El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 4. Granero #2
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4. Granero #2

—Es una decisión difícil que, además, solo tú puedes tomar.

Ante todo, debes tener presente que yo estaré a tu lado sin importar lo que hagas.

Si huyes del reino, huiré contigo. Si decides enfrentarte al rey, yo lo enfrentaré a tu lado.

Y, si decides casarte, yo seré quien te tome de la mano de camino al altar.

—¿No tengo alternativa si me quedo en Lenov?

—preguntó la joven—. Quiero decir, nada quisiera más que huir de aquí y olvidarme de Grifford para siempre.

Pero la sola idea de vivir exiliada lejos de todos vosotros...

me aterra. Incluso si deseara hacerlo, lo último que querría sería traerte conmigo, abuelo, ya que tu edad no soportaría esa carga, y eso jamás me lo perdonaría.

—¿Te quedarás en Lenov entonces?

Cincela miró al suelo abrumada por los distintos pensamientos que la invadieron.

Decidir su destino en tan poco tiempo era muy complicado.

Sin embargo, recordó algo. Una frase que le repetía la misma persona que ahora se sentaba junto a ella: “ Adáptate y vencerás ”.

Él solía decirle que la vida era como un duelo de espadas, donde uno debía anticiparse a los movimientos del adversario y estudiar su estrategia con perspectiva, para finalmente sorprenderle con un ataque letal que le pillase de imprevisto.

—Abuelo, ¿recuerdas cuando era tan solo una novata con la espada? Siempre trataba de vencerte con fuerza bruta porque me negaba a reconocer que me superabas en experiencia y tamaño.

Azhna asintió.

—“Adáptate y vencerás”—recordó el abuelo en voz baja.

—Eso es —dijo Cincela—. Fue con esa frase con la que me di cuenta de que primero tenía que centrarme en desgastarte antes de siquiera plantearme asestarte el primer golpe.

Y ahora, frente a este enemigo, tengo que hacer lo mismo.

No puedo enfrentarlo con fuerza bruta, tengo que… adaptarme y encontrar su debilidad.

Azhna permaneció expectante, sin saber aún qué intentaba decirle su nieta. No se atrevió a interrumpirla, pues en sus ojos percibió que, al fin, había tomado una decisión. Era una mirada inconfundible, llena de determinación y firmeza. Una mirada que le recordó a la de su hijo.

—No contemplo otra vida que no sea aquí —prosiguió la joven—, ni quiero estar en otro lugar que no sea entre estas murallas. Si el precio a pagar es obedecer la orden de un rey egoísta, así lo haré.

Cincela se levantó del suelo.

—¡Claro que lo haré! —continuó—, me convertiré en la reina de Lenov y así podré cambiar las vidas de sus gentes.

Como reina, no dejaré que injusticias como esta sucedan.

Mientras yo reine, ninguna persona contraerá matrimonio en contra de su voluntad, ni tendrá que obedecer ciegamente las ordenes de un rey —miró a su abuelo—.

Me casaré, abuelo, y cambiaré las cosas de una vez.

Azhna asintió, rebosante de orgullo.

—Has tomado una sabia decisión, pequeña —dijo con una sonrisa—. Tanto Gheva desde allá arriba como yo desde aquí, te acompañaremos en este duro sendero que te ha tocado recorrer. No va a ser fácil, pero juntos podremos con lo que sea.

Abuelo y nieta se fundieron en un reparador abrazo, sellando así su apoyo mutuo incondicional. Tras unos segundos en la envoltura, Cincela, de pronto, se separó.

—¿Puedo pedirte algo más, abuelo?

—Lo que sea.

—¿Volverías a explicarme la antigua profecía hasta quedarme dormida?

Azhna sonrió con cariño y asintió.

—¿Como solía hacer cuando eras pequeña? No había nada que te gustase más que dormirte junto a la chimenea escuchando mis viejas historias. Pero, ¿de verdad quieres volver a escuchar la profecía?

La tierna sonrisa de Cincela le valió como respuesta.

—Está bien, está bien.

Azhna rebuscó entre sus bolsillos y extrajo el trozo de papel envejecido de ellos. Lo desdobló con cuidado.

—Solo había oscuridad —susurró con la mirada perdida—.

El mundo no fue hasta el descenso de Gheva desde las estrellas.

Cuenta la profecía que la diosa vio belleza en esa oscuridad.

De su voluntad, las cosas fueron. De la superficie brotó tierra que pisar y árboles que la adornaron.

Del cielo flotaron nubes y un sol que iluminó el mundo.

Pero el sol, al proyectar su luz, también dibujó sombras en las cosas que ella había creado.

Dicen que Yavan nació de la propia silueta de Gheva pues, como la vida misma, las cosas no pueden ser sin su contrario.

Todo lo que es, necesita de su contraparte para existir, pues no hay bien sin mal, ni luz sin sombra.

Cincela tragó saliva, sintiendo la amargura de las palabras que su abuelo narraba.

—Yavan se mostró curioso al principio y Gheva le enseñó con orgullo lo que había creado.

Pero, lejos de sentir amor por la obra, en Yavan creció un fuerte rencor que acabó por apoderarse de él y decidió destruir todo lo que ella había construido.

Creó la luna y la noche, en un intento por apagar la luz del sol que iluminaba su creación.

También dio vida a las aguas que besan el mundo, pues estas erosionarían la tierra que pisamos.

Finalmente creó vida, los Hiniur, con la única finalidad de erradicar la mayor creación de la diosa: la especie humana.

Cincela cerró los ojos mientras acomodaba su cabeza entre los bultos de heno.

—Gheva y Yavan se enfrentaron finalmente.

El mundo se vio envuelto en un conflicto que, posteriormente, llamaríamos “la Gran Guerra de los Cien Años” .

Pero, tras este periodo, los dioses se percataron de que aquello no acabaría nunca.

Volvieron a las estrellas y decidieron que el mundo tendría que ser por sí solo, sin que ellos interviniesen, dejando que siguiera su curso natural.

Pero antes de abandonar el plano terrenal, Gheva regaló a la humanidad un libro en el que viene recogido todo lo que ella aquí vivió.

Uno de los fragmentos de ese libro es, precisamente, esta misma profecía.

Yavan, por su parte, juró vigilar el mundo hasta el día en que vuelva a descender y erradique a la humanidad él mismo.

Algunos creen que ese pasaje sugiere que regresará físicamente para lograr su cometido, aunque esa parte yo no...

Azhna se detuvo en seco al comprobar que Cincela estaba sumida en un sueño profundo. Con cuidado de no despertarla, dobló el manuscrito, lo guardó entre sus ropajes y se acostó junto a ella.

Le regaló un tierno beso en la frente, le acomodó la manta y se dejó arrullar por el sonido de las olas.

Buenas noches, pequeña.