10. Regreso #2
Jedena, situada a su lado, se incorporó.
Álvar avanzó hasta el extremo de la terraza donde se encontraban ambos comandantes y, sin mediar palabra, contempló la explanada de tierra que se extendía abajo: La Arena , el lugar de entrenamiento para los soldados de los diferentes escuadrones del reino.
Un espacio árido circundado por un bosque de robustas columnas negras que se elevaban para sostener el peso de las terrazas interiores.
—¿Majestad? —preguntó Samil con el ceño fruncido—. ¿He dicho algo que no debía?
—Samil, vale ya —intervino Jedena, fulminándole con la mirada—. A veces me pregunto cómo Gheva pudo bendecirte a ti también.
—Pero, ¿qué he hecho ahora?
—¿No es obvio que Álvar no necesita de tus tonterías en este momento? —replicó la comandante—. Si dejaras de lado tus estupideces, te darías cuenta de que el rey está tan pálido como el mármol sobre el que te apoyas.
Samil chasqueó los dedos.
—¡Ah, bueno! ¡Haber empezado por ahí!
El comandante, tras recolocarse los mechones de su flequillo, arrancó un trozo de tela de la vistosa blusa multicolor que asomaba bajo sus escasas piezas de armadura y se colocó junto a Álvar.
—Majestad, entiendo cómo te sientes —dijo, acomodando el trozo de tela sobre el hombro del rey y dejando que la brillantina que lo impregnaba se adhiriese a su mejilla—. A veces, tanto negro puede resultar agotador, y no hay nada como añadir un poco de color para levantar el ánimo. ¡Alegría!
—¡Samil! —gruñó Jedena, retirando de un manotazo la tela que descansaba sobre Álvar.
El rey vaciló por un momento antes de hablar, manteniendo su mirada fija en La Arena , donde los soldados seguían entrenando.
—Hay algo que necesito pediros —dijo Álvar repentinamente—. ¿Os importaría seguir al mando del reino unos días más?
Jedena y Samil intercambiaron miradas.
—¿A qué se debe? —quiso saber Jedena—. No puedes pretender volver de tu viaje con esa cara y pedirnos algo así sin una explicación. ¿Ha ocurrido algo durante tu estancia en Lenov?
—No tengo tiempo, mi querida hermana —Álvar se giró—. Debo partir a Lenov cuanto antes.
Jedena, sorprendida por la urgencia, permaneció con los hipnóticos ojos verdes clavados en el rey.
—¿Ni siquiera para atender la petición de ayuda de Brevodia? —preguntó—. Desconozco si estás al tanto de la situación allí, pero nos han llovido mensajes de Yskar solicitando apoyo. Álvar —inclinó ligeramente su cabeza, buscando con su mirada la de su hermano—, están bajo ataque Hiniur.
— “El más severo desde hace mucho tiempo" —citó Samil—.
Pero ya sabes cómo son los rumores; tienden a exagerarse.
Además, no sé hasta qué punto me fiaría yo de un mensajero que no sabe combinar colores.
¿Una túnica ocre con un chalequito de tonos grises?
¡Por favor! —se tapó la boca, simulando contener una arcada—. Que soez.
Álvar exhaló un suspiro, dejando caer la cabeza hacia delante y ocultando su semblante bajo la nívea cortina de cabello.
—Enviaré a uno de los comandantes para brindar ayuda allí, pero no puedo descuidar a Lenov en este momento. He pensado que quizás el comandante Adami, junto a su escuadrón Doce, sea el mejor candidato para apoyar la ofensiva en Brevodia.
—Pero quizás no sea suficiente, hermano. Quizás deberías ir tú personalmente —sugirió Jedena—. O incluso yo misma, si así me lo pidieras.
—A vosotros os necesito aquí —espetó Álvar casi de inmediato—.
Tu Espejismo Refractante combina a la perfección con la Visceronervación de Samil.
Ambas Bendiciones pueden resultar muy útiles para proteger el reino en caso de ataque.
Conmigo vendrá la comandante Leya, pues su Bendición resulta especialmente útil en entornos con abundante vegetación y, si algo caracteriza a Lenov, es el vasto bosque que lo rodea.
Comunicad mi decisión a ambos comandantes y decidles que esperen en la puerta del reino al anochecer, listos para partir. No puedo perder más tiempo.
Tanto Jedena como Samil apenas podían dar crédito a la premura del rey. Aquel deje de preocupación que impregnaba sus palabras les bastó para comprender que Álvar hablaba con total seriedad.
—Cuanto misterio, majestad —intervino Samil, repeinándose una vez más los mechones hacia atrás—. Con lo mucho que me gustan los rumores y los cuchicheos… —le dio un codazo cariñoso al rey—. Vamos, Álvar, no nos puedes dejar así. ¿Una pista?
El rey volvió a suspirar.
—Es un asunto que, de no ser atendido de inmediato, supondría el desarrollo de algo todavía mayor.
Un asunto que prefiero mantener para mis adentros por el momento, hasta comprobar si mis sospechas son ciertas —se incorporó, haciendo ademán de volver al interior del castillo—.
Y ahora, si me disculpáis, debo atender otro asunto.
Jedena y Samil no dijeron nada más.
—Cuento con vosotros.
Los dos comandantes siguieron con la mirada a Álvar hasta que su silueta se perdió en la penumbra del castillo. Aunque no comprendían del todo lo que estaba ocurriendo, conocían bien al rey y sabían que, tras sus palabras, se ocultaba algo más que una simple misión militar.
—Algo no va bien.
Con paso acelerado, Álvar se dirigió de nuevo hacia la habitación donde trabajaba Timpa. Sorteó los laberínticos pasajes de la fortaleza hasta llegar al portón que pocos podían abrir. Como Timpa antes que él, un haz de luz recorrió la palma de su mano y, al apoyarla sobre la puerta, esta se abrió.
A pesar de la repentina entrada del rey, Timpa siguió concentrado en el Éfir que molía hasta convertirlo en pasta.
—Los comandantes ya están preparándose para partir esta misma noche —dijo Álvar—. ¿Crees poder tener la infusión preparada para entonces?
Timpa desvió su atención de la tarea para mirar al rey y, como si este hubiese formulado la pregunta que esperaba oír, esbozó una sonrisa.