13. Guardia
—Cualquier día vas a provocar un incendio —gruñó la más joven de los guardabosques—, y delatarás la posición de nuestro árbol-guarida.
Kúdar dejó de afilar la cuchilla que sostenía para dedicarle una mirada fulminante a quien había osado dirigirse a él con aquel matiz despectivo.
—Vett Patas de Lince, haría falta la llama del sol para quemar un árbol milenario como este —se excusó, retomando su actividad—. Pero no te culpo; aún eres demasiado joven como para entender que este mundo se rige por unas leyes naturales que no se pueden quebrantar.
Vett, que se recostaba sobre una de las ramas en el interior del árbol-guarida, abrió uno de sus ojos para lanzar una mirada de desprecio hacia Kúdar.
—Cuando crezcas, entenderás cosas tan útiles como que una vela no puede apagar el océano —prosiguió Kúdar—. Ni la chispa de la piedra de afilar sobre el cuchillo puede provocar un incendio.
Vett se incorporó. Su corto cabello esmeralda estaba ligeramente aplastado por uno de los costados. Aun con el ceño fruncido debido a las palabras de su compañero, la dulzura de su rostro de niña se mantenía intacta.
Tras su venenoso ataque verbal, Kúdar continuó absorto en su labor, mostrando un claro desinterés por Vett.
Con sigilo, la joven extrajo un pequeño cuchillo desde su manga y, sin mediar palabra, lo lanzó con fuerza hacia Kúdar, quien no pareció darse cuenta del peligro que se cernía sobre él.
El filo atravesó el aire a una velocidad vertiginosa, brillando como una estrella fugaz mientras avanzaba hacia el guardabosque.
Kúdar no se inmutó. Su único ojo permanecía fijo en la hoja que seguía afilando y que absorbía toda su atención.
En el último segundo, justo antes de que la punta de la hoja lo alcanzara, una flecha cruzó el aire, impactando sobre el filo del cuchillo en pleno vuelo.
El choque desvió su trayectoria hacia un lado, rozando la cabellera de Kúdar y clavándose en una de las ramas detrás de él.
—¿Podéis dejarlo ya? —exigió Zalka. Aún mantenía su arco en alto.
Kúdar abrió su único ojo hasta el límite.
—¿Pero de quién ha sido la idea de meter a esta niña en el grupo? — se quejó al percatarse del cuchillo clavado justo a su espalda y que, por poco, le atraviesa el cráneo—. ¿Pretendes matarme?
—Kúdar, por favor… —suplicó Zalka.
—No pretendo nada —replicó Vett, recostándose de nuevo sobre la rama—. Tan solo quería comprobar cuánto de verdad tiene tu sobrenombre Kúdar, Piel de Roble.
—¡Vett!
Los guardabosques se detuvieron cuando, de pronto, una sombra emergió de entre las hojas del árbol donde se ocultaban.
La velocidad con la que se adentró fue tal que ni siquiera una rama se movió a su paso.
La silueta permaneció agachada al internarse en el árbol-guarida, dejando que las hojas que habían salido disparadas por su entrada cayesen a su alrededor hasta besar el suelo.
—Justo a tiempo, hermano —dijo Zalka, aliviada—. La situación empezaba a descontrolarse.
Movido por las palabras de su hermana, Káman centró su atención en Kúdar. Él le devolvió la mirada con su único ojo, acomodó su larga trenza hacia un costado y volvió retomar su labor afilando el cuchillo, por miedo a recibir una reprimenda.
Káman entonces dirigió sus ojos hacia Vett. La joven se tensó bajo la feroz mirada del líder y apartó la vista instintivamente.
—Tenemos una misión importante que llevar a cabo —comunicó Káman al sentir que los demás, finalmente, deponían su actitud—. Órdenes directas de Ilma.
—¿De qué se trata? —preguntó Zalka, sacando varias dagas de entre los bolsillos de su ropaje e introduciéndolas en el interior de sus mangas.
—Debemos ir más allá de los límites de Davá.
—¿Hacia Yombeka? —preguntó Vett, incorporándose—. No me gusta cuando nos mandan allí, apenas hay árboles por los que podamos desplazarnos y me niego a ir andando.
—Tú te puedes quedar aquí durmiendo la siesta, Vett —replicó Kúdar—. Ya nos encargamos nosotros de salvar el mundo.
—Por favor —rogó Káman, evitando una nueva discusión entre los guardabosques—. Es importante.
Vett bufó y, molesta, miró hacia otro lado.
—¿De qué se trata, hermano? —insistió Zalka, retomando la conversación.
—¿Recordáis las sombras que vimos hace unos días avanzando por Vanu?
—Cómo olvidarlo —intervino Kúdar—. Que fascinantes me resultan los brevodianos, caminando por su reino bajo una ventisca de nieve como si nada.
Káman contrajo su mirada.
—Veréis —dijo—, puede que no sean brevodianos. De hecho, puede que no sean ni humanos.
El resto de los guardabosques intercambiaron miradas de confusión, incluida Vett, quien acabó por levantarse del todo.
—Han llegado rumores a oídos de Ilma acerca de aquel tumulto negro que divisamos —explicó Káman—. Al parecer, podrían ser Hiniur.
—Imposible —replicó Vett casi al instante—. Nunca ha habido tantos Hiniur juntos.
—Eso mismo estaba pensaba yo —intervino Zalka—. Si fueran Hiniur, Brevodia ya habría caído. No creo que estén preparados para afrontar algo así.
—Cuando Ilma manda una misión con tanta urgencia —intervino Kúdar abandonando su tarea—, es porque algo de verdad hay detrás. Y, si es cierto lo que dice Káman, entonces Brevodia necesita ayuda.
—Debemos ir a comprobarlo —concluyó Káman, acomodándose la tela negra que cubría sus labios—. El entrenamiento puede esperar a mañana.
Sin esperar respuesta, Káman se dejó caer de espaldas, atravesando la copa del árbol-guarida. Mientras descendía a lo largo del tronco, el guardabosque se irguió en el aire, apoyó los pies contra la corteza e, impulsándose con fuerza, saltó hacia el árbol contiguo.
Zalka suspiró.
—No os demoréis.
Con la misma confianza que había mostrado su hermano, ella también se dejó caer desde la guarida hacia el suelo. Como Káman antes que ella, apoyó sus pies sobre el tronco en mitad del descenso para lanzarse hacia el siguiente árbol, desapareciendo al internarse entre las hojas.
En la soledad de la guarida, Kúdar y Vett intercambiaron miradas desafiantes antes de dejarse caer de espaldas.
Traspasaron el abrazo de las hojas del árbol mientras caían en picado a través del follaje y sus cuerpos desaparecían entre las ramas.
Al alcanzar la altura deseada, apoyaron la planta de los pies contra el tronco y se impulsaron con fuerza.
Kúdar surcaba el viento por delante de Vett. Su capa davense batía el aire con violencia mientras se giraba hacia su compañera en pleno vuelo.
—Chiquitina —proyectó su voz para asegurarse de que Vett le escuchaba—. No te quedes atrás. No quisiera tener que esperarte.
Vett apretó su puño con rabia.
Maldito arrogante pensó. Vas a saber por qué me conocen como Patas de Lince.
La guardabosque extendió su mano hacia una de las lianas que pendía frente a ella. La sostuvo con firmeza y se deslizó por la cuerda natural hacia el suelo, estirándola hasta su límite. Al alcanzar su punto más tenso, la liana se contrajo y catapultó a la guardabosque por los aires.
Mientras sobrevolaba el paraje, un nuevo tronco apareció en la trayectoria de Vett, contra el que parecía que iba a estrellarse. Pero la davense se estiró en pleno vuelo, extendiendo su cuerpo lo más recto que pudo.
Kúdar se detuvo repentinamente, preocupado cuando se percató del fatídico final al que se dirigía Vett.
¿Qué hace…? ¿Acaso no ha visto el tronco que…?
Kúdar acalló sus pensamientos cuando Vett, sin abandonar su postura aerodinámica, atravesó un pequeño orificio abierto en la corteza del tronco.
La davense prosiguió su vuelo hasta adentrarse en la copa de otro árbol.
Allí abrió las piernas y encajó los pies entre dos ramas que ascendían en paralelo, deteniendo abruptamente su avance y cayendo de nuevo hacia el suelo.
Pero, mientras descendía, la guardabosque desplegó su capa grisácea por encima de la cabeza y la encajó entre otras dos ramas que se extendían horizontalmente.
Gracias a la humedad que las embadurnaba, Vett pudo deslizarse por ellas como si fueran raíles.
A medida que avanzaba, iba ganando velocidad, hasta que alcanzó el final del recorrido y volvió a quedar suspendida en el aire, pero, esta vez, sin lianas ni ramas cerca que pudiera usar para aterrizar.
Cayó en picado mientras hurgaba en sus ropajes de cuero.
Tras varios segundos de caída libre, extrajo por fin dos cuchillos que empuñó, uno en cada mano.
Con un fuerte latigazo, los lanzó hacia una rama del árbol contiguo.
Los filos se abrieron paso arrastrando consigo una cuerda sujeta a sus empuñaduras, hasta que se detuvieron al clavarse en el tronco.
Vett agarró con fuerza las cuerdas que sobresalían de sus mangas y que estaban atadas a los cuchillos.
Se columpió, dibujando un semicírculo en el aire, hasta que alcanzó el punto más alto del balanceo.
Entonces se soltó y aterrizó sobre las ramas internas de una copa, las cuales amortiguaron la caída.
Allí, Vett se dejó caer de espaldas hasta quedar suspendida como un murciélago, observando a Kúdar, que había quedado rezagado, incapaz de seguirle el paso.
—Vamos abuelo, no te quedes atrás —dijo—. No quisiera tener que esperarte.
Sin esperar respuesta, la guardabosque se dejó caer, apoyó los pies contra el tronco y se impulsó hacia el siguiente árbol. Esta vez fue Kúdar quien apretó sus puños, ahogando su frustración al observar la facilidad con la que Vett se movía por el bosque.
Maldita niña.
Kúdar emprendió la marcha tras Vett, tratando de ganar velocidad para darle alcance mientras maldecía la hora en la que se había incorporado al grupo de guardabosques.
Tras sobrepasar tres árboles más, Kúdar se detuvo. Algo llamó su atención en la copa de un árbol cercano. Allí, sobre una de las ramas, tres sombras permanecían inmóviles, camufladas entre las hojas como si estuviesen ocultándose de algo… o de alguien.
Sin dudarlo, Kúdar se desvió hacia ellos.
—¿Qué ocurre? —inquirió el guardabosques monóculo al aterrizar. —¿Por qué nos detenemos?
Káman agarró con firmeza el cuello de la capa de Kúdar y, de un tirón, lo obligó a agacharse junto a él, ocultándose entre las hojas. Sin decir una palabra, el líder señaló con su dedo hacia el horizonte y Kúdar se giró en la dirección que indicaba.
Su ojo se abrió hasta el límite cuando, a lo lejos, pudo distinguir varias siluetas oscuras adentrándose en el bosque aceleradamente.
—¿Pero que…?
—Hiniur —aclaró Zalka—. Y se dirigen hacia el reino.
—¿Desde cuándo los Hiniur se han vuelto tan numerosos? —murmuró Vett—. Nunca había visto tantos en un solo lugar.
—Esto no son Hiniur como los que hemos enfrentado hasta ahora —matizó Káman—. Estos son… diferentes.
Los tres guardabosques dirigieron su mirada hacia el líder, como esperando una explicación.
—Fijaos bien —prosiguió—. Traen consigo al peor enemigo de Davá.
—Fuego…
—Esto es más grave de lo que creíamos— sentenció Káman, poniéndose en pie—. Debemos informar a Ilma. ¡Rápido!