El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 11. Horizonte
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11. Horizonte

La vastedad del mar se extendía ante ellos como un manto de agua cristalina, acariciado por un cielo que auguraba una travesía esperanzadora. El navío capitense surcaba las aguas de Umbramar con tesón, dejando tras de sí una estela de olas y espuma blanca.

A bordo, el cansancio empezaba a hacer mella. Aquel día, como había sido habitual hasta entonces, Álvar y el resto de los tripulantes habían navegado durante toda la noche. La previsión era llegar a Lenov en tan solo siete ocasos desde su partida desde Capital.

El rey estaba apoyado en una de las barandillas de pino que bordeaba la cubierta, observando el imponente horizonte marítimo.

¿Serán ciertas mis sospechas? ¿Es a esto a lo que se refería la profecía?

—Si todo sigue como hasta ahora, llegaremos a Lenov en tan solo cuatro días, majestad —informó Timpa, sacando a Álvar de sus pensamientos.

—Deberías descansar —sugirió el rey sin apartar la mirada del mar—. Ha sido un día largo para ti también.

Timpa no pudo evitar gesticular un bostezo.

—Vos también deberíais dormir un poco, majestad —dijo—. Si tan importante es esta misión, deberá estar descansado cuando lleguemos a puerto.

Álvar permaneció en silencio, dejándose arrullar por la apacible brisa que mecía sus mechones plateados.

—Cuando la realidad supera a cualquier sueño, resulta imposible conciliarlo —dijo, volviéndose hacia Timpa—. Permaneceré despierto.

—Le conozco de hace muchos años y sé que no le haré cambiar de opinión por más que lo intente —respondió el consejero, apoyándose sobre la barandilla junto al rey—. Pero parece que va a ser una noche tranquila, como las otras tres que hemos pasado ya.

Alguien se aproximó, interrumpiendo a los hombres que conversaban.

—Mis hombres ya han hecho el relevo y están listos —indicó Leya—. Cuando ordenes, retomaremos la marcha, majestad.

Álvar se giró hacia la comandante.

—Cuando gustes.

Tras una reverencia, Leya avanzó por la cubierta del navío, atravesando las largas hileras de remos que se extendían a ambos lados.

Al llegar a la proa, se detuvo para observar a sus hombres, que aguardaban ansiosos por iniciar la marcha.

Leya apoyó su larga asta de guerra a un lado y se sentó junto a los miembros de su escuadrón, disponiéndose a remar con ellos.

El navío volvió a emprender su marcha a buen ritmo, surcando las olas que bailaban sobre las aguas de Umbramar. Álvar, con la mirada fija en el horizonte, reflexionó en silencio.

Espera un poco más, Azhna susurró. Solo un poco más.

La noche alcanzó sus horas más oscuras. Las aguas permanecían en calma, el sonido de las olas inundaba el ambiente y la luna parecía casi poder tocarse con las manos.

Los guerreros del escuadrón Siete remaban sin descanso, guiados por las directrices de Leya.

Timpa dormía junto al resto de los consejeros reales en los camarotes interiores.

Todo iba según lo previsto y Álvar se dejó llevar por aquella paz.

Debido a los numerosos compromisos que afrontaba como rey, hacía mucho tiempo que no disfrutaba de una noche tan hermosa como aquella.

Alzó la vista y contempló el brillo de las estrellas que titilaban en el firmamento.

Aquello era algo que, ya desde joven, acostumbraba a hacer.

Observar las luces que la noche ofrecía tan de cerca le hacía sentirse conectado con sus antepasados y con todos aquellos que habían dado su vida por el reino.

Según la creencia popular en Capital, la vida no terminaba con la muerte. Los seres que habitaban el mundo, especialmente la humanidad, eran creaciones de Gheva, y la Creadora no iba a permitir que desaparecieran cuando sus días llegaran a su fin.

¿Cómo iba a consentir que algo tan bello, concebido a partir de su voluntad, dejara de existir sin más?

Por esa razón, la muerte era entendida como el camino hacia ella, pues todos tenían un lugar a su lado en el edén.

Todos… salvo los guerreros que entregaban su vida para proteger la de otros.

Para ellos, la diosa tenía reservada una hermosa condena: convertirlos en estrellas y hacerlos parte del firmamento, desde donde podrían observar el mundo por toda la eternidad.

Ese era el presente de Gheva, al menos como los altos clérigos de Capital lo habían bautizado y, para un soldado, no existía mejor regalo.

Álvar se aproximó a un pequeño saliente situado en uno de los mástiles. Usando el hacha como punto de apoyo, se sentó y recostó la cabeza contra la superficie amaderada. Inhaló profundamente mientras sus ojos volvían a perderse entre el bosque de estrellas.

Recordó a sus compañeros de escuadrón, que ahora brillaban sobre él y le iluminaban el rostro.

Pensó en la vida que existía detrás de cada uno de aquellos astros, y cómo llegaría el día donde él también formaría parte del cosmos.

Allí sentado, en mitad de la inmensidad del mar y sumido en sus pensamientos, cerró los ojos al fin.

El barco se zarandeó violentamente.

Álvar abrió los ojos de súbito.

Se incorporó de un salto y comprobó que los soldados sentados junto a los remos compartían la misma cara de incredulidad y asombro que él tenía. Tras unos segundos de incertidumbre, se dirigió al filo del navío, se apoyó en la baranda de pino y clavó la mirada en el mar.

Nada. Las aguas de Umbramar seguían en calma.

¿Un remolino marino? ¿Alguna roca que sobresaliera por encima del nivel del mar?

—¡MAJESTAD!

Álvar se giró hacia la comandante Leya, que gritaba desde el extremo más alejado del barco.

Unas zarpas oscuras se aferraban a su rostro, intentando arrojarla al mar.

Sin mediar palabra, el rey echó a correr hacia ella, desenvainando su hacha en plena carrera.

Los soldados del escuadrón Siete, por un instante, perdieron el equilibrio cuando la ráfaga de aire provocada por Álvar al sobrepasarles los sacudió ligeramente.

Unas cuantas zancadas más bastaron para alcanzar a la comandante y asestar un tajo seco que cortó de cuajo las siniestras garras que se incrustaban en su rostro.

Los brazos se desprendieron con sorprendente facilidad y cayeron al mar, rompiendo la calma de sus aguas con un leve chapoteo.

El rey echó un vistazo para asegurarse de que las extremidades se hundían en las profundidades de Umbramar y que aquel episodio no había sido más que algo fortuito.

Pero estaba equivocado.

Más sombras trepaban por la estructura del barco, emergiendo de las entrañas del océano y escalando hacia ellos con sus garras.

Álvar retrocedió.

—¡Hiniur! —gritó, girándose hacia la tripulación—. ¡Es una emboscada!

El feroz grito del rey y el posterior bramido de guerra de los soldados despertó a todos los tripulantes que dormían en aquel momento.

—¡No dejéis que lleguen a cubierta! —vociferó Leya, incorporándose y empuñando su asta, aún con el rostro manchado de sangre.

Los miembros del Siete desenvainaron sus armas tras la orden de la comandante y se aprestaron a impedir el ascenso de las criaturas por el casco.

Sin embargo, la tarea resultó más complicada de lo esperado, pues las escamas oscuras que recubrían la piel de aquellos engendros los ocultaban en la penumbra de la noche.

Álvar, de pronto, se sintió observado.

Aunque a simple vista no parecía haber ningún Hiniur en la superficie, su agudizado instinto le gritaba lo contrario.

Miró en todas direcciones hasta que, unos metros hacia su derecha, pudo percatarse de la presencia de una de las criaturas.

Asomaba su rostro por encima de la estructura del barco, clavando los ojos escarlatas en el capitense.

Álvar mantuvo aquel duelo de miradas un poco más hasta que, furioso, se lanzó a la carrera contra la abominación.

La criatura trepó a la cubierta y, al pisar suelo firme, erizó las escamas de su lomo y desplegó las garras.

Álvar empuñó el hacha con ambas manos.

La bestia se abalanzó sobre el capitense.

Colisionaron.

La cabeza del monstruo rodó por la cubierta cuando su cuello encontró el pesado filo del hacha.

Sin detenerse, el monarca atisbó a sus lados cómo dos Hiniur más ya apoyaban sus zarpas sobre el barco.

Sin darles oportunidad de atacarlo, el rey aferró el arma con firmeza y asestó un severo golpe en el cráneo de uno de ellos, hundiendo ligeramente la hoja en su cabeza.

Manteniendo el filo clavado, columpió el hacha para trazar un arco en el aire, arrastrando consigo a su enemigo durante todo el recorrido, hasta que el filo posterior se incrustó en el pecho del segundo Hiniur.

Los desfigurados cuerpos de los dos engendros se desplomaron contra el suelo, inertes y enmarcados por una aureola de sangre a su alrededor.

Pero no podía detenerse. No ahora.

En uno de los flancos, un guerrero capitense forcejeaba con un Hiniur que hundía sus zarpas en su rostro, desgarrándole la piel. Tras un desesperado zarandeo, la criatura logró lo que pretendía y empujó al soldado hacia el abismo oceánico.

Un halo de furia se apoderó del semblante de Álvar.

Se aproximó a la criatura arrastrando el hacha tras él y, sin alterar lo más mínimo su expresión, balanceó el arma y devolvió al monstruo al mar con el golpe.

Varios fragmentos de la barandilla de madera saltaron hechos astillas y acompañaron al Hiniur en su caída.

Álvar jadeaba. Eran demasiados.

¿Desde cuándo… los Hiniur tienen… la capacidad de nadar?

Pero no tuvo tiempo de cavilar respuesta alguna. Un nuevo grupo de tres aprovechó la distracción para abalanzarse sobre él por la espalda. Guiado por su instinto sobrenatural, Álvar logró girarse, pero las seis garras ya estaban demasiado cerca para esquivarlas.

Cerró los ojos y se preparó para recibir el ataque.

Entonces, una ráfaga de aire frente a él lo obligó a abrirlos de nuevo. El trío de Hiniur había sido empalado, uno tras otro, por el asta de Leya contra uno de los mástiles del barco.

—¡Álvar! —dijo la comandante, socorriendo al rey—. ¿Puedes seguir?

Él asintió, se incorporó y aferró el mango del hacha con más contundencia.

—No dejéis ni uno con vida.

—¡MAJESTAD!