Cómo te llamas, chico? ¿Te gustan los garbanzos? —preguntó, sosteniendo las manos del aprendiz—. Ven mañana tú también a comer con nosotros.

—Me… me llamo Verso, señora —balbuceó el clérigo al notar la atención de Dina sobre él—. Y estaré encantado de probar su estofado. Cincela me ha contado la buena mano que tiene en la cocina.

—¡No se hable más entonces!

—No puedes faltar, Verso —intervino Cincela, divertida—. La abuela ya cuenta contigo y no hay cosa que le moleste más que ver una silla vacía en la mesa.

—¿Faltar? —preguntó Verso empleando un tono exageradamente agudo—. ¿A un banquete con comida deliciosa y gratis? ¡Jamás!

—Más te vale —advirtió la abuela—. ¡Sino vendré a buscarte yo misma con el plato de garbanzos!

—Y créeme, es capaz de hacerlo —añadió Cincela—. No sería la primera vez.

Las carcajadas inundaron la habitación y, por primera vez desde que se había mudado, Cincela sintió que quizá la vida entre la nobleza no sería tan mala, al fin y al cabo.

Había temido no volver a vivir momentos como aquel, que sus deberes como princesa la alejaran de los suyos.

Pero la verdad era que no se habían separado de ella desde su llegada.

No importaba el lugar, si tenía a su familia, no necesitaría nada más.

Cincela entonces dirigió su mirada hacia su padre, quien se mantenía de pie tras Dina.

¿Seguirá enfadado conmigo tras nuestra última conversación?

—Gracias por venir, papá —murmuró, sin atreverse a mirarlo a los ojos—. Sé lo complicado que te resulta abandonar tus obligaciones.

Ramis guardó silencio unos instantes pero, finalmente, se acercó. Sin mediar palabra, se inclinó hacia ella y le dedicó un suave beso en la frente.

—Creí que te perdía, hija mía —susurró—. Perdóname.

Cincela sostuvo la mirada celeste de Ramis hasta percatarse de una tímida sonrisa que empezaba a aparecer entre los pelos de su barba y que, poco a poco, fue contagiándola a ella también.

Entonces Ramis volvió a inclinarse y ambos se fundieron en un abrazo, de esos que tanto tiempo hacía que no se regalaban.

Verso dio unos pequeños saltos de alegría, mientras Dina se retiraba una lágrima que amenazaba con derramarse.

—Todo esto ha sido gracias a tu abuelo —susurró Ramis, despegándose suavemente de Cincela—. No ha tardado ni un solo segundo en comunicarnos la noticia y tampoco ha dejado de cuidarte desde que llegaste aquí.

Hubo un silencio tenso.

Los allí presentes miraron a su alrededor, confundidos.

—A todo esto —dijo el Capitán, rompiendo la quietud—. ¿No estaba con nosotros?

—Ha bajado a por algo de comer a la cocina —aclaró Dina, poniendo sus brazos en jarra—. Tanto hablar de estofados le habrá abierto el apetito. Conozco a este hombre como si fuera mi propio hijo.

—Iré a ayudarle —se ofreció el Capitán, dirigiéndose hacia la puerta—. Conociéndole, seguro que cargará con bandejas de comida para todos él solo.

Dina resopló, frustrada.

—Mira que se lo tengo dicho… —ladeó la cabeza—. Ve hijo, ayúdale tú.

Ramis recogió varias de sus pertenencias y se aproximó a la puerta.

—No tardaré.

La puerta se deslizó sin dificultad con un chirrido estridente. Las antorchas del pasillo parecían emitir menos luz que de costumbre. El banco frente a la puerta estaba ligeramente movido a la derecha y una larga alfombra roja se extendía ahora frente al Capitán.

Una alfombra carmesí que le condujo hasta su padre.

Una alfombra tejida con entrañas y sangre que desembocaba en el cuerpo mutilado de Azhna.

Su mundo se apagó de golpe.

El cuerpo, aún palpitando sus últimas sacudidas de vida, estaba incrustado en uno de los adornos de la pared. Sus brazos yacían inertes en el suelo, cercenados con un corte limpio. Su boca rebosaba sangre. Sus ojos miraban al infinito.

Ramis se apoyó sobre la pared frente a él, tratando de contener el impacto de aquella escena.

El dolor le golpeó con fuerza, paralizándolo.

Una punzada como nunca antes había sentido.

No podía andar.

No podía hablar.

—¿Papá? —preguntó Cincela desde la habitación.

—Hijo mío, ¿va todo bien?

Todos salieron de la habitación al ver la reacción del Capitán.

Todos contemplaron la macabra escena.

Un silencio inundó el ambiente hasta que los golpes contra la pared que Verso comenzó a propiciar, el agónico chillido que desgarró la garganta de Dina y el llanto de Ramis, que tanto trataba de controlar, rompieron la calma.

Cincela se quedó paralizada.

No supo cómo reaccionar.

No supo qué decir.

…Tan solo quería desaparecer.