12. Presagio
—Éhmen está en su punto más álgido, majestad —informó el sirviente haciendo una reverencia, dejando caer su caperuza gris sobre él—. Pronto dará inicio la recolecta de Árnica.
Ilma se erguía en su trono con la elegancia que la caracterizaba, mientras cavilaba una respuesta. Su mano acariciaba con delicadeza el pelaje níveo de su compañera felina Naila, mientras esta se retorcía plácidamente.
—¿Cuándo era que concluía la época de floración de Éhmen?
—Dentro de tres ciclos lunares, mi señora —informó el davense, manteniendo su reverencia—. Para entonces, Vyllo estará a una semana de su pico más alto de floración y podremos iniciar la recolecta de Caléndula.
Ilma suspiró, ahogando así su frustración.
En ocasiones, ser reina de un lugar como Davá implicaba dejar de lado ciertos compromisos para atender las obligaciones que el reino demandaba.
Y aquel día, muy a su pesar, tendría que posponer su reunión para presidir un acto tan relevante como lo era la recolecta de los frutos de uno de los árboles milenarios.
—Acudiré —sentenció Ilma desde el trono de ramas y hojas—. La reunión que tenía prevista con el cuerpo de guardabosques tendrá que esperar, me temo.
—Si lo desea, mi señora —intervino el sirviente, incorporándose lo justo para hacer contacto visual—, puedo comunicarles yo mismo lo que precise.
El trono comenzó a crujir y a retorcerse. Las ramas que lo conformaban empezaron a desenredarse y entrelazarse mientras acompañaban a la reina en su ascenso. Una vez de pie, Ilma avanzó hacia su sirviente, quien acabó por erguirse del todo.
—Dile a Káman que se acerque a los campos de Árnica —ordenó Ilma mientras avanzaba hacia la salida del Gran Roble—. Le veré allí.
—Descuide, mi señora.
La reina se detuvo y se giró apenas.
—Dile que es importante.
Y abandonó el Gran Roble sin esperar respuesta.
La acompañaban sus inseparables escoltas felinos. Naila, la pantera de pelaje blanco, caminaba a su lado con paso altivo, meciendo los surcos negros que atigraban su piel al andar. Horos, en cambio, avanzaba unos pasos por delante, ocultándose entre las sombras gracias a su oscuro pelaje.
Fuera, Davá vestía con tonos azulados esa época del año. Las hojas de los árboles cercanos eran del color del océano, la hierba que pisaban había adoptado una tonalidad azul también. Incluso las mariposas que revoloteaban libres por los valles tenían sus alas celestes.
Éhmen, uno de los grandes árboles milenarios que crecía en Davá, tenía esa radiación tan poderosa. Sus hojas desprendían un polen añil que cubría todo con un manto de ese color. Pronto la época de Vyllo tendría lugar y, con él, Davá abandonaría el azul para revestirse de tonos ambarinos.
Pero, sin lugar a duda, el árbol que más destacaba por encima de todos y, a su vez, el más longevo del reino, era el Gran Roble.
Situado en el mismo corazón de Davá, sus gruesas raíces se extendían por todo el subsuelo, aportando los nutrientes necesarios al resto de flora davense.
Su copa estaba repleta de hojas de tonos rosados, y se mantenía así independientemente de la época de floración en la que se encontrasen el resto de los árboles.
A medida que Ilma se acercaba a la falda de la colina, Éhmen podía vislumbrarse majestuoso en lo alto de la misma.
El ascenso no fue muy prolongado y pronto alcanzaron las raíces que sobresalían por encima de la tierra.
Una vez en la cima, una multitud de ojos expectantes se dirigieron hacia ella, observándola con entusiasmo.
Un extenso grupo de humildes davenses esperaba impaciente la llegada de su reina, deseosos por iniciar la cosecha de Árnica que tan abundante sería aquel año.
Ilma se situó frente a ellos.
—Siento mi demora, pueblo de Davá —anunció, proyectando su voz—. Vuestro afán por el cuidado de estas tierras repletas de belleza con las que Gheva nos obsequió, es digno de admirar. No os robaré más tiempo…
Naila y Horos se aproximaron, sentándose a su vera.
Ilma descendió su mirada hacia la pantera de pelaje oscuro quien, al notar los ojos de la reina, se giró hacia ella instintivamente, gesticulando lo que pareció una sonrisa.
Ilma se la devolvió, alzó su cabeza y miró al grupo de davenses una vez más.
—¡Que empiece la recolecta de Árnica!
La euforia se apoderó de los davenses rápidamente.
Sus voces resonaron por el lugar mientras corrían hacia el campo, ansiosos por cosechar la preciada hierba medicinal que cubría la llanura.
Quizás Davá no era conocida por tener un gran ejército, pero su reputación en herboristería era insuperable.
Sus medicinas habían salvado incontables vidas, incluso las de soldados que habían perdido toda esperanza de vivir un día más.
—Majestad —dijo la voz de su sirviente tras ella—. Káman no se encuentra en los campos de entrenamiento y no he podido dar con él.
Ilma bufó.
—Debe andar por ahí brincando de árbol en árbol. ¿Tampoco has podido dar con Zalka?
—No, mi señora —respondió el sirviente—. Ni tampoco con Kúdar ni con Vett.
—Ya veo…
Si Davá era el reino próspero que había llegado a ser, no era sino por la labor de su selecto grupo de guardabosques.
Así como Capital contaba con una poderosa fuerza militar conformada por un gran número de soldados, Davá tan solo disponía de cuatro guardabosques encargados de proteger el reino ante posibles ataques.
Ellos, a diferencia de los capitenses, eran maestros del sigilo y basaban su estrategia en atacar desde las sombras, ocultos tras la abundante flora que les brindaba el reino.
Por esa razón, Ilma sabía que su sirviente no lograría dar con ellos. Si los guardabosques no querían ser vistos, jamás serían encontrados.
—Vuelve a tu puesto —pidió, girándose hacia los campos añiles—. Yo misma les haré llegar el mensaje.
Una última reverencia bastó como despedida antes de que el sirviente recolocase su capa gris y descendiera por la colina de vuelta hacia el Gran Roble.
Ilma alzó la mirada, clavándola en la infinidad de hojas celestes que adornaban las copas de los robles cercanos.
¿Dónde se habrán metido esta vez?
Resopló, resignada, cuando el sonido del aire fue la única respuesta que recibió.
Supongo que tendré que recurrir a la madre naturaleza una vez más.
Sin esperar un segundo más, la davense cerró los ojos y extendió el brazo derecho hacia delante.
Comenzó a silbar, proyectando una melodía que imitaba el armonioso cántico de un ave.
Permaneció en aquella posición un poco más, sin desistir en su cántico hasta que, finalmente, un suave aleteo anunció la llegada de un pequeño colibrí, que se posó en su mano atendiendo a su petición.
El pajarillo se quedó allí quieto mientras movía su cabeza bermeja en todas direcciones de forma errática. La reina volvió a llamarle con la melodía de su silbido y el colibrí, obedeciendo su deseo, se acercó a su mano dando pequeños brincos.
La cabeza de Ilma estaba rodeada por una corona sencilla, confeccionada a partir de finas raíces trenzadas.
Una perla con forma de gota de agua pendía en el centro y descansaba sobre su frente.
Ilma aproximó al pequeño colibrí hacia ella con suavidad, hasta que la gema de su frente rozó la cabeza rojiza del ave.
El evidente nerviosismo que mostraba el pajarillo se desvaneció de golpe al simple contacto con la perla.
Era como si, de pronto, toda su atención se hubiera centrado en la reina cuando ella, a través de la joya, empezó a comunicarse con el animalillo.
Una vez la davense le entregó el mensaje, despegó al colibrí de su frente y, con un leve movimiento de su mano, lo impulsó para que emprendiera el vuelo.
—Que el viento sople favorable, pequeño hijo del bosque —murmuró Ilma mientras observaba a su diminuto mensajero perderse entre las copas. Bajó entonces la mirada para encontrarse con sus fieles acompañantes felinos—. Horos, Naila, venid conmigo.
Sin oponer resistencia, las dos panteras escoltaron a la reina a través de las sábanas de Árnica. El perfume de las flores silvestres los acompañó durante toda su travesía. Los davenses seguían inmersos en su labor, la cual desatendían únicamente para saludar a la reina cuando ella los sobrepasaba.
Tras dejar atrás las primeras cosechas, Ilma se detuvo al llegar al límite de la colina. A lo lejos, separados por un gran abismo, la colina contigua se extendía delante de ella y, sobre la misma, más davenses trabajaban en la recolección de Árnica.
Ilma entonces dio un paso al frente, dejando el pie suspendido en el aire. Inmediatamente, las raíces de Éhmen comenzaron a extenderse como serpientes, retorciéndose y estirándose hasta alcanzar la colina opuesta, creando un puente que conectó ambas laderas.
Horos y Naila caminaron tras la reina a lo largo de la pasarela natural sin miedo a caer.
Una vez hubieron cruzado, las raíces volvieron a contraerse hasta ocultarse en las profundidades de la tierra.
Ilma continuó hasta los campos de Árnica, que parecían lucir aún más abundantes en aquella parte del reino.
—¡Mirad! —exclamó uno de los davenses—. ¡Es nuestra señora!
—¡Majestad! Este año Gheva nos ha brindado con una gran cosecha —gritó eufórico otro de ellos—. Se avecina un año próspero para los nuestros.
Ilma se detuvo ante los campos. Las esporas celestes que desprendía Éhmen no eran tan densas allí, pero sí lo suficiente como para cubrirlo todo, creando una capa sobre la tierra que, por momentos, parecía ser el reflejo del propio cielo.
—Gheva ha sido benévola con nosotros —respondió ella desde la distancia—. Mostrémosle nuestra gratitud recogiendo los frutos que…
Algo interrumpió el discurso de Ilma. Varias hojas azulonas se precipitaron desde el árbol a su espalda como gotas de lluvia.
Sin necesidad de girarse, la davense percibió la presencia de una sombra que había caído desde lo alto y que había aterrizado tras ella.
Sintió también como la silueta se incorporaba lentamente, sin hacer el más mínimo ruido.
—No dudaba de tu rapidez —indicó la reina, girándose por fin—. Pero he de admitir que no me esperaba que acudieses a mí tan pronto.
El joven se mantuvo en silencio, dejando que el viento revolviese su cabello. Aunque la mitad de su rostro permanecía cubierto por una tela negra, Ilma pudo intuir la sonrisa que había logrado arrancarle.
—Parecía urgente.
—En efecto, lo es, Káman Aullido Lunar —suspiró—. Verás, hace apenas unos días mantuve una larga charla con los alquimistas. Estaban experimentando con una nueva medicina que, según me dijeron, es capaz de regenerar tejido muscular.
—Majestad, con todos mis respetos, las últimas novedades medicinales de los alquimistas no resultaron…
—Pero —prosiguió Ilma, interrumpiendo al guardabosque—. También me mostraron el nuevo juguetito que os tienen preparado.
Káman arqueó una ceja.
—¿Nuevo… juguetito?
Ilma escarbó entre su túnica gris hasta extraer un vial de cristal que contenía un líquido de color violáceo. Káman no supo identificarlo.
—Un nuevo veneno que han elaborado para que trasteéis con él —explicó la reina, extendiendo el frasco hacia el guardabosque—. Elaborado a partir de Ricino y Acónito. Los alquimistas aseguran que es de los tóxicos más letales que jamás han creado.
—Gracias Maje…
Ilma cerró su mano alrededor del vial sin dejar que el guardabosque lo tomase.
—He de advertirte, Káman —continuó Ilma—. Solo tenemos esta dosis, úsala con cabeza. Trabajar con plantas tan venenosas es muy peligroso y no podemos elaborarlas tan rápido como quisiéramos.
Ilma abrió la palma de nuevo, dejando que Káman adquiriese ahora el vial. Él lo tomó y lo ocultó entre sus ropajes.
—Segundo punto del día —prosiguió la reina—, ¿has oído algo acerca de invasiones Hiniur últimamente?
—Bueno… — Káman desvió la mirada—. En una de nuestras incursiones divisamos, a lo lejos, varias sombras que ascendían por el Valle Vanu, cerca de Brevodia.
—¿Qué eran?
—No… estoy seguro, majestad. Nunca vamos más allá del Valle Armonía y nuestra vista no alcanzaba a distinguir con claridad las siluetas.
—Ya veo —concluyó Ilma, girándose de nuevo hacia los campos—. Ayer, uno de los alquimistas me aseguró haber oído rumores acerca de un ataque en Brevodia.
—Algo habitual con los tiempos que corren.
—Cierto, pero no uno como ese. Según parece, es el ataque más severo que han sufrido en mucho tiempo.
Káman vaciló unos instantes.
—Puede que tengan razón —admitió—, ninguna persona, en su sano juicio, se jugaría la vida adentrándose en las violentas ventiscas de Vanu sin un buen motivo.
—Es por eso que necesito que vayáis a averiguarlo —pidió Ilma—. De ser un ataque Hiniur de esa magnitud, puede que debamos acudir en su ayuda.
Káman asintió.
—Se lo haré saber al resto de guardabosques y te informaremos lo más pronto posible.
—Pero antes de irte…
Un silbido la interrumpió.
Varias hojas se desprendieron del árbol próximo a ella cuando Káman, de un salto, se adentró de nuevo en su copa y se perdió entre el follaje.
Ilma suspiró.
—Naila, Horos, volvamos al Gran Roble —dijo, retomando la marcha—. Quiero supervisar los informes sobre el avance de los alquimistas.