8. Unión
Las estruendosas voces del coro resonaron por toda la capilla a su entrada, haciendo temblar incluso las paredes de la misma. A medida que la puerta se abría, Cincela tuvo que entrecerrar los ojos para protegerse del resplandor dorado que emanaba de aquel lugar.
Un océano de pequeñas estatuas revestía los arcos que abovedaban la estancia, convergiendo todos en el fondo, donde se alzaba el altar.
Justo detrás, una enorme escultura del rostro de Gheva se erguía imponente, flanqueada por coloridas vidrieras que teñían de luz el pasillo que conducía hasta ella.
Miembros del consejo, parientes y amigos de la familia real ocupaban los bancos de roble situados a ambos lados de la sala. Todos los presentes se pusieron en pie cuando los miembros de la realeza accedieron al interior.
Los clérigos que encabezaban la marcha se bifurcaron a través de los laterales de la sala.
Azhna y Dina se sentaron en los bancos, entremezclándose con la gente importante que allí se encontraba.
El rey Grifford, Regina y Ramis continuaron avanzando hacia el altar, mientras los presentes se inclinaban a su paso en señal de respeto.
Detrás de ellos caminaban Tayim y Cincela.
A medida que se acercaba al altar, Cincela se percató de la presencia de un hombre que se sentaba sobre uno de los tres ostentosos sillones que se habían dispuesto sobre él.
Destacaba por su ornamentada armadura negra y una gran hacha de doble filo cuyas hojas de hierro estaban apoyadas en el suelo a sus pies.
Su brazo derecho descansaba sobre la empuñadura del arma, dejando al descubierto su musculoso antebrazo y una melena blanca que descendía hasta rozar su pecho.
Al llegar al final del pasillo, Grifford, Regina y Ramis ascendieron por las tres escalinatas hacia el altar, tomando sus lugares correspondientes tras la silueta del hombre de negro.
Los monarcas lenovenses se situaron de pie junto al trono de la izquierda, sin llegar a sentarse.
Ramis, en cambio, se colocó detrás del asiento de la derecha.
El hombre del centro permaneció sentado y, en silencio, no dejó de observar a Cincela y Tayim mientras se aproximaban.
No fue hasta que aquel hombre se incorporó, ayudándose de su hacha, que Cincela advirtió su imponente silueta.
Sin duda, era el más alto y corpulento de todos, incluso más que su padre.
Su cabello canoso acariciaba sus hombros y sus pobladas cejas blancas le conferían una mirada penetrante que Cincela apenas podía sostener.
Una gruesa cadena de oro pendía de su cuello, sujetando la larga capa negra que oscilaba tras él.
De pronto, el coro calló y reinó el silencio. El hombre de armadura negra, sin mediar palabra, se aproximó al borde del altar, barriendo con su mirada a los allí presentes.
—¡Ciudadanos de Lenov! —el tronío de su voz envolvió la sala—.
Hoy comienza un antes y un después en la historia de este glorioso reino.
Y yo, Álvar, rey de Capital, he sido invitado como testigo ceremonial para oficializar tan importante evento.
No quería comenzar sin antes agradecer el noble gesto que el pueblo de Lenov ha tenido conmigo.
Cincela miró a su alrededor, esperando alguna señal que le indicara qué debía hacer, pues el protocolo seguía siendo un completo misterio para ella. Aquella incertidumbre la angustiaba y le provocaba unos dolores punzantes en el pecho que, por momentos, parecían cortarle la respiración.
Tayim rompió aquella tensión y subió el primer peldaño hacia el altar. El coro volvió a entonar la melodía del reino a medida que el joven ascendía por las escalinatas marmoladas y se situaba frente al rey Álvar.
—Tayim, hijo del rey Grifford y la reina Regina, y futuro monarca del reino de Lenov —proclamó Álvar, sin apartar la mirada del joven—.
Hoy darás un paso importante en tu camino para convertirte en el rey de estas tierras.
Realizarás el pacto matrimonial ante los ojos de Gheva, pacto por el cual sellarás con tu propia sangre tu unión con la joven Cincela.
Tayim inclinó ligeramente la cabeza para recibir la bendición de Álvar. Su semblante intentaba proyectar la imagen de un príncipe seguro de sí mismo, pero Cincela, desde su posición, percibió el leve temblor en sus manos que lo delataba.
—¿Juras, con Gheva como testigo, serle fiel a la corona? ¿Juras no actuar con maldad y proteger el reino de Lenov? ¿Juras desempeñar tu cargo con honor y justicia, aunque ello suponga sacrificar tu propia vida?
La sala quedó en silencio durante unos instantes.
—Sí, juro.
Fue entonces cuando Álvar dio la espalda al público y se dirigió hacia la mesa dorada que se extendía tras el altar.
Allí tomó un libro y un puñal que descansaba sobre un pequeño cojín rojo.
El rey de armadura negra entregó el puñal al joven y sostuvo el libro frente a él, abierto por una de sus páginas.
—Que tus palabras, pues, sean tan duraderas como la tinta que verterás en este libro.
Tayim empuñó el arma y apoyó el filo sobre la palma de su mano contraria.
Con un movimiento seco, se asestó un leve corte en ella del que emanó un fino hilo de sangre.
Arrugó su semblante tratando de contener el dolor y apoyó la palma sobre el libro, dejando que la sangre de la herida se mezclara con la tinta.
—Así sea pues.
Álvar devolvió el libro al altar y lo sustituyó por un pañuelo y un cuenco con agua que reposaban sobre la mesa. Se los entregó a Tayim, quien los utilizó para limpiarse la mano hasta que el sangrado cesó, y volver entonces a descender las escalinatas para ocupar su lugar.
El coro comenzó a entonar la sinfonía real y Cincela dedujo que era ahora su turno.
Como Tayim antes que ella, subió por las escaleras hasta situarse frente al rey Álvar.
Una vez arriba se giró por un instante, buscando con los ojos a su padre, pero Ramis no le devolvió la mirada.
Abandonada a su suerte, la joven volvió a enfrentar la imponente silueta del capitense.
El cántico del coro cesó.
—Cincela, hija del Capitán Ramis y su difunta esposa Amali —empezó a recitar Álvar—. Hoy empieza tu nueva vida como futura princesa de Lenov.
El dolor punzante en su estómago pareció pronunciarse un poco más. A medida que el rey Álvar continuaba con su discurso, un escalofrío recorrió su espalda, seguido por unos apabullantes sofocos que comenzó a sufrir de forma intermitente.
Ojalá acabe esto pronto.
—Hoy, ante los ojos de Gheva, recibirás la bendición de la monarquía lenovense y serás aceptada como futura heredera de este próspero reino. ¿Juras, pues, ser fiel a la corona? ¿Juras actuar siempre con buena fe y proteger el reino de Lenov, aun cuando ello suponga sacrificar tu vida?
Se hizo el silencio en la sala.
Miles de ojos se posaron sobre Cincela.
Una sensación de mareo la invadió por un instante, pero logró contenerlo.
—Sí, juro.
Una leve oscuridad enmarcó a los allí presentes. Cincela agitó su cabeza disimuladamente, tratando de recuperar la vista, pero fue inútil. Cada vez los sofocos y los sudores fríos la acechaban con más intensidad.
—Que tus palabras sean tan duraderas como la tinta que verterás en este libro.
Álvar entregó el puñal a la joven y sostuvo ante ella el libro ya manchado de sangre.
Aunque la vista se le nublaba por momentos, Cincela alcanzó a distinguir Rukya imb govorik brillando en letras doradas sobre la insípida portada grisácea.
Sin pensárselo demasiado, llevó el filo a su palma y, tras tomar aire, se provocó un leve corte antes de apoyar la mano sobre la página ajada del libro.
Un hilo de sangre comenzó a impregnar la tinta.
La habitación pareció oscurecerse.
Parpadeó, tratando de mantenerse despierta.
El dolor punzante se intensificó.
Los invitados, agitados, se levantaron de sus asientos para comprobar qué era aquello que mantenía a la joven princesa inmóvil.
¿Va todo bien, Cincela?
Las voces sonaban cada vez más lejanas. Más difusas. Alzó la vista tratando de volver en sí, pero solo vio la imponente estatua de Gheva mirándola desde lo alto de la capilla.
La quietud se rompió de pronto cuando Cincela, ya inconsciente, cayó escaleras abajo.
—¡CINCELA!