El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 7. Príncipe
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7. Príncipe

El tañido de las campanas parecía sonar con más contundencia cuanto más se acercaban al castillo. Las graves voces varoniles pertenecientes al coro acompañaron a los tres lenovenses hasta llegar al corazón del reino.

La plaza central estaba abarrotada de gente. Los habitantes de Lenov allí aglomerados dejaron paso a los integrantes de la familia del Capitán a su llegada, creando un pasillo humano que conducía al rey Grifford, Ramis, la reina Regina y el príncipe Tayim.

Todo el mundo observó expectante a los recién llegados, aplaudiendo a medida que se acercaban. Algunos incluso se reverenciaron ante su futura reina: Cincela.

—Bienvenidos seáis —dijo Regina acercándose a los recién llegados.

—Gracias por tan acogedor recibimiento, majestades —respondió Azhna, inclinando su cabeza ante ellos.

—Me alegro de volverte a ver, Azhna. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez —intervino Grifford—. Y lo mismo va por ti, Dina.

La anciana sonrió en agradecimiento. Ramis permaneció en silencio, situado junto a los reyes con los brazos cruzados delante de él, luciendo su armadura blanca y dorada, muy parecida a la que Azhna portaba.

El rey hizo un gesto imperioso con la mano a los guardias que custodiaban la puerta hacia el interior del castillo.

—Seguidme, no tenemos mucho tiempo hasta que empiece la ceremonia.

La fachada de la fortaleza era la obra más ambiciosa de toda la arquitectura lenovense. Las largas telas blancas que la adornaban descendían del tejado hasta casi besar el suelo. Las paredes de los muros estaban repletas de pequeños relieves de Vastali que sobresalían levemente de ella.

A Cincela siempre le habían fascinado aquellas esculturas que inundaban las calles del reino.

Según había leído, los Vastali fueron los primeros habitantes del mundo y quienes lucharon contra los Hiniur en la guerra de los Cien Años, mucho antes de que el mundo fuese mundo.

Los libros contaban que Lenov fue el lugar desde el cual Gheva y Yavan emprendieron su ascenso hacia las estrellas tras el conflicto, y por ello era considerado el reino con la devoción religiosa más ferviente.

Pero, sin duda, fueron las pequeñas estatuas que conformaban los arcos de la entrada del castillo, lo que más le llamó la atención. No sabía muy bien porqué, pero sentía una especie de cobijo y protección al contemplar sus inanimados semblantes de piedra.

—No deberíamos quedarnos atrás.

Una voz repentina la sacó de su ensimismamiento.

Fue entonces cuando Cincela se dio cuenta de que los demás ya habían empezado a caminar hacia el interior y que ella, embelesada por la arquitectura del lugar, se había quedado atrás.

El príncipe Tayim se había acercado para no dejarla sola, aún a pesar de la timidez que parecía enfrentar al intentar hablarle.

—Bienvenida a tu futura casa —prosiguió el príncipe, desviando su mirada—. Espero que estés cómoda y tu habitación sea de tu agrado.

Cincela sonrió con gratitud. No se había imaginado al heredero de la corona tan cortés, pues los rumores que corrían por el reino afirmaban que había heredado la sangre fría de su padre.

Aunque físicamente se lo había imaginado más alto y no tan enclenque, el uniforme que lucía le otorgaba un aire de seguridad y madurez que a Cincela le resultaron atractivos.

—Estoy segura de que sí.

Al llegar a la puerta principal del castillo, dos soldados la abrieron con un estruendoso chirrido. La alfombra roja que se extendía hacia el interior desembocaba en el trono, que se hallaba vacío en ese momento.

—Pensé que también estaría aquí el rey de Capital —puntualizó Azhna una vez dentro.

—Álvar se encuentra en una de las habitaciones ultimando preparativos para el gran acto —aclaró Regina—. Y eso me recuerda algo… ¡Verso!

Un muchacho apareció desde uno de los costados oscurecidos de la estancia.

A pesar de su torpe andar y su semblante de niño, el chico tendría la edad de Cincela.

De brazos largos y delgaduchos, lucía un corte de pelo que a la lenovense le resultó gracioso: el flequillo era tan recto que parecía haber sido cortado con un hacha.

—Acompaña a la futura princesa a su habitación y hazle entrega del vestido oficial que deberá portar —ordenó Regina con firmeza.

Con una reverencia, el chico delgado se acercó a Cincela.

—Por aquí, princesa.

Sin mediar más palabras, el joven caminó por delante de Cincela a través de una de las puertas situada en un lateral de la sala del trono. Ella le siguió.

A medida que avanzaban, el estrecho pasillo de piedra maciza, iluminado por antorchas, parecía desvanecerse a sus espaldas, sumiéndolos en una penumbra que solo se rompía al alcanzar la siguiente llama.

Finalmente, Verso se detuvo ante una de las puertas.

Tras accionar la llave, accedió al interior.

La habitación era más que majestuosa. La cama, que parecía haber sido diseñada para albergar a cuatro personas, estaba ubicada junto a una cristalera que permitía una vista panorámica de la plaza principal del reino.

Sobre la cama, unas telas aterciopeladas blancas que caían en cascada se movían al compás de la brisa marina que entraba por la ventana.

—El vestido oficial está sobre la cama —señaló el muchacho.

Cincela asintió sin quitar ojo de encima al joven que la acompañaba. Su forma de ser era muy dócil para tratarse de alguien curtido en la guerra y sus ropajes eran demasiado simples y viejos como para pertenecer a la realeza.

—No eres un soldado, ¿verdad?

El joven, que ya se disponía a abandonar la estancia, negó con la cabeza.

—¡Oh, no! Por favor, no—. Se rascó la nuca—. Tan solo soy Verso, un mero aprendiz clerical.

—Un… ¿qué?

—No has visitado mucho el castillo, ¿verdad? —dijo él, golpeándose el mentón con el índice.

—No mucho —aseguró Cincela con normalidad—. Vivo con mis abuelos y son ellos quienes me han estado enseñando todo.

Verso suspiró.

—Es decir, ¿vas a heredar la corona y no conoces los servicios de los que dispones? Bueno, no importa. La vida de princesa es muy aburrida. Tendrás muchos ratos muertos en los que poder pasearte libremente por el castillo y conocerlo.

Cincela arqueó una ceja.

—Yo lo que quiero es un sitio para entrenar. ¿Sabes de algún lugar con espadas y muñecos de heno?

Los ojos de Verso se abrieron en su totalidad.

—¿Entrenar? Las princesas no entrenan.

—Sí, entrenar —insistió ella sin titubear—. Supongo que en un castillo tan grande como este habrá un espacio donde podamos asestar unas estocadas, ¿no?

Verso se encogió de hombros.

—Supongo que sí. Espera… ¿”Podamos” has dicho?

Cincela asintió.

—Esta es mi primera orden como princesa: entrenarás conmigo todos los días a partir de hoy. Todas las mañanas me conseguirás un par de espadas y practicarás conmigo.

Verso dejó escapar una risita, aunque más parecía nerviosa que divertida.

—Debo admitir que el arte de la guerra no es mi punto fuerte, precisamente. La única arma que he sostenido en mi vida es el abrecartas en forma de puñal que tengo en mi escritorio.

Cincela suspiró.

—¿Y entonces que hacéis vosotros los…?

—Aprendices a clérigo —acabó de decir Verso sin dar crédito al desconocimiento de la joven—.

Somos fieles a Gheva. Nos encargamos, entre otras cosas, de predicar su palabra y rendirle culto a diario.

Además, formamos el consejo real; asesoramos al rey en la toma de decisiones y también estudiamos Celestial.

Ahora que serás princesa, me han asignado como tu consejero personal.

Es mi deber enseñarte y asesorarte sobre la vida de la nobleza.

—¿Quién es Celestial? —preguntó una inocente Cincela.

Verso explotó en risas.

—¡No es ninguna persona! —exclamó entre carcajadas—.

Es el idioma más antiguo que existe. Dicen que fue utilizado por los dioses cuando aún habitaban el mundo.

Los textos más antiguos de los que se tiene conocimiento están escritos en Celestial, pero pocos lo entienden y, quienes lo entienden, lo hacen muy vagamente. Conoces la profecía, ¿verdad?

Cincela asintió.

—La profecía está recogida en un gran libro que se guarda aquí, en el reino —prosiguió el aprendiz—.

Es el gran tesoro de Lenov. Todo el libro está redactado en Celestial, y la orden clerical trabaja muy duro para avanzar en su traducción.

El fragmento que tú y yo conocemos es lo único que se ha podido traducir en todos estos años.

—¿Y tú lo entiendes? —preguntó Cincela con curiosidad—. ¿Sabes hablarlo?

—Conozco alguna palabra suelta, pero estoy muy lejos de poder siquiera entender una frase entera.

Había aún muchas cosas que le quedaban por aprender y experimentar.

Desde pequeña había mostrado un gran interés por los libros, sobre todo cuando su abuelo se los leía.

Pero debido a su estricta instrucción como futura Capitana, no había pasado mucho tiempo por el reino.

Había oído hablar de los consejeros, pero nada acerca de una orden clerical.

Aquel joven de flequillo rectilíneo le despertó una gran curiosidad por los manuscritos del pasado.

¿Qué historias narrarán aquellos libros tan antiguos?

—Rukya imb govorik — murmuró Verso de pronto.

Cincela frunció el ceño.

—¿Cómo?

—“ Si estos árboles hablasen ”—aclaró el clérigo—. Es el título del libro. Dicen que en sus páginas se narra la creación del mundo. También cuentan que fue escrito por la propia Gheva cuando aún habitaba entre los mortales, y que redactó el Rukya a modo de diario.

Cincela miró a Verso pensativa.

—Y tú que parece que lo sabes todo… ¿Sabes si entre sus páginas también se predice el futuro? Mi abuelo siempre me dice que la profecía narra como nuestra raza sucumbirá ante las fuerzas de los Hiniur y que nada podremos hacer para impedirlo, pues lo que está escrito no se puede cambiar.

—No todos se creen esa última parte de la profecía y la toman como una simple leyenda. Pero yo creo que el miedo a la muerte es lo que les impide aceptarla por completo.

—¿Tú la crees?

—Bueno… En la orden tenemos la creencia de que esa parte de la profecía es falsa.