9. Éfir
Azhna se abrió paso bruscamente entre los presentes. Le siguieron Ramis y Tayim, quienes acudieron raudos hacia ella. Cincela estaba paralizada, al borde de desfallecer, pero aun así logró percibir algunas voces a su alrededor.
—Hay que sacarla de aquí.
¿Abuelo?
—¡Ayudadme a levantarla!
¿Padre?
El coro, los gritos, la gente... todo iba apagándose cada vez más rápido.
¿Me estoy muriendo?
Ramis se apresuró a levantar el cuerpo de su hija del suelo y la sostuvo entre sus brazos.
—Seguidme —dijo la voz de Grifford—. La llevaremos a su habitación.
—Iré con vosotros —intervino un desesperado Azhna—. Álvar, majestad, le rogaría que vinieseis vos también, pues vuestros conocimientos en medicina son incluso más amplios que los míos.
Álvar asintió de inmediato.
Los cuatro hombres corrieron por el largo pasillo de la capilla, atravesaron la sala del trono, y tomaron el angosto corredor de antorchas hasta alcanzar el dormitorio de Cincela.
Ramis tendió a su hija delicadamente en la cama. Álvar y Azhna se acercaron a ella y examinaron su pulso y sus constantes vitales.
—¿Es grave, padre? —preguntó el Capitán con un deje de preocupación en su tono—. ¿Se pondrá bien?
—Lo desconozco, pero no saquemos conclusiones todavía —concluyó Azhna, inspeccionando el rostro de Cincela—. Necesito que abandonéis la habitación… todos salvo el rey Álvar.
Sin plantearse lo contrario, Grifford, Tayim y Ramis abandonaron la estancia. El Capitán echó una última mirada de angustia antes de cerrar la puerta.
Que la luz de Gheva te ilumine, hija mía.
—Prepararé un calmante con ginseng y hojas de diente de león —dijo Azhna mientras rebuscaba en varias bolsitas de cuero que sacó de entre sus ropajes—. El dolor parece ser estomacal, esto la aliviará.
Rápidamente, el lenovense sacó su mortero y comenzó a triturar las hojas en su interior.
Álvar apoyó su mano sobre el estómago de la joven, permitiendo que un haz de luz recorriera su mano.
No era la primera vez que Azhna veía en persona las famosas artes mágicas del reino Capital, pero siempre lograban asombrarlo.
—Esto es más grave de lo que nos imaginamos —aseguró el rey, sin dejar de examinar el cuerpo—. Percibo algo en esta joven que no me gusta nada.
Azhna detuvo su actividad ante tan severa declaración. Álvar necesitaría emplear su don (o Bendición, como comúnmente se le denominaba) en su totalidad si quería disipar sus dudas. Aunque ello… pudiese delatarlo.
Miró a Cincela y luego dirigió la vista hacia el antiguo Capitán, que no podía sino contemplar la escena lleno de preocupación.
Suspiró.
—De lo que vas a ver hoy aquí —prosiguió el rey—, no debes decir ni una sola palabra a nadie.
Azhna asintió en silencio. El haz de luz que envolvía la mano de Álvar pronto le recorrió todo el cuerpo.
Su nívea melena blanca creció de súbito, volviéndose más voluminosa.
Desde su posición, el lenovense también pudo observar como una zarpa felina de pelaje albino se abría paso hasta apoyarse sobre el estómago de su nieta.
No quiso preguntar ni entorpecer aquella especie de ritual.
Tenía plena fe en Álvar y en su dominio de la magia que ellos, los capitenses, empleaban.
El haz de luz fue menguando y el rey fue recobrando su forma habitual poco a poco.
—Lo que me temía —concluyó Álvar finalmente.
—¿Qué ocurre, majestad? ¿Qué le pasa a mi nieta?
—Se recuperará.
Azhna emitió un suspiro de alivio.
—Pero no es eso lo que me preocupa —prosiguió el rey, quien seguía examinando el cuerpo de Cincela como si no quisiera creerse aquello que había percibido—. Debo volver a Capital, allí guardo hojas de Éfir. Debo suministrárselas cuanto antes.
Azhna frunció el ceño.
—¿Hojas de Éfir?
Álvar asintió.
—No... no puede ser, majestad. No con Cincela, no ahora. Arruinaría su vida y el futuro del reino.
—Haré todo lo que este de mi mano —aseguró Álvar, incorporándose—, pero debo apresurarme.
Las palabras del rey desgarraron el corazón de Azhna.
¿Cómo se lo iba a tomar Cincela? ¿Qué pensará el rey Grifford cuando se entere? ¿Ordenará su exilio?… ¿Su ejecución?
—Majestad, me gustaría que esto quedara entre vos y yo. Si la gente del reino se enterase... no sé qué será de ella.
—Estamos en paz, Azhna. Cuida tú también de no decir nada de lo que has presenciado hoy aquí. Suminístrale el tranquilizante de hierbas diariamente hasta mi llegada con el Éfir. Yo trataré de volver con la mayor premura posible.
El Capitán Ramis daba vueltas ansiosamente en el pasillo de antorchas.
Grifford estaba sentado en el banco de madera frente a la puerta de la alcoba, con la mirada perdida entre las vetas del mármol del suelo.
A su lado, Tayim permanecía con los brazos cruzados; suspiró mirando al techo, aguardando el veredicto de Azhna y Álvar, que aún seguían en el interior.
Todos dieron un respingo cuando la puerta del dormitorio, de pronto, se abrió.
—¿Y bien? —preguntó Grifford, incorporándose de un salto—. ¿Cómo se encuentra la chica?
—Se recuperará —aseguró Álvar—, tan solo necesita unos días de reposo.
Ramis, insatisfecho con la escueta respuesta, se acercó al capitense.
—¿Qué tiene mi hija exactamente, majestad?
—Nada de lo que preocuparse, hijo —intervino Azhna desde la retaguardia, tomando la palabra—. Un dolor estomacal provocado por algún alimento en mal estado o alguna reacción alérgica. En unos días estará como nueva.
—Eso es —prosiguió Álvar, dando peso a las palabras del anciano—. Pero ahora necesita descansar, y nosotros no hacemos más que perturbar su sueño con este alboroto.
—Por lo pronto, daremos por concluida la ceremonia —intervino Grifford, atrayendo la atención de todos—.
El pacto ha sido sellado, pero el banquete y la festividad deberán esperar, al menos hasta que Cincela se recupere.
—Se volvió hacia el capitense—. Lamento este desenlace, Álvar.
Si lo deseas, puedo prepararte una alcoba donde poder quedarte aquí unos días más.
—Debo volver a Capital —apuntilló el rey de armadura negra—. Hay otros asuntos que requieren de mi atención allí, pero regresaré tan pronto como los haya solucionado.
—No es molestia, tan solo necesitamos…
—Insisto, Grifford —interrumpió Álvar con contundencia—. Agradezco tu hospitalidad, pero es necesario que parta cuanto antes.
Grifford suspiró, ahogando así su resignación.
—Está bien, al menos permite que te acompañe hasta el puerto —dijo, girándose hacia Ramis y buscándole con la mirada, como pidiéndole que él también lo acompañara—. ¿Capitán?
Ramis se tomó unos segundos antes de responder. Dejar a su hija en aquel estado era una idea que no le agradaba. Fue Azhna quien, al percibir el compromiso que su hijo parecía estar enfrentando, intervino para aliviar su carga.
—Ve, hijo. Yo me quedaré con ella.
Un abrazo entre ambos bastó como agradecimiento antes de que Ramis abandonara el pasillo y retomara la marcha para alcanzar a los monarcas, que ya habían emprendido el camino de regreso al puerto.
Cuídala, padre.
El barco de jaspe negro ya estaba dispuesto en el muelle cuando llegaron.
Los marineros capitenses que habían acompañado a Álvar accedieron al navío cargando con los suministros que el reino de Lenov les había obsequiado para su regreso a casa.
—Espero verte pronto por aquí, Álvar —dijo Grifford estrechando la mano con el capitense a modo de despedida—. Tenía preparado el mayor banquete que hayas podido disfrutar jamás. Una pena.
—Volveré pronto, Grifford —aseguró el capitense devolviéndole el apretón de manos—. Antes de que te des cuenta. Y entonces podremos festejar el acto como se debe.
—Gracias por vuestra intervención, majestad —intervino Ramis—. Estoy en deuda con vos.
—Tan solo cumplo con mi deber, Capitán —aseguró el rey de armadura azabache—. Aseguraos de cuidarla ahora.
—Descuida, Álvar —dijo Grifford—. Así lo haremos.
El capitense asintió y ascendió por el puente levadizo que habían dispuesto para acceder al barco. Las velas se desplegaron, los estandartes con el emblema de Capital ondularon y el navío comenzó a surcar las aguas de Umbramar hasta perderse en el horizonte marítimo.
—Volvamos con el resto, Capitán.