El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 5. Lazos
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5. Lazos

Los maestros peluqueros de Lenov trabajaban con ímpetu los cabellos de Grifford, lavándolos exhaustivamente y peinándolos con sumo cuidado. Hoy recibirían al rey de Capital, la personalidad más importante de los cuatro reinos, y Grifford deseaba impresionarlo con su mejor presencia.

—¿Qué le parece, majestad? —preguntó uno de los maestros, acercándole un pequeño espejo de mano al rey.

Grifford observó la parte trasera de su cabeza y asintió, complacido.

—Un trabajo impecable, como siempre.

—Gracias, mi señor —dijo el peluquero retirándole el espejo y retocándole la puntas con unas pequeñas tijeras—. Con permiso.

—Y no te olvides del tinte —recordó el rey—. Las canas que me salen a ambos lados de la cabeza andan muy revoltosas últimamente y tampoco quiero que…

Tayim entró en la sala bruscamente.

—¡Padre!

Grifford dio un respingo, lo que provocó que el peluquero, de un tijeretazo, recortara uno de los mechones más de lo necesario. Visiblemente molesto, el rey miró a su hijo a través del reflejo del espejo y exhaló hondo, intentando mantener la calma.

—Hijo, ¿cuántas veces he de decirte que debes llamar antes de entrar?

—Discúlpame, padre, pero esta indecisión me está matando.

Es un día importante y quisiera ir acorde —dijo, sosteniendo dos trajes en sus manos—.

Había pensado en el uniforme militar negro, pero quizás Álvar, como es costumbre en Capital, ya vaya de ese color.

Y tampoco quisiera parecer un capitense en un día donde todas las miradas se fijarán en mí.

—Ya está listo, majestad —señaló el peluquero entre susurros, tratando de no interrumpir la conversación entre padre e hijo.

—Excelente trabajo, Greb —indicó Grifford mientras se acomodaba la melena con sus manos.

Greb manifestó su agradecimiento con una ligera reverencia.

—Hijo —el rey se levantó de la silla y se giró hacia Tayim—. Olvida esos trajes. Hoy irás con el uniforme de gala.

Tayim frunció el ceño.

—Pero si yo no…

Grifford interrumpió a su hijo dando un par de palmadas al aire.

—¡Simur!

A los pocos segundos, un miembro de la orden clerical lenovense entró en la sala. Como todos los de su gremio, Simur vestía una sedosa túnica blanca con bordados dorados que circundaban sus mangas y cuello. El pico de la larga caperuza que caía tras él se extendía a lo largo de toda su espalda.

—¿Mi señor? —preguntó el clérigo a su llegada, juntando ambas manos y uniendo las largas mangas de su túnica frente a él—. ¿Ha solicitado mi presencia?

—Ha llegado el momento, Simur. ¡Tráeme el uniforme de gala que ordené confeccionar para mi hijo!

—De inmediato, mi señor —respondió Simur antes de dar media vuelta y abandonar la sala.

—¡Ah! —dijo el rey, interrumpiendo la marcha del clérigo—. Y dile al servicio de vestuario que se presente cuanto antes, pues debo vestirme yo también. El rey Álvar no tardará en desembarcar y tiene que estar todo listo para entonces.

—Descuide, mi señor.

Simur dedicó una reverencia antes de abandonar la sala.

—¿Cómo? —preguntó Tayim, perplejo—. ¿Has ordenado la confección de un uniforme de gala para mí?

—Una ocasión especial, requiere de un atuendo especial —dijo Grifford mientras se colocaba la corona de plata con cuidado de no despeinarse—.

De hecho, he encargado la confección de dos uniformes.

Quizás sea un poco precipitado por mi parte, pero eres el príncipe heredero de Lenov y debes ir impecable en todo momento.

Tayim depositó los trajes que traía consigo sobre una de las sillas de la habitación.

—Agradezco el detalle, padre, pero no necesito dos uniformes. Uno es más que suficiente.

Grifford se acercó a su hijo y apoyó ambas manos sobre sus hombros, asegurándose así de captar toda su atención.

—Hoy necesito que vayas impecable en todo momento, hijo mío. El rey Álvar, además de ser un gran amigo de la familia, es una de las personalidades más importantes de los cuatro reinos y debemos…

—…estar a la altura —acabó de decir Tayim, repitiendo lo que tantas veces le había dicho su padre.

Grifford sonrió.

—Eso es —concluyó, dándole un pequeño golpe cariñoso en el mentón—. Me lo agradecerás cuando llegue el momento.

Alguien llamó a la puerta. Padre e hijo se giraron hacia ella con el ceño fruncido. Un rostro sonriente, enmarcado por dos tirabuzones negros, asomó por el umbral.

—¿Alguien ha solicitado el servicio de vestuario? —preguntó la reina Regina—. Hay aquí conmigo unos hombres cargando con un uniforme de gala y me preguntaba para quién podría ser tan elegante pieza…

—¿Tú también lo sabias madre? —exclamó el príncipe.

Regina abrió las puertas en su totalidad. Un grupo de costureros irrumpió en la sala cargando consigo varios atuendos de alta costura. Dos de los miembros del grupo se adelantaron al resto, colocándose junto a Regina y haciéndole entrega de un uniforme de gala.

—Por supuesto que lo sabía —aclaró Grifford—. De hecho, tu madre ha estado presente durante todo el proceso de elaboración, comprobado que la confección fuese merecedora del príncipe de Lenov.

—¡Mostrádselo! —ordenó Regina.

Los hombres que sostenían el uniforme lo extrajeron de entre las telas que lo cubrían. Lo desdoblaron con sumo cuidado, como si estuviese hecho de cristal, y lo extendieron frente al príncipe con una leve reverencia.

La base del uniforme era una camisa de botones de un blanco impecable.

Sobre ella descansaba una chaquetilla que se bifurcaba a la altura del ombligo para descender en forma de cola tras de sí.

El cuello era alto y se abría ligeramente en la zona del pecho.

A cada lado reposaban unas elegantes hombreras perladas, de las que caía una tela aterciopelada tan suave como las nubes.

Las mangas exhibían delicados bordados dorados, rematados por un gran botón de oro en cada puño.

Un grueso cordón dorado cruzaba la prenda de forma perpendicular, realzando aún más su elegancia.

Tayim, sumido en asombro, tomó la prenda para admirarla entre sus manos.

—Es… precioso, madre.

—Te has superado, querida —intervino Grifford—. Parece estar bordado por mano divina. Sin duda, con esta pieza…

—Disculpen, mis majestades —interrumpió Simur desde la puerta—. Siento importunarles.

—Adelante Simur —invitó Grifford—. ¿De qué se trata?

—Ha llegado el Capitán al castillo. Pregunta por vos.

El rey chasqueó la lengua.

—Que puntualidad más estricta tienen estos cruzados… Bien, dígale que bajaré de inmediato.

Simur asintió y abandonó la habitación. Grifford suspiró, acomodándose la capa que ondulaba tras él.

—El deber me llama, querida —dijo mientras se preparaba—. Álvar llegará en cualquier momento, estad listos para entonces.

Ramis esperaba la llegada del rey en uno de los extremos de la sala del trono, frente a las escaleras de mármol que ascendían a la planta superior.

Lucía la armadura blanca de Lenov, con delicadas alas de Vastali grabadas en cada uno de los pectorales de su coraza.

Unas ostentosas hombreras perladas sobresalían por encima de la armadura, y una larga capa de un dorado más oscuro ondeaba tras su espalda.

Durante su espera, el Capitán contempló las paredes del interior del castillo.

Observó las diferentes esculturas que se alzaban a lo largo de toda la sala, meticulosamente talladas sobre la piedra.

Todas las estatuas convergían hacia el centro de la estancia, hasta encontrarse con la gran escultura dedicada a la diosa creadora: Gheva.

Al posar sus ojos sobre ella, un escalofrío recorrió su espalda.

Por un momento, Ramis se sintió intimidado por el realismo que emanaba de aquel busto.

Detrás del trono, en cada uno de sus extremos, se alzaban dos esculturas más que custodiaban la sala.

Una sostenía una flor de exuberantes pétalos, mientras que la otra se inclinaba bajo el peso de cientos de cadenas de gruesos eslabones que descansaban sobre su espalda.

Eran representaciones de Aelireth e Izh, dos de los cuatro guardianes de Gheva, los Vastali, como se los llamaba en las sagradas escrituras.

Ohmne y Arothia eran los otros dos Vastali, pero sus esculturas no se encontraban dentro del castillo, sino a las puertas del reino, erigidas sobre enormes pilares que protegían la ciudad.

Su rasgo más característico eran los ojos, siempre cubiertos por una banda, y las imponentes alas que envolvían sus siluetas.

A pesar de haberlas visto cientos de veces, Ramis no podía evitar sentirse sobrecogido cada vez que las contemplaba de cerca.

Pero abandonó su ensimismamiento cuando, de pronto, escuchó unos pasos que descendían por las escaleras.

Un hombre ataviado con un uniforme blanco bajaba por ellas con cierta premura.

—Mi más fiel combatiente —halagó Grifford al descender el último peldaño—. ¿Qué sería de Lenov sin tu servicio?

Ramis inclinó su cabeza en una reverencia.

—No necesito halagos, majestad. Únicamente cumplo con mi deber.

—Por favor, Capitán, no seas tan modesto. No conmigo al menos —dijo Grifford, desenvolviendo un papel con fruta en su interior—. ¿Uva?

La mano de Grifford se alargó en dirección al Capitán, ofreciéndole aquel manjar.

—Se lo agradezco, majestad, pero he comido algo antes de venir.

—Está bien, tú te lo pierdes —aseguró el rey, catapultando una uva hacia su boca.

Durante unos instantes, solo se escuchó el molesto sonido de Grifford al masticar.

—Majestad, con toda mi buena fe y educación…

—Sí, Capitán, lo sé, debemos ir al puerto.

Grifford apoyó el pañuelo con el resto de fruta sobre una de las repisas de la estancia, sabiendo que sería retirado por algún criado en cuanto se percatase de su presencia.

—¡Vamos, Capitán! No pierdas más tiempo. ¡Al puerto!

Ramis frunció el ceño.

—Pero si sois vos quien estáis…

Ramis calló al percatarse de que sus palabras ya no alcanzaban a Grifford, pues este ya se internaba en el corredor hacia el exterior del castillo.

—…perdiendo el tiempo.

Los rayos del sol con el que amaneció Lenov aquella mañana, otorgaban al reino un aspecto todavía más luminoso del habitual.

Las calles empezaban a llenarse de sus gentes; los miembros del coro real ya preparaban sus atriles para interpretar la sinfonía del nuevo día.

Algunos clérigos de la corte inspeccionaban las esculturas de Gheva que salpicaban las calles del feudo para comprobar que se hallaban en perfectas condiciones.

Varios trabajadores colocaban largas telas decoradas con el escudo-emblema del reino sobre los tejados de los edificios, dejando que las telas se deslizaran a lo largo de las fachadas.

Era innegable; todos trataban de darle al reino la mejor apariencia posible para recibir al rey de Capital.

A medida que transitaban las calles en dirección al puerto, los habitantes de Lenov abandonaban sus tareas momentáneamente para dedicar un saludo a las eminencias que eran Grifford y Ramis.

—Y dime, Capitán —empezó a decir Grifford mientras le devolvía el saludo a los lenovenses—. ¿Se tomó bien tu hija la noticia del pacto matrimonial? ¿Verdad que no era para tanto?

Ramis titubeó unos instantes antes de responder.

—No del todo, majestad.

Grifford sonrío forzosamente hacia un ciudadano que le saludó en la lejanía.

—Sigo sin entender por qué —apuntilló el rey con el ceño fruncido—. La vida en palacio es algo con lo que todo el mundo sueña. La trataremos como una más y pronto se adaptará a su nuevo estatus, ya verás.

—Tiene razón, majestad, pero ella… preferiría una vida como Capitana del reino.

Grifford suspiró.

—Mucho me temo que ha pasado demasiado tiempo con tus padres y le han metido esa idea en la cabeza —dijo, apoyando su mano sobre el fornido hombro de Ramis—. No te preocupes, como digo, a la vida de noble se acostumbra uno con rapidez.

—Pero, majestad, si me lo permite, quisiera comunicarle la formidable espadachina que es mi hija. Además, ha sido instruida por nada menos que Azhna, mi padre y antiguo Capitán del reino. Cincela podría incluso dirigir Las Cruzadas mejor de lo que lo hago yo.

Grifford retiró su mano del hombro de Ramis ladeando su cabeza con cierto descontento.

—Ramis, Ramis, Ramis… Tan temerario en el frente, y tan cobarde en lo personal.

No pretendo desmerecer a tu hija, seguramente sea mejor que cualquier soldado del reino llegado el día.

Pero no olvidemos el pequeño detalle de que por primera vez en la historia de Lenov, ha nacido una mujer como descendiente de Tristán.

Sería muy necio por nuestra parte no aprovechar esa situación.

Ramis se detuvo en seco.

—Estoy de acuerdo majestad, pero…

—Piénsalo, Capitán —continuó el rey—. Imagínate por un momento el hijo que podrían engendrar nuestros niños.

Un rey con la furia guerrera de un Capitán y el estatus de la alta nobleza.

Creo que no podría haber mejor heredero para la corona, y nos aseguraríamos la prosperidad de Lenov durante muchos años.

Ramis suspiró, resignado.

—Además —prosiguió Grifford—, es solo el pacto matrimonial, no el casamiento en sí. Pacto por el cual manifestaremos a Gheva la unión de nuestros hijos, y entonces se iniciarían los preparativos para el día de la boda como tal, que se celebraría al año. Aún tiene tiempo de asimilarlo.

Ramis dejó que el silencio respondiera por él. Grifford, que pareció percibir la lucha interna que el Capitán libraba consigo mismo, le dio un leve golpe en el costado para animarlo.

—Confía en mí, en cuanto tu hija conozca la vida entre la nobleza, pronto olvidará sus sueños en el campo de batalla.

—Supongo que tiene razón, majestad. Es lo mejor, tanto para el reino, como para ella misma. Disculpe mis dudas.

—¡Así se habla! —el rey asestó unas palmadas efusivas sobre la espalda de Ramis—. Me lo agradecerás.

Ramis y Grifford llegaron al puerto por fin.

Varios clérigos esperaban en el límite de la plataforma de madera que daba al mar, aguardando la llegada de Álvar.

Un grupo de hombres trabajaban afanosamente en los muelles ultimando preparativos para el atraque del barco de acero negro, cuyas velas ya se vislumbraba en el horizonte marítimo.