El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 10. Regreso
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10. Regreso

Timpa ordenó colocar la pasarela sobre el muelle cuando el barco capitense, procedente de Lenov, atracó en el puerto.

Habían pasado varios días desde que el rey había partido hacia el norte y, aunque sabía que nada podría pasarle a alguien como Álvar, no podía evitar preocuparse siempre que emprendía alguna salida sin él.

Tras la orden del consejero real, cuatro hombres ataviados en armaduras negras colocaron el puente amaderado, permitiendo que los tripulantes tomaran tierra.

El primero en cruzar fue un hombre cuya silueta, por un instante, pareció eclipsar los rayos del sol.

Vestía la armadura emblema de Capital: negra como el ébano, delineada por delicadas filigranas plateadas que recorrían su contorno.

En sus manos sostenía un yelmo tan oscuro como su armadura, del cual caía una crin plateada.

Una gruesa cadena de oro atravesaba su robusta coraza, sujetando la capa negra que caía a su espalda.

—No conozco a nadie con un estómago tan resistente como el suyo, majestad —dijo Timpa tras una reverencia—. Soportar tantos viajes por mar sin vomitar es una hazaña digna de los grandes héroes.

Álvar terminó de cruzar el puente improvisado y se plantó frente al consejero. La expresión de Timpa cambió de súbito cuando la nívea melena del rey se agitó por el viento y su rostro mostró una mirada cargada de preocupación.

—¿Un… viaje tranquilo, majestad? —preguntó Timpa, intentando asegurarse de que la mala cara de Álvar no era fruto de su imaginación—. ¿Lenov sigue siendo tan hermosa como la recuerdo?

—Me voy a adelantar al grupo, Timpa —respondió, ignorando las preguntas de su consejero—. No tengo mucho tiempo.

El rey emprendió la marcha hacia la entrada de Capital apresuradamente, sin reparar en nada más.

—¡Espere majestad! —gritó el consejero, emprendiendo una carrera hasta darle alcance—. Han estado llegando mensajeros procedentes de Brevodia estos días. Parece que… están sufriendo un ataque Hiniur como nunca antes.

—Entonces… son ciertos los rumores.

—Mucho me temo que lo son, majestad —respondió Timpa entre jadeos—. El rey Yskar solicita ayuda urgente. Sus guerreros están cada vez más fatigados y las oleadas de Hiniur no paran de crecer.

Álvar vaciló unos instantes, sopesando sus opciones.

—No puedo ir a Brevodia ahora Timpa. Tengo que volver al norte cuanto antes.

El consejero lo miró confundido.

¿Qué requería tanta urgencia? ¿Qué podría ser más importante que ayudar a sus fieles aliados en Brevodia cuando más los necesitaban? ¿Qué le estaba ocultando?

—Enviaré a un comandante en mi lugar —prosiguió Álvar—. Y me uniré a él tan pronto como acabe en Lenov.

—¿Cuándo tiene previsto partir, majestad?

Álvar guardó silencio por un momento.

—Hoy mismo.

Timpa frunció el ceño. Conocía a Álvar desde que este ocupó el trono de Capital. Lo había acompañado a todas partes desde entonces; allá donde él iba, Timpa iba detrás. Es por ello que sabía muy bien que aquella actitud distante solo podía significar una cosa: algo no iba bien.

—También necesito que me prepares hojas de Éfir.

Timpa se detuvo por un momento.

—¿¡Éfir!?

Álvar asintió.

—Disculpe mi atrevimiento, majestad, pero quisiera recordarle que la reserva de Éfir es escasa y que, como bien sabe, la guardamos para casos excepcionales de afluencia Hiniur, para cuando nuestras defensas se vean desbordadas por su ofensiva. El reino de Brevodia está bajo ataque y quizás…

—Me llevaré al norte todo el Éfir posible —interrumpió el rey, tajante.

El ceño de Timpa se frunció aún más.

—¿A Lenov? —preguntó, incrédulo—. Creía que allí contaban con el implacable Capitán Ramis al frente y tendrían las hordas de Hiniur bajo control.

Álvar se detuvo súbitamente y, por primera vez desde que había desembarcado, lo miró directamente a los ojos.

—Timpa, este enemigo nos supera a todos. Si no lo detengo ahora con todo lo que tenemos, el mundo tal y como lo conocemos dejará de existir.

Permanecieron varios segundos mirándose en silencio, asimilando el peso de lo que Álvar acababa de decir.

El rey suspiró.

—Lamento esta repentina urgencia, Timpa. Pero no tengo tiempo para convocar a los comandantes ni explicar mis intenciones.

Timpa no hizo más preguntas. Sus sospechas parecían ser ciertas y aquello era un asunto más grave de lo que había intuido. Asintió en silencio y, sin mediar más palabras, rey y consejero caminaron hasta la gran puerta negra que daba acceso al reino de Capital.

Ambos hombres avanzaron por el pedregoso sendero principal que atravesaba el corazón del reino.

El bullicio de la ajetreada actividad que solía tener Capital los acompañó durante todo su trayecto mientras iban sobrepasando los diferentes edificios que salpicaban el reino: los cuarteles de los comandantes capitenses, todo tipo de puestos mercantes, los hogares de sus habitantes y un gran templo en honor a Gheva.

—¡Que bueno verle de vuelta, majestad! —saludó uno de los ciudadanos cuando Álvar pasó a su lado.

—Le echábamos en falta —dijo otro—. Capital no es lo mismo sin vos.

La imponente cordillera que abrazaba el reino se alzaba majestuosa en la distancia, tan alta que sus picos sobresalían por encima de la muralla.

Aquellas no eran simples montañas, como parecían a simple vista.

En su interior albergaban minerales que no se encontraban en ninguna otra parte del mundo.

El más valioso de todos, sin duda, era el jaspe negro.

Los capitenses no solo lo utilizaban en la construcción de sus fortificaciones y edificios, sino también en la fabricación de sus armaduras, algo que las dotaba de una formidable resistencia y les confería ese tono oscuro que tanto las caracterizaba.

La puerta principal de Capital era una de las grandes maravillas arquitectónicas, no solo del reino, sino del mundo.

Su altura y peso había exigido el diseño de un complejo sistema de poleas y cadenas que permitiese elevarla.

Tal era su magnificencia que podía rivalizar incluso con la del castillo donde residía el rey y al cual llegaron Timpa y Álvar con la misma urgencia que los había acompañado desde que este había desembarcado.

La decoración dentro del castillo, como en todo edificio del reino, era un reflejo de la dualidad entre la oscuridad de Yavan y la luz de Gheva.

La opacidad del jaspe negro se combinaba a la perfección con los detalles plateados que lo embellecían, creando un contraste que hacían alusión a ambos entes divinos.

Una hilera de macizos pilares se extendía a lo largo de la estancia principal.

Las paredes, resaltadas por un recubrimiento de plata, presentaban delicados trazos tallados en la misma piedra.

Sobre sus cabezas, adornando la bóveda del castillo, pendía un bosque de lámparas en forma de araña sujetas por cadenas negras que iluminaban la sala de un extremo a otro.

Tanto Timpa como el rey se escabulleron a través de los pasillos de la fortaleza hasta llegar a la puerta del almacén donde con tanto tesón guardaban el Éfir.

La robusta puerta que custodiaba la habitación no tenía pomo, pues ese era el mecanismo que los capitenses habían desarrollado para alejar a todo curioso que pretendiese entrar sin autorización.

—Permítame majestad, debe estar agotado del viaje —dijo Timpa mientras extendía la mano.

Un tenue haz de luz recorrió su extremidad. La apoyó sobre la puerta y esta, de pronto, se abrió revelando lo que aguardaba en su interior.

La sala era estrecha, apenas suficiente para albergar a tres personas.

Dos armarios empotrados se erguían en las paredes que, como la puerta, no tenían pomo ni manera de abrirse manualmente.

Timpa avanzó hacia uno de ellos, colocó su mano en la superficie amaderada y, nuevamente, un haz de luz recorrió su palma.

El armario se abrió sin esfuerzo, revelando un jardín de flores del que emanaba un tenue fulgor rojizo.

—Aquí esta toda la reserva de Éfir de la que disponemos, alteza.

—Será suficiente —concluyó Álvar—. Me llevaré todo lo que tengamos.

Los ojos de Timpa se abrieron hasta el límite.

—¿¡Todo!? ¿Toda la reserva?

—Toda.

Timpa aún no comprendía nada, pero su fe ciega en el rey bastó para que asintiera y obedeciera su petición.

—Mientras lo preparas —prosiguió Álvar al alcanzar el umbral de la puerta—, hablaré con los comandantes que partirán hacia Brevodia para prestar apoyo allí. No me demoraré.

Tras abandonar la habitación, Álvar se dirigió hacia los intrincados pasillos que conducían a la planta inferior.

Sin reparar en nada más, siguió su camino hasta alcanzar una de las amplias terrazas que adornaban el patio interior del castillo.

Allí encontró a Samil y Jedena, comandantes de los escuadrones Nueve y Diez respectivamente, observando desde la comodidad del saliente el arduo entrenamiento de los soldados.

Si algo definía a Capital era su formidable poder militar.

El ejército capitense se estructuraba en catorce escuadrones, cada uno integrado por una veintena de hombres y mujeres.

A su vez, cada escuadrón estaba bajo el mando de un comandante que, entre sus muchas cualidades, sobresalía por una en particular: haber sido bendecido por Gheva.

Pocos eran los que habían podido presenciar una de estas Bendiciones de primera mano.

Era cierto que eran habilidades extraordinarias, muy por encima de cualquier capacidad humana, sin embargo, hacer uso de ellas acarreaba un alto coste.

Por ese motivo eran tan difíciles de contemplar en persona, pues los comandantes solo recurrían a ellas tras haber agotado cualquier otra opción.

—¡Pero, ¿qué ven mis ojos!? —exclamó el comandante Samil al acercarse a Álvar, abandonando la comodidad de la pared marmoleada en la que se apoyaba—. ¡Nada menos que el grandioso y formidable rey de estas tierras!