El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 6. Herenca
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6. Herenca

Cincela abrió los ojos.

Los rayos de sol que se filtraban por los recovecos de la pared del granero la arrancaron de su sueño. Al voltearse, se percató de que con ella no había nadie más salvo Segadora , que parecía velar su descanso mientras dormía.

¿Dónde estará el abuelo?

Casi al instante, se levantó de entre el montón de heno para dirigirse al exterior.

Al sentir la húmeda hierba bajo sus pies, el mundo pareció cobrar vida a su alrededor.

El sol era más brillante que de costumbre y los pájaros cantaban despreocupados, entonando una agradable melodía mientras surcaban el cielo.

Y allí estaba él, sentado en el borde del acantilado, contemplando el horizonte pensativo mientras saboreaba su té.

Cincela se aproximó con sigilo, tratando de no interrumpir su paz.

—¿Llevas mucho tiempo despierto abuelo?

—No mucho —respondió Azhna, dando el último sorbo a su té.

Cincela se sentó a su lado y admiró como la belleza del amanecer teñía la superficie del mar de un tono ambarino.

—¿Has dormido bien? —quiso saber Azhna—. Hoy va a ser un día lleno de emociones.

—No tanto como me gustaría, pero estoy preparada.

Azhna apoyó en el suelo el pequeño cuenco del que bebía y se levantó.

—No hace mucho que ha amanecido, tenemos algo de tiempo. ¿Te apetece asestar unos estoques antes de comenzar a prepararnos para el evento?

Cincela manifestó su acuerdo con una amplia sonrisa y corrió ilusionada hacia el granero en busca de un par de espadas de madera con las que entrenar. Sabía que no había mejor forma de empezar el día que practicando con su abuelo, y más sabiendo que aquel podría ser el último entrenamiento juntos.

La joven sintió una repentina melancolía al cerciorarse de que su nueva vida como heredera de la corona le arrebataría momentos como aquel. Pero no se dejó vencer por el desánimo, utilizó ese pensamiento para canalizar el dolor y esgrimir su arma como nunca.

Cincela se dirigió nuevamente hacia su abuelo, cargando con un par de espadas de entrenamiento, una en cada mano.

Azhna tomó una de ellas y, tras contemplarla unos segundos, se acercó a su nieta.

Cincela se mantuvo en guardia, cruzando el filo de madera perpendicularmente, cubriendo toda la silueta posible.

Con una fluidez abrumadora, Azhna trazó círculos perfectos en el aire con el filo, manteniendo a Cincela expectante.

De pronto, con un movimiento casi imperceptible, el abuelo lanzó una estocada al corazón de la joven.

Pero antes de que pudiera impactar, la espada de su nieta se interpuso en medio, deteniendo el ataque en seco.

Sin darle tiempo de asimilar lo sucedido, Azhna arremetió de nuevo, pero, una vez más, su trayectoria se volvió a ver entorpecida por el filo de Cincela.

El anciano entonces se alejó. Los pájaros de alrededor emprendieron el vuelo.

El sol se alzaba cada vez más alto, como si él también quisiera contemplar el duelo.

Cincela jadeaba incesantemente mientras el sudor de su frente se deslizaba por sus mejillas.

Tras segundos que parecieron eternos, el antiguo Capitán emprendió una carrera hacia ella.

Cincela no se movió. El abuelo comenzó a saltar en zigzag mientras se aproximaba, haciendo más imprevisible su próximo golpe. Pero Cincela permaneció quieta.

Azhna finalmente optó por un tajo horizontal. Cincela se agachó rauda, esquivando así la estocada fatal, y se alzó del suelo apuntando el cuello de su atacante, deteniendo el filo de roble a escasos centímetros de su yugular.

El anciano soltó su espada al levantar las manos en rendición.

—Poco más le queda a este viejo que enseñarte —dijo Azhna sin perder su sonrisa—. Estoy muy orgulloso de ti, pequeña. Sin duda, Lenov va a perderse una gran guerrera entre sus filas.

Cincela sonrió con satisfacción mientras bajaba su espada.

—Vayamos adentro —propuso Azhna mientras besaba suavemente la frente de su nieta—. Es hora de prepararnos.

Las campanas del castillo repicaban con ímpetu, comunicando al reino la importancia del acto que allí hoy acontecería. Incluso sentada en el recibidor de la casa, Cincela pudo escuchar su estruendo.

El vestido oficial que debía portar en la ceremonia le sería entregado en el propio castillo. A pesar de ello, había elegido su mejor prenda: un largo vestido blanco que había heredado de su abuela Dina, con pomposas hombreras y detalles dorados en la zona del cuello.

No pasó mucho tiempo hasta que la abuela entró en la sala de estar con su antiguo vestido ceremonial, muy similar al que portaba la nieta, pero de un color celeste. Tras un cariñoso abrazo, abuela y nieta se sentaron a esperar a que Azhna acabase de enfundarse en su antigua armadura de Capitán.

—Qué bonita estás con mi viejo vestido —halagó Dina, con chiribitas en los ojos.

—¿Te gusta, abuela? —dijo Cincela, girándose para que su abuela pudiera contemplar la prenda desde todos los ángulos—. Creo que es mi talla.

—Estás preciosa. Ya verás qué caras ponen tu abuelo y tu padre cuando te vean con él.

Cincela miró a su alrededor con el ceño fruncido.

—A todo esto, abuela. ¿Dónde está padre?

—Se ha marchado esta mañana temprano al puerto junto con Grifford. Según dijo antes de irse, debía acudir pronto para presidir la llegada de Álvar al reino.

—¿No se suponía que iba a ir con él?

—Sí, pero… ha preferido ir solo.

Cincela seguía mirando a su abuela, como si esa respuesta no hubiese sido suficiente y esperase otra más convincente.

—Tu padre puede ser impulsivo, pero se calma rápido —prosiguió Dina—. A veces se enoja por cosas tontas y discute, pero luego se da cuenta de que no debía haber actuado así. A pesar de lo que dijo anoche, en el fondo sabe que todo esto no es de tu agrado y ha preferido no molestarte.

—¿Así que esto ha sido por lo de anoche? —preguntó Cincela—. Yo también actúe sin pensar quizás, no tenía que haber ido él solo al puerto.

Dina no respondió, tan solo se limitó a sonreír mientras observaba a su nieta. Cincela frunció el ceño ante su repentina reacción.

—¿Qué ocurre, abuela?

Dina volvió en sí.

—No, no es nada. Solo que nadie podría negar jamás lo mucho que os parecéis tu padre y tú.

El sonido metálico de los pasos del abuelo desde la escalera interrumpieron la conversación.

—¿Ya estamos todos listos? —preguntó Azhna.

Cincela alzó la mirada hacia las escaleras que descendían de los dormitorios, y allí pudo ver a su abuelo, ataviado con los colores del reino: una armadura de un blanco perla brillante con destellos dorados que cubría todo su cuerpo, incluso manos y pies.

Llamaba especialmente la atención el yelmo que sostenía entre las manos, del que caía una hilera de pelaje azul por uno de los costados.

A cada lado podían intuirse un par de alas doradas grabadas en la superficie.

Dina se acercó a su esposo con cierta premura.

—Cuidado, cuidado, no vayas a tropezar— advirtió Azhna al verla correr hacia él.

—Qué recuerdos me trae verte en tu vieja armadura —señaló ella. En su mirada se reflejaba el amor que sentía por él a pesar de los años—. Sigues teniendo el mismo porte que cuando te conocí.

Azhna se aproximó a Dina y, con una sonrisa de complicidad, le dio un tierno beso en los labios.

—Tú estás incluso más bella que entonces.

Cincela se acercó a sus abuelos, Azhna la miró con cariño.

—Y, por lo que veo, tu nieta ha heredado tu inconfundible silueta para lucir los vestidos. Hay que ver la suerte que ha tenido este tal Tayim contigo, pequeña.

Cincela y Dina rieron a coro, Azhna las acompañó con su carcajada.

—Creo que deberíamos dirigirnos al castillo —dijo Azhna una vez calmaron su risa. Miró a su nieta y le guiñó un ojo—. Ya sabéis… no es de buena educación hacer esperar a sus majestades.

Las carcajadas de Cincela y sus abuelos resonaron al unísono y, con la positividad que ella siempre sentía al estar a su lado, los tres se dispusieron a abandonar la casa y dirigirse al castillo.