14. Familia #2
—Como digo, es todo simbólico —prosiguió el aprendiz—.
Tú, igual que yo, somos seres creados por la voluntad de Gheva.
La sangre simboliza nuestra esencia. El Rukya imb govorik , nuestro origen.
Y la unión de las dos sangres, el futuro que deseamos vivir o, mejor dicho, junto con quien.
Es la forma que tiene la alta nobleza lenovense de hacerle saber a Gheva que estamos dispuestos a compartir el resto de nuestra vida junto a la persona con la que “unimos nuestra sangre”.
Cincela observaba a Verso, asombrada por el tono serio que adquiría cuando hablaba de aquello que conocía.
A pesar de contar con pocos años más que ella, el joven clérigo tenía un amplio conocimiento de cómo funcionaba el mundo.
Quizás ese era el motivo por el que Cincela le había cogido tanta confianza en tan poco tiempo, pues Verso era una biblioteca andante y ella poseía una insaciable curiosidad.
La joven se levantó de la cama con cuidado. Necesitaba estirar las piernas tras haber estado tumbada tantos días. Caminó despacio hacia la gran ventana de la habitación y se quedó allí, contemplando el horizonte. Verso se colocó junto a ella.
Cincela dejó escapar un suspiro.
—Hay tantas cosas que aún desconozco…
—Tienes tiempo ahora de aprender —la animó Verso—. Y yo estaré encantado de enseñarte todo cuanto sé. Al fin y al cabo, mi cometido es asesorar a la futura reina en todo cuanto necesite.
Tras sus palabras, el aprendiz se inclinó levemente en una reverencia. Cincela sonrió.
—No hagas eso, Verso.
El clérigo alzó su cabeza y, con el ceño fruncido, volvió a erguirse.
—Tendrás que ir acostumbrándote, eres la futura reina.
—Puede que algún día lo sea —dijo—, pero por hoy, mantén tu espalda recta.
Ambos jóvenes volvieron a centrar su atención en el paisaje frente a ellos.
—Aunque tengo que reconocer que las vistas que tengo desde aquí son privilegiadas —admitió la joven—. Quizás… no esté del todo mal esto de ser reina, al fin y al cabo.
—No todo iban a ser desventajas —el clérigo sonrió—. La vida en castillo también tiene sus cosas buenas.
—Pero tiene otras a las que tardaré en acostumbrarme —respondió mientras observaba a Segadora apoyada en uno de los rincones de la habitación.
Volvió a mirar el horizonte. Los prados verdes sobre los que descansaban los hogares de los habitantes de Lenov, salpicados por el constante impacto de las olas, hacían de aquella vista algo hipnótico.
A lo lejos se podía apreciar la entrada del reino y las dos columnas de piedra que se erguían a cada uno de sus lados.
Sobre cada una de ellas descansaba la colosal estatua de un Vastali; uno sostenía una pequeña lira, mientras que el de la columna contraria empuñaba una espada.
Más allá de las puertas, se extendía el sinuoso camino de tierra y piedras que conducía al Bosque Aurora y del que apenas se sabía nada.
¿O quizás, un estudioso como Verso, sí?
—¿Sabes algo acerca del Bosque Aurora? —preguntó Cincela, rompiendo el silencio—. ¿Lo has estudiado en la orden?
La simpática sonrisa de Verso se manifestó al saber que, una vez más, volvería a demostrar su sabiduría.
—No creo que sepa mucho más de lo que tú ya puedas saber —comenzó a explicar, dándose pequeños golpes en el mentón—. Pocos se han adentrado en él para conocer sus secretos y han podido salir para contarlos.
Cincela suspiró, desilusionada por tan escueta explicación.
— El bosque que todo lo engulle — prosiguió el clérigo—. Todo lo que allí entra, jamás vuelve a salir. Si deseas que algo permanezca en el olvido para la posteridad, ese es el lugar idóneo donde “perderlo”. Tal y como ocurre con los no-nacidos.
Cincela arqueó una ceja.
—¿Quiénes?
—Los no-nacidos. No me digas que tampoco has oído hablar de ellos…
Ella arrugó la frente, intentando encontrar algo de información en su memoria, pero no fue capaz.
—Los no-nacidos son aquellos niños que, como bien indica el nombre, nunca debieron haber nacido —empezó a explicar Verso—.
Aquellos concebidos por matrimonios no deseados, o los niños que presentan alguna deformidad…
En definitiva, aquellos a quienes sus propios padres han rechazado.
Todos ellos son llevados al bosque para que éste los “engulla” y jamás se sepa de su existencia.
Cincela se estremeció ante la crudeza de las palabras de Verso.
—¿Es así el mundo más allá del reino?
—¿A qué te refieres?
—Así de… despiadado —dijo—. ¿Las personas más allá de las murallas abandonan realmente a sus hijos? ¿No se les remueve algo por dentro cuando lo hacen?
Verso se encogió de hombros.
— Yo tampoco acabo de entender como alguien puede hacer algo así. Habría que conocer las circunstancias para entender…
—¿Qué circunstancia, Verso? —preguntó Cincela elevando ligeramente su tono—. ¿Qué situación puede llevar a una persona a cometer esa clase de actos?
—Hay gente muy cruel en el mundo, Cincela. Gente incapaz de controlar su instinto más primario, y que no dudaría en forzar a la primera doncella con cara bonita que se le cruzase en su camino.
—Sí, pero…
—Imagínate ahora que esa persona cruel es alguien con poder.
Alguien cuya palabra no puede ser contradicha.
Un rey, por ejemplo —Verso pausó su discurso brevemente, dándole a Cincela el tiempo necesario para imaginar aquella situación—.
¿Crees que ese rey querría que las malas lenguas sobre un hijo ilegítimo se extendiesen por el mundo?
¿Crees que se jugaría su puesto en el trono así como así?
Cincela se mantuvo en silencio.
—La respuesta es no —aclaró Verso al no recibir contestación—. Ordenaría la ejecución inmediata tanto de la madre como del recién nacido. La madre se vería obligada entonces a hacer desaparecer a su propio hijo, y el Bosque Aurora es el lugar perfecto para ello.
La impotencia y el miedo recorrieron el cuerpo de Cincela. Era cierto; el mundo más allá de Lenov era cruel, sangriento y despiadado. Por un momento, agradeció haber nacido en un punto tan aislado de la civilización.
Alguien llamó a la puerta interrumpiendo la conversación entre los jóvenes.
—¿Permiso?
La puerta se abrió.
Azhna apareció tras ella junto con Ramis y Dina, cuyos rostros se iluminaron con una repentina felicidad al ver el buen estado de Cincela.
—¡Habéis venido!
Dina se acercó todo lo rápido que le fue posible hacia su nieta y se abalanzó sobre ella para abrazarla.
—¿Cómo te encuentras, pequeña? —preguntó, sin dejar de estrujarla—. ¡Nos has dado un buen susto!
—Rebosa vitalidad y energía —apuntilló Ramis, dejando entrever una sonrisa entre los pelos de su barba—. ¿No lo ves, madre?