El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 7. Príncipe #2
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7. Príncipe #2

—¿Falsa? —repitió Cincela con asombro.

—O, mejor dicho, no sabemos si es completamente cierta.

El Rukya es muy extenso, y durante todos estos años la humanidad solo ha podido traducir una de sus páginas.

No podemos sacar conclusiones tan a la ligera, nos falta contexto.

Además, no hay que ser muy inteligente para deducirlo.

¿Cómo la mayor creación de la Diosa podría tener un final tan drástico como ese?

Gheva no lo permitiría, es de sentido común.

—Visto así...

—Yo… quisiera que llegara el día en que pudiese entender Celestial —prosiguió Verso con entusiasmo—. Hasta el punto de ser capaz de traducir el libro y ser yo quien pueda darle una explicación sensata al fragmento que afirma nuestra extinción.

Cincela sonrió levemente.

—Parece un sueño ambicioso, pero mi abuelo siempre dice que son esas metas y sueños inalcanzables los que otorgan sentido a nuestra vida.

Verso asintió.

—Y lleva razón. Al menos para mí, ese es el sentido de mi vida ahora mismo. Aparte de ser tu consejero personal, claro.

Cincela deseó seguir aprendiendo sobre aquel idioma. Ahora que conocía su existencia, muchas dudas habían despertado en ella y anhelaba resolverlas. Pero sabía que ese no era el momento para más preguntas. Tenía otro cometido aquel día, uno que requería toda su atención.

—Creo que… debería ir cambiándome.

—Sí, perdona —Verso se dirigió a la puerta de la habitación—. Te estaré esperando fuera. Si necesitas cualquier cosa, tan solo llámame.

Cincela asintió mientras el clérigo abandonaba la alcoba para darle la intimidad que demandaba.

Para su sorpresa, el vestido oficial resultó ser de su talla. Era de un blanco perla, con brazales dorados bordados en las mangas que combinaban a la perfección con su cabello áureo, el cual caía suavemente sobre sus hombros.

Tras vestirse, Cincela se acercó al pequeño espejo que había cerca de la puerta del dormitorio.

A diferencia de las cómodas bermudas de lana y las anchas camisas de tela que solía vestir, aquella prenda le daba un aire de elegancia que no le desagradaba del todo.

Se acomodó el cabello frente al espejo y se retiró las manchas de tierra que aún ensuciaban a sus mejillas.

Era extraño, pero se gustaba. Por una vez en mucho tiempo se veía… guapa. Atractiva. Parecía una princesa de verdad, de aquellas que solían aparecer en las historias del abuelo. Tras un último retoque frente al espejo, Cincela abandonó el dormitorio encontrándose con el joven clérigo a su salida.

—Todo listo, Verso.

El aprendiz, atónito, no pudo gesticular palabra, abrumado por la belleza de la futura princesa. Parecía otra persona muy distinta a la que había dejado vistiéndose en el dormitorio. Más formal, más elegante, más… regia.

—Sí, de acuerdo. Está bien. Tienes razón. Pienso igual que tú. Así que… sí, sígueme. Por aquí —balbuceó el clérigo con un semblante tan rojo como las llamas de las antorchas que los rodeaban.

Cincela frunció el ceño y caminó tras él.

Tras atravesar el tortuoso pasillo, Cincela y Verso llegaron a la imponente sala del trono.

Allí se encontraban los familiares de la joven y los miembros de la corona que conversaban entre murmuros.

Todos los allí presentes tuvieron una reacción muy similar a la de Verso cuando Cincela entró en la estancia.

Todas las miradas se volcaron en ella al verla entrar con el vestido blanco perla que lucía.

La joven, ignorando la atención que despertaba, siguió caminando hasta situarse junto a Azhna, que se encontraba ligeramente apartado del grupo.

El anciano la recibió con una sonrisa y un cariñoso beso en la frente.

—Estas preciosa, pequeña.

—Estos vestidos no están tan mal como pensaba —murmuró Cincela—. Pero sigo prefiriendo mis viejos trapos.

Azhna volvió su mirada al grupo, comprobando que seguían sumidos en sus conversaciones y no alcanzaban a escucharlos.

—En cuanto acabemos el acto —dijo—, te prometo que volveremos a casa a por tu ropa y, quien sabe… quizás nos dé tiempo a asestar un par de espadazos antes de que te instales aquí.

Cincela suspiró.

—Eso espero.

Un grupo de clérigos hizo su entrada en la sala del trono de pronto. Vestían largas túnicas blancas con bordados dorados adornando la tela. Una larga caperuza cubría gran parte de su rostro, oscureciendo sus ojos y dejando solo su boca al descubierto.

—Bien, ¿todos listos? —preguntó Grifford, llamando la atención de los presentes—. Dirijámonos a la capilla, allí es donde tendrá lugar el acto.

Los clérigos iniciaron la marcha. Entre ellos, Cincela identificó a Verso en la retaguardia, que se había unido al grupo cuando pasaron a su lado. Quien encabezaba la marcha portaba un botafumeiro del que emanaba un intenso aroma especiado que, rápidamente, inundó la sala.

Tras ellos se unió Grifford, acompañado de Ramis y, justo detrás, caminaron Dina y Azhna junto a la reina. Cincela se situó al lado del príncipe Tayim, a pocos pasos por detrás de sus abuelos.

Avanzaron en un silencio tan solo interrumpido por los cánticos de los clérigos en un lenguaje extraño.

¿Sería ese el idioma aquel raro…?

Cincela dio un respingo cuando, de pronto, sintió la mano de Tayim tomar la suya.

—Tranquila, estás muy nerviosa. Todo va a salir bien —dijo él con una sonrisa.

Cincela no supo qué responder.

—Entiendo cómo te sientes —prosiguió el príncipe Tayim al no recibir respuesta —. Un cambio de vida tan radical tiene que ser difícil de sobrellevar al principio, ¿verdad?

Cincela se giró hacia él bruscamente con el ceño fruncido.

—Y más en tan poco tiempo —continuó—. Mi padre y sus cosas… Nunca cambiará.

—No te preocupes, está bien. Tu padre es sabio, sabe lo que hace.

—¿Eso crees? Tu cara dice lo contrario —indicó Tayim con una pequeña sonrisa—. No te preocupes, no es necesario que disimules conmigo. Yo tampoco estoy muy de acuerdo con todo esto.

La frente de Cincela se arrugó todavía más.

—¿Cómo qué no? ¿No quieres casarte?

—No ahora, al menos —respondió Tayim casi de inmediato—.

Pero mi padre siente esa urgencia de asegurar el futuro del reino por si algo sucede.

Con el aumento de Hiniur, teme por el destino de Lenov.

Pero yo creo que lo que le pasa es que se siente mayor, y cree que en cualquier momento no gozará de esa vitalidad para gobernar.

Mi padre siempre ha tenido problemas con aceptar su edad.

Cincela gesticuló media sonrisa.

—Creo que sabremos sobrellevar la situación —concluyó el príncipe.

En efecto, estaba equivocada. Tayim no era como su padre.

—No sabes cuanto te lo agradezco —susurró Cincela—. La verdad es que todo esto de la vida en palacio me viene un poco grande.

—No te preocupes, será nuestro pequeño secreto.

Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de Cincela y Tayim le respondió con una sonrisa igualmente cálida.

—Además, me han dicho que eres muy diestra con la espada.

Un color rojizo inundó el rostro de Cincela.

—No, en absoluto —mintió, tratando de comportarse como la futura princesa que esperaban que fuera—. Una noble dama no sabe de armas ni guerras.

—Qué pena… —se quejó Tayim, irónico—. Porque tengo ocultas en el castillo unas espadas de entrenamiento, y creía poder usarlas por fin con alguien que supiese manejarlas.

Cincela clavó su mirada en Tayim, y este se la devolvió.

—¿Ves? Tu cara te vuelve a delatar.

—¿De verdad entrenarías conmigo? —preguntó Cincela, esta vez tomando ella la mano de Tayim para asegurarse de que la escuchaba.

—Por supuesto, estoy harto de los sacos, necesito un desafío de verdad.

—¡Eso está hecho! Pero no te creas que te lo voy a poner fácil por ser el hijo del rey.

Tayim sonrió.

—Espero que no lo hagas.