11. Horizonte #3
Álvar no podía moverse. Sentía una presión en una de las piernas, algo que tiraba de él hacia las profundidades. Sumergió la cabeza en las aguas gélidas y entonces vio las garras negras incrustadas en su pata, tirando con fuerza de él.
El rey luchó por deshacerse de ellas, pero un segundo par de zarpas se enroscaron en su pata contraria y, como las otras, tiraron hacia las fauces de Umbramar.
Álvar trató de mantenerse a flote mientras intentaba deshacerse de aquellos Hiniur que pretendían ahogarlo.
Pero, finalmente, las oscuras zarpas ganaron aquel forcejeo y lograron quebrantar la resistencia de Álvar hasta sumergirlo.
El moribundo cuerpo de Timpa se desprendió de los hombros del rey y quedó flotando sobre la superficie marina.
Miró a su alrededor, pero todo permaneció en aquella insoportable quietud.
Solo las ráfagas constantes de aire helado se atrevían a romper el silencio, junto a un repentino burbujeo que comenzó a formarse frente a él.
Timpa hundió la cabeza y fue entonces cuando, a varios metros de profundidad, pudo ver qué era aquello que perturbaba las aguas.
Cuatro Hiniur se aferraban al cuerpo del rey, aumentando su peso y hundiéndolo, más si cabe, hacia el abismo marino.
Pero Álvar no iba a permitir que las aberraciones acabaran con él en aquel lugar.
En un arrebato de ira, comenzó a asestar cuchilladas con tal fuerza que, por un instante, pareció partir el agua en dos.
Las manos oscuras no resistieron los desgarros que les infligía y se soltaron del capitense, liberándolo de la presa.
Álvar emergió a la superficie dando una gran bocanada de aire y, sin mediar palabra, volvió a acomodar el cuerpo de Timpa sobre su espalda antes de reanudar el nado hacia tierra firme.
—No te sueltes.
Fue lo único que Timpa pudo oír antes de que el rey comenzase a romper las olas con sus brazadas. Lo iba a conseguir. Pese a todo, Álvar le iba a volver a salvar, como tantas veces había hecho.
—Lo… lo ha conseguido, majestad.
El rey se giró hacia él, mostrándole apenas el perfil felino. El estado de su consejero era alarmante. Sus manos amoratadas apenas se aferraban al pelaje y, rígidas como el hielo, parecía que se iban a desprender de un momento a otro.
Álvar volvió la mirada al horizonte y continuó nadando con más urgencia, si es que aquello era posible.
—Aguanta un poco más —logró decir entre jadeos—. Solo un poco más, hasta que…
El monarca enmudeció al sentir, de pronto, más peso sobre sus hombros. Se giró, alarmado. A su espalda, Timpa lo observaba con la mirada apagada y una sonrisa forzada, mientras un Hiniur se enroscaba en su pierna y trepaba por ella con la intención de arrastrarlo hacia las profundidades.
—Me… me han… alcanzado, majestad.
Antes de que pudiese contestar, el monarca percibió como el peso que sentía a su espalda, de pronto, desapareció.
Ya no cargaba con el Hiniur, ni tampoco con Timpa.
Presa de la furia, se zambulló en busca de su consejero, pero allí solo encontró oscuridad.
Ni siquiera su aguda visión logró percibir rastro alguno de él.
Volvió a la superficie, tomó aire y, una vez más, volvió a sumergirse en las aguas heladas solo para descubrir como un ejército de ojos del color de la sangre se abrieron a su alrededor.
Con la respiración agitada, Álvar dio una poderosa brazada hacia la superficie y, al emerger, retomó el nado hacia la costa. Sin embargo, los síntomas de la hipotermia eran cada vez más notorios, desventaja que aprovecharon los Hiniur para abalanzarse sobre él.
El rey continuó nadando, braceando con tenacidad pese a la fatiga y el peso de aquellas garras que intentaban arrastrarlo al abismo. Pero cuando el final se cernió sobre él y comenzó a aceptar que sería ahí mismo donde perdería la vida, Álvar, por fin, besó la arena.
Reptó por la orilla con sus brazos, arrastrándose a través del suelo árido. Estaba exhausto y parecía que su cuerpo iba a desfallecer en cualquier momento. Pero él siguió avanzando, buscando refugio lejos de aquel mar que se teñía de rojo con la sangre de sus soldados.
A pesar de las severas heridas que sufría y los síntomas de la hipotermia, Álvar logró alcanzar la pared del acantilado. Allí se dejó caer, abatido, sobre el follaje que cubría la falda de la roca.
El escuadrón Siete, todos los consejeros reales, Leya, Timpa… todos han perecido. Todos han muerto por obedecerme ciegamente pensó, mirando al cielo estrellado. Gheva, ¿por qué nos has abandonado?
El brillo que emanaba de su cuerpo fue menguando hasta que el rey recuperó su forma habitual.
Allí, tendido en el suelo, algo atrajo su atención en lo alto de la escarpada pared que se alzaba ante sus ojos.
Unos árboles de frondosas copas sobresalían desde la cima.
Sus ramas se retorcían y se intrincaban unas con otras, ocultando lo que guardaban en su interior.
Aun así, aquel bosque despertó en Álvar una extraña familiaridad y supo que, pese a todo, había alcanzado su destino.
Pues la impenetrable muralla que formaban aquellos árboles no podía ser sino El Bosque Aurora que aislaba Lenov del resto del mundo.