El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 14. Familia
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14. Familia

Una refrescante brisa se coló por la ventana, llevando consigo el perfume marino que pronto impregnó la habitación. Las suaves cortinas blancas que colgaban alrededor de la cama se mecieron al son, y el graznido de las gaviotas que sobrevolaban el reino se podía percibir en la lejanía.

Allí tumbada, a Cincela le pareció escuchar también unas voces en la distancia. Murmuraban algo que no alcanzaba a descifrar, aunque las fue percibiendo cada vez más nítidas, más cercanas, más… familiares.

Abrió los ojos, abandonando lentamente el apabullante letargo.

—¡Por Gheva! —exclamó Verso, sobresaltado—. ¡Señor Azhna, es Cincela! ¡Ha vuelto en sí!

El anciano acudió lo más rápido que pudo hasta situarse frente a la cama donde su nieta descansaba. Verso estaba de pie, apoyado sobre el cabecero.

—¿Cómo te encuentras, pequeña? —preguntó el abuelo mientras le acariciaba el cabello, apartándolo con cuidado de su rostro—. ¿Estás mejor?

Cincela miró a su alrededor, esforzándose por esclarecer los recuerdos difusos que la invadían.

Tenía leves lagunas de lo sucedido, no sabía con certeza qué de todo había sido un sueño y qué había ocurrido de verdad.

Pero reconoció al instante a las dos personas que la acompañaban en aquella habitación, con miradas imbuidas en preocupación, esperando impacientes su respuesta a la pregunta que le acababan de formular.

—Tengo hambre.

Azhna y Verso intercambiaron miradas de incredulidad y, tras una breve pausa, estallaron en carcajadas.

—¡Ha vuelto en sí! —Verso dio pequeños brincos de alegría—. ¡Es ella, es ella!

Cincela frunció el ceño, algo confusa por la reacción de ambos.

—¿Qué ocurre? ¿Tanto he dormido?

Azhna sonrió.

—Llevas varios días en cama, pequeña —explicó mientras le sostenía la mano—. ¿No recuerdas nada de lo ocurrido?

Cincela entornó los ojos y trató de hacer memoria.

—No estoy segura, abuelo —se rascó la frente, pensativa—. Solo me vienen a la cabeza recuerdos o… tal vez sean partes de algún sueño. No lo sé.

—Y más difícil es aún forzar la memoria con el estómago vacío —acabó de decir Azhna, acercándose a la puerta—. Bajaré al comedor a buscarte algo de comer —se detuvo en el umbral y se giró una última vez antes de abandonar la habitación—. Verso, quédate con ella hasta mi regreso, ¿de acuerdo?

Verso asintió.

—¡Descuide señor Azhna!

—No tardaré.

La puerta se cerró cuando el anciano abandonó la habitación, dejando a ambos jóvenes solos.

Cincela se giró hacia el ventanal que se extendía en el lateral de la habitación.

Desde allí pudo ver la gran plaza del reino.

Reconoció el altar que se alzaba inmaculado en el centro y, sobre él, pudo observar como el coro iniciaba los preparativos para entonar la sinfonía real que marcaría el nuevo día.

Verso suspiró.

—Vaya susto nos hemos llevado, ¿eh? —cruzó los brazos sobre la falda de la cama y apoyó su cabeza sobre ellos—. Ya creía que iba a pasar a la historia como el consejero real más fugaz de la historia del reino.

Cincela frunció el ceño.

—¿Qué… ha pasado exactamente? —preguntó sin apartar la mirada del paisaje que se abría frente a ella.

—Te desmayaste, ¿no lo recuerdas? En pleno pacto matrimonial, caíste por las escaleras del altar y te quedaste inconsciente en el suelo.

Cincela desvió los ojos hacia arriba, tratando de hacer memoria.

—Has estado tres días en cama —aclaró Verso—. Tu padre y el rey Álvar te trajeron aquí.

—¿Tres días? —preguntó Cincela, apoyando una de sus manos en la frente—. Eso es mucho tiempo. ¿Dónde están todos? ¿Y mi padre? ¿Y mi abuela?

—Todos están bien. Tu abuela estará en casa supongo, no la he vuelto a ver desde el día del incidente.

Tu abuelo Azhna no ha querido que viniese a verte puesto que está mayor y el camino hasta el castillo es largo y empinado.

Tu padre tampoco ha aparecido mucho por aquí, ha estado ocupado combatiendo las oleadas de Hiniur a las puertas del reino.

Cincela no se sorprendió. Ramis siempre había sido así, pero, aunque entendía el motivo, no podía evitar sentir una punzada de tristeza por su ausencia.

—Ya veo… —apartó su mirada del ventanal y la clavó en el aprendiz—. ¿Y el pacto? ¿Se llevó a cabo?

Verso asintió.

—Te desmayaste justo al sellar el libro con tu sangre.

—Entonces habrá matrimonio…

—Mucho me temo que sí, aunque por el momento no hay una fecha exacta. Primero han querido que te recuperases del todo antes de empezar con los preparativos.

Mientras Cincela asimilaba todo lo sucedido, la puerta de la habitación se abrió. Azhna entró en la alcoba con una bandeja de plata. Sobre ella, pudo distinguir un plato con un par de jugosos muslos de pollo, agua fresca en un vaso de cristal y un racimo de uva.

El abuelo acercó la comida a la cama y el delicioso aroma que desprendía obligó a Cincela a incorporarse.

—¡Que buena pinta!

—Come despacio, pequeña —advirtió Azhna, acomodando la bandeja sobre el regazo de su nieta—. Llevas varios días sin probar bocado y tienes el estómago delicado.

Sin pensárselo dos veces, Cincela comenzó a engullir aquellos suculentos muslos de carne.

Con una de sus manos agarró la pieza de pollo, dejando que el jugo resbalase entre sus dedos, y le asestó un profundo bocado como si de una manzana se tratase.

Aun con la boca repleta de comida, Cincela comenzó a beber, permitiendo que el agua se desbordase por las comisuras.

Tanto Azhna como Verso la observaron ojipláticos mientras escuchaban el constante gorgoteo de la joven al tragar.

—Vaya apetito tienes —recalcó Verso, llevándose una mano a la frente—. Podrías comerte el castillo entero si te lo propusieses.

Azhna soltó una carcajada.

—Ese apetito voraz es un regalo de la genética de su abuela —apuntilló—. Es sorprendente como un estómago tan pequeño puede albergar tanta cantidad de comida.

Tanto Verso como el abuelo seguían observando incrédulos como Cincela disfrutaba de los manjares. A pesar de su estado, Azhna sabía que el apetito de Cincela no era algo que pudiese ignorar con facilidad.

—Despacio, despacio —advirtió el anciano con una sonrisa—. La comida no va a escaparse del plato.

Cincela suspiró y, bebiendo un largo trago de agua, logró calmar un poco su ansia voraz. Se recostó sobre el respaldo de la cama y se limpió los restos de comida con la manga de su blusa.

—Y dime, abuelo —llamó tras tragar—. ¿Sabrías explicarme tú qué me pasó exactamente el día del pacto? ¿Por qué estoy aquí?

Azhna cesó su sonrisa de pronto y desvió la mirada para fijarla sobre la cristalera.

—¿Abuelo?

Azhna suspiró antes de responder.

—No es nada grave —aseguró—. Todavía no sabemos con certeza qué es exactamente, pero debe de tratarse de algún alimento que no te sentó del todo bien o, en el peor de los casos, alguna reacción alérgica.

Cincela acabó con uno de los muslos y, al instante, agarró el siguiente, al que asestó un amplio bocado.

—La verdad es que ya me encuentro mucho mejor —dijo mientras masticaba—. Como nueva. ¿Cuándo entrenamos?

—Calma, calma —pidió Azhna—. Todo a su debido tiempo.

—Tienes mejor cara, todo sea dicho —puntualizó Verso—. Al menos, mucho mejor que la de estos días.

Azhna asintió.

—Aun así, hoy deberías seguir guardando reposo —aconsejó—.

Y quizás mañana ya puedas volver a casa —se levantó, ayudándose de la repisa de la ventana—.

Iré a comunicar tu recuperación al resto de la familia.

Tu abuela y tu padre me pidieron que les avisase si despertabas y también querrán saber de tu mejoría.

Azhna se acercó a la puerta de la habitación.

—¡Ah! Se me olvidaba —dijo, deteniéndose y sacando una pequeña bolsa de cuero de su bolsillo—. Cuando acabes de comer, deberás tomarte una infusión de hierbas medicinales que yo mismo he elaborado. Te ayudarán a sentirte mejor.

Azhna extendió la bolsa de cuero a Verso.

—Aquí hay para seis infusiones. He dejado un recipiente con agua caliente en la mesa de la entrada. Prepárale la infusión, hazme ese favor, Verso.

—Descuide, señor Azhna.

—No tardaré —aseguró el anciano, dedicando una última sonrisa antes de abandonar la estancia.

Tras la salida de Azhna, el clérigo se acercó a la pequeña mesa colocada en la entrada de la habitación, y comenzó a preparar la infusión.

—Verso, acabo de acordarme de algo —dijo Cincela rompiendo el silencio—. El libro que utilizó el rey Álvar el día del pacto, ¿no era el mismo del que me hablaste tú horas antes?

Verso asintió.

—El Rukya imb govorik o, lo que es lo mismo “ Si estos árboles hablasen ”—respondió mientras vertía el agua caliente en un cuenco—. El libro más antiguo del que se tiene conocimiento y del que aún nadie conoce la totalidad de su contenido.

—¿Y por qué ese libro? —preguntó Cincela, extrañada—. Tampoco entiendo el significado de la faca, la sangre… me parece todo un tanto…

—¿Vulgar? —interrumpió Verso.

—Sí, exacto. ¿Por qué sangre?

Verso se acercó a la silla de madera que había junto a la cama, cargando con el agua caliente en el cuenco.

—Vincular la sangre en esta clase de actos, es decisión del rey y los altos clérigos de Lenov. Ni yo mismo sabría decirte en qué se basan para tomar tal decisión. Cada rey determina como quiere que se rinda tributo a Gheva en los actos matrimoniales durante su reinado.

Verso apoyó el cuenco de té en la pequeña mesa de madera junto a la cama.

—De todas formas, hay que entenderlo de forma simbólica —prosiguió—. Es una manera de mostrar a Gheva nuestra devoción por ella y nuestra decisión de contraer matrimonio.

Verso introdujo uno de los saquitos de hierbas que le había dado Azhna en el agua y, de inmediato, el agradable aroma que desprendía se extendió por toda la habitación.

—El Rukya imb govorik dicen que está escrito de puño y letra por Gheva, cuando el mundo aún no era mundo y cuando lo que es, todavía no era.

Incluso sin saber sobre qué versan todas sus páginas, se dice que en ellas se recopilan todas las vivencias de Gheva cuando caminaba por la tierra y de cómo llevó a cabo su creación.

—Pero… ¿Qué tiene que ver todo eso con el pacto?