11. Horizonte #2
El rey se giró hacia proa movido por el grito repentino de su consejero. Allí pudo ver como Timpa y cuatro soldados capitenses trataban de mantener las distancias con una veintena de Hiniur que les rodeaban.
Álvar corrió hacia ellos.
A mitad del recorrido dio un salto hacia uno de los mástiles.
Aún en el aire, un haz de luz envolvió su cuerpo, dejando tras de sí una estela luminosa.
Su cabello comenzó a extenderse hasta sobrepasarle el pecho.
Su tamaño aumentó y la musculatura se hinchó, llenando por completo la coraza de jaspe.
Aterrizó en cuclillas sobre el mástil, hundiendo en la madera sus pies albinos y sus garras, quedando ahí clavado de forma horizontal sin apartar la mirada de las bestias que amenazaban a sus hombres.
Ayudándose de sus poderosas patas blancas, Álvar se impulsó hacia aquella zona.
Desenvainó su hacha en pleno vuelo y la extendió tras de sí hasta que uno de los filos besó su omoplato derecho.
A escasos palmos de llegar al suelo, el rey comenzó a rotar sobre sí como un huracán, cercenando los cuerpos de los Hiniur en su aterrizaje.
Tras la intervención de Álvar, y notando que la amenaza había menguado, Timpa retiró los brazos de entre sus ojos para contemplar la silueta del rey que ahora lucía ligeramente más alta, más corpulenta… más sangrienta.
—Ma… ¿Majestad? —preguntó—. ¿Sois… vos realmente?
Haciendo caso omiso a las palabras de su consejero, el rey saltó hacia él.
Timpa se encogió presa del terror. Álvar aterrizó sobre el cuerpo de un Hiniur que se había aproximado sigilosamente por la espalda del consejero, dispuesto a atacarlo.
Clavó las garras de sus patas en el pecho de la bestia y, dejando caer el hacha tras de sí, comenzó a propinar zarpazos en el rostro del monstruo hasta que quedó irreconocible.
El Hiniur se desplomó, cubriendo el suelo de sangre y vísceras.
Tras el ataque, Álvar se giró y recogió el hacha del suelo.
Clavó la mirada en Timpa y en los cuatro soldados que habían sido testigos de la escena.
La luz de la luna iluminó la mitad del rostro del rey, revelando unos colmillos afilados que sobresalían de su boca y una espesa melena blanca salpicada con la sangre de su último enemigo.
Álvar avanzó hacia ellos. Sus ojos bicolor brillaban como dos luciérnagas bajo la noche, uno de color azul como el hielo y el otro anaranjado como el sol del ocaso.
—No ceséis la lucha, necesitan apoyo en estribor.
La voz del rey resonó por encima del alboroto de la batalla. Los cuatro hombres obedecieron las órdenes sin titubear, moviéndose hacia los flancos del navío. Timpa quedó paralizado, incapaz de apartar su vista de la bestia que tenía delante.
—Te lo explicaré cuando todo acabe —prometió Álvar—. No hay tiempo ahora.
Sin decir nada más, el monarca se dirigió al otro extremo del barco, dejando a su consejero perplejo, asimilando lo que acababa de presenciar.
En estribor parecía que el mar rugía incluso más furioso. Las olas azotaban la embarcación, provocando que los soldados perdiesen el equilibrio y cayesen de bruces sobre la cubierta. Las criaturas superaban con creces el número de tripulantes que defendían el barco junto a Leya.
Estaban rodeados.
La madera volvió a crujir con más fuerza.
—¡Majestad, los dormitorios están inundados! —exclamó el consejero desde la distancia—. ¡La planta baja ha sucumbido al mar!
Álvar se dio la vuelta, tratando de comprobar la veracidad de aquellas palabras.
Una fisura atravesó la cubierta de pronto, ensanchándose cada vez más.
La madera empezó a resquebrajarse en infinidad de pequeñas grietas que permitieron al agua filtrarse por todo recoveco que encontraba a su paso.
Hasta que, en cuestión de segundos, las olas de Umbramar comenzaron a cubrir el navío.
El miedo se apoderó de Timpa. Aunque lo deseara, no podía mover un solo músculo de su cuerpo.
Algunos soldados intentaban incorporarse para seguir luchando; otros no tuvieron la misma suerte y cayeron a manos de los Hiniur, que aprovechaban el hundimiento del barco para ascender con mayor facilidad.
Leya defendía el extremo sur de la embarcación hasta que, finalmente, una pesada viga de uno de los mástiles se desprendió y la aplastó sin piedad contra la cubierta.
No vamos a poder aguantar las frías aguas, pensó Timpa mientras contemplaba el horror. Moriremos todos congelados.
¿Es este el fin?
Una última ola cubrió por completo el barco.
Y de pronto, hubo calma.
Un silencio sepulcral inundó Umbramar. Sus aguas estaban cubiertas de fragmentos flotantes de madera y cuerpos sin vida.
Cadáveres procedentes tanto de Hiniur como de capitenses.
Entre ellos se hallaba el de la comandante Leya, cuya silueta había sido desfigurada por el aplastamiento y flotaba inerte en una postura imposible.
Álvar dio una gran bocanada cuando emergió a la superficie.
Miró a su alrededor tratando de hallar algún resquicio de vida, pero solo encontró muerte.
Ya no se escuchaba a las bestias. Ya no se percibía el olor a sangre y muerte que segundos antes inundaba el ambiente.
El lugar estaba sumido en una plácida tranquilidad, entorpecida únicamente por el sonido de las olas que arrastraban los restos del navío.
De entre todos los cuerpos flotantes, Álvar solo pudo reconocer el de Timpa, que se apoyaba sobre una caja de madera destinada al transporte de suministros.
—¡Timpa! —gritó mientras nadaba hacia el cuerpo aturdido de su consejero—. ¿Me oyes? ¡Contesta! ¡Es una orden!
Timpa entreabrió los ojos, luchando por mantenerse consciente. Un temblor incontrolable recorría su cuerpo y su respiración era lenta y superficial. Su piel comenzó a adquirir un tono violáceo, más marcado alrededor de los ojos donde se volvía tan negro como el jaspe de Capital.
El rey miró a su alrededor y, pese a la oscuridad, logró divisar una porción de playa al oeste.
—Timpa, aguanta un poco más, puedo ver tierra cerca.
Ahora que gozaba de mayor fuerza y constitución, Álvar pudo cargar al consejero sobre uno de sus hombros.
Una vez estuvo bien sujeto, el rey emprendió el nado hacia aquella ansiada tierra firme.
Sin embargo, pese al abrigo que le confería el pelaje, él también empezó a sentir los efectos del frío.
Sus huesos se volvían cada vez más rígidos y, como consecuencia, su velocidad comenzó a disminuir.
—Déjeme majestad —murmuró Timpa con un hilo de voz—. Sálvese, el reino le necesita. El mundo le necesita.
Pero Álvar no respondió. Continuó rompiendo el agua con cada brazada pese al hielo que empezaba a formarse en su cuerpo y el viento helado que arreciaba.
—Majestad… — insistió, aunque sabía que no iba a convencerle. Conocía a Álvar desde que tomó posesión de su cargo como rey y sabía que, cuando mostraba aquella mirada tan decidida, era imposible hacerle cambiar de parecer, por más que se intentase.
Pero sus pensamientos se interrumpieron cuando Álvar, de pronto, se detuvo en medio del océano.
—¿Majestad…? Va… ¿Va todo bien?