10. Regreso #3
—Sin lugar a dudas, majestad —aseguró, vertiendo el jugo de Éfir en pequeños viales de cristal—. Tan solo necesito un poco más de tiempo.
—Nunca me decepcionas —respondió el rey—. Sin embargo, hay otra cosa que debo pedirte.
El consejero alzó la mirada cuando Álvar, de pronto, desenvainó el hacha de doble filo que cargaba a la espalda y la extendió frente a él, dejando que la hoja reflejase la luz de las antorchas.
—Quiero que rocíes una de las infusiones sobre ambos filos de mi hacha.
Timpa frunció el ceño.
—¿Ambos filos, majestad? —preguntó, mientras tomaba el arma con las dos manos.
—Ambos —sentenció el rey—. Necesito asegurar mi victoria.
El sol había desaparecido ya por completo tras el horizonte, envolviendo Capital bajo un manto aún más oscuro del que ya lucía habitualmente. Leya, junto con su escuadrón, permanecía firme esperando la llegada del rey a las afueras de la ciudad.
Los soldados estaban perfectamente alineados en formación, dispuestos a dar sus vidas por el reino. Algunos sostenían antorchas, otros ondeaban los estandartes, mostrando con orgullo el escudo-emblema capitense: una cabeza de león de plata sobre un fondo tan negro como el jaspe de sus armaduras.
Tras una breve espera, las puertas se abrieron por fin y el rey hizo su aparición, acompañado de su consejero, Timpa.
Álvar se acercó a la comandante ataviado con su reluciente armadura de jaspe negro.
Los filos de su hacha, que sobresalían tras su espalda, reflejaban la luz lunar que revestía el paraje.
Sostenía su yelmo en la mano derecha, permitiendo que su cabello platino vibrara libremente al son del viento.
—Majestad —dijo la comandante Leya, inclinándose en una reverencia—. Mis soldados están listos para serviros en vuestra travesía hacia Lenov.
—Buen trabajo, Leya, y perdonad esta repentina urgencia —respondió Álvar, mientras recorría el lugar con la mirada—. ¿Y Adami? ¿Todavía no…?
—Ese “ todavía ” suena con cierto retintín —remarcó una voz que se acercaba poco a poco—. Pero en mi defensa diré que he llegado exactamente a la hora a la que se me citó.
De entre la oscuridad de la noche emergió un anciano enfundado en una vieja armadura de jaspe negro. Se rascaba la barba desaliñada, pensativo.
—Si mi sentido del tiempo no falla, es medianoche justo en este momento —indicó, deteniéndose junto a Álvar y Leya al llegar—. Ni más ni menos. Por lo que, técnicamente, estoy en tiempo.
Leya resopló, frustrada, pero Álvar, por primera vez desde que había regresado a Capital, dejó escapar una ligera sonrisa.
—Siempre tienes excusa para todo, ¿verdad, comandante?
Adami asintió.
—Para todo lo importante, al menos.
Álvar no pudo contener una leve carcajada. Desde que conocía a Adami, siempre había logrado arrancarle una sonrisa, sin importar la gravedad del problema que lo afligiera. Y, en días como aquel, cuando la preocupación lo corroía por dentro, la compañía de Adami era, sin duda, la mejor medicina.
—Ve con cuidado en tu travesía, comandante —dijo Álvar—. El camino hacia Brevodia es largo y la nieve que cubre sus tierras tiende a borrar los senderos.
—Mira, sobre ese punto tenía algo que decirte —interrumpió Adami, señalando al rey con el dedo repetidas veces—.
Me tienes manía, ¿verdad? Un lugar tan inhóspito como Brevodia no es terreno para un anciano como yo.
Además, ¿has olvidado que mi Bendición es de un solo uso?
¿O que la fuerza de mis brazos ya no es la de antes, y blandir la espada se me antoja cada vez más difícil?
—suspiró—. Menudas vacaciones me esperan.
La sonrisa de Álvar volvió a dejarse entrever entre los pelos de su barba.
—Es cierto que eres el comandante más viejo de todos y, precisamente por ello, el más experimentado también.
Los brevodianos están sufriendo una fuerte ofensiva Hiniur y, como bien sabes, no están acostumbrados a conflictos de tal magnitud.
Necesitan organización, alguien con experiencia en el arte de la guerra que los guíe —apoyó la mano en el hombro de Adami—. Alguien como tú.
El viejo comandante bajó la mirada y hurgó la tierra con la punta del pie, fingiendo que las palabras del rey habían conseguido sonrojarlo.
—Siempre caigo en tus jueguecitos. Cuatro palabras bonitas y ya me tienes comiendo de la palma de tu mano. Eso no vale.
—¡Adami, esto es serio! —replicó Leya—. ¡Compórtate como el comandante que eres!
—Está bien, está bien… —respondió, rodando los ojos antes de erguirse y tratar de adoptar la postura más firme que pudo—. ¡Rumbo a Brevodia!
—Os deseo la mayor de las suertes, comandantes —concluyó Álvar—, pero no olvidéis la misión más importante de todas —guardó silencio unos segundos—: regresad a casa con vida.
Tanto Leya como Adami asintieron y, tras una pequeña reverencia, los comandantes volvieron a unirse a sus escuadrones, que esperaban impacientes las siguientes órdenes.
El Escuadrón Doce emprendió la marcha hacia el norte, rumbo a Brevodia. El Escuadrón Siete, junto a Álvar, se dirigió a los muelles, donde los aguardaba el barco que los conduciría de regreso a Lenov.