El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 4. Granero
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4. Granero

Cincela sabía que aquella noche no podría conciliar el sueño con facilidad.

No era la primera vez que dormía en el granero.

Solía refugiarse allí en las noches de verano para escapar del sofocante calor y dejarse arrullar por la suave brisa marina.

Esperaba que, tras expulsar todas las lágrimas que le quedaban, pudiera dormir tan plácidamente como en aquellas noches.

La puerta se abrió de pronto, pero Cincela no quiso siquiera voltearse para comprobar de qué se trataba. En aquel momento, no había nada que pudiese extraerla de sus pensamientos.

¿Una vida en el castillo? ¿Decir adiós a la casa de los abuelos? ¿Olvidarme por completo de ser Capitana?

Notó como alguien, quienquiera que fuese, se sentó en el suelo junto a ella. Una mano le acarició levemente el brazo desnudo, y una voz hogareña la reconfortó.

—¿Recuerdas cuando solíamos jugar en el granero?

—susurró Azhna, sin querer alterar aquella quietud—.

Nunca querías ser la princesa que debía rescatar.

Te gustaba el protagonismo de ser la heroína y ser tú quien rescatase a la princesa —esbozó una leve sonrisa melancólica—.

Aunque aquello supusiere tener que disfrazarme de princesa con viejos trapos de la abuela.

Cincela se giró levemente con ojos húmedos.

—Abuelo, no quiero casarme —murmuró con voz quebrada—. Quiero quedarme aquí… con vosotros. ¿De qué han servido todos estos años de entrenamiento entonces? ¿Para acabar sentada en un trono y ver pasar mis días?

—Lo sé, pequeña —susurró Azhna, sin alterar su tono—.

Mi padre, tu bisabuelo, también me instruyó para que algún día fuese Capitán, porque como tú, yo también lo llevo en la sangre y debía seguir con la herencia familiar.

¿Y sabes qué? Aquí donde me ves, yo fui un niño muy rebelde.

Me escaqueaba siempre que podía de los entrenamientos y la instrucción militar.

Cincela frunció el ceño aun con los ojos vidriosos.

—Pero si a ti te encanta, abuelo.

—Bueno, no siempre ha sido así. ¿Sabes a mi qué me gustaba realmente?

Cincela ladeó la cabeza.

—El jardín.

—¿El jardín? —repitió Cincela confusa. —¿Qué jardín?

—La jardinería, el cuidado de las plantas, incluso estudiarlas y tratarlas.

Me apasionaba. Fue por eso por lo que viví una temporada en el reino de Davá, por el amor a las plantas que allí se respira.

¿Y sabes? No me arrepiento de nada, allí aprendí mucho sobre herboristería y plantas medicinales.

Y, sobre todo, pude contemplar la flor más bonita de su jardín —hizo una pausa para suspirar—. Tu abuela.

Cincela sonrió con ternura hacia su abuelo, quien tenía la mirada perdida mientras recordaba.

—¿Y cómo…?

—¿Acabé capitaneando las Cruzadas? —acabó de decir Azhna—. Porque en ese vaivén de buscar realmente quién era y qué debía hacer con mi vida, mi padre me miró a los ojos y, con esa voz tan ronca y característica suya, me dijo algo que jamás olvidaré.

Azhna cerró sus ojos, como si pudiese visualizar perfectamente a su padre diciéndole las palabras que estaba a punto de decir.

—“Puedes aferrarte a alguna roca de la orilla o a la rama de algún árbol que se inclina torpemente hacia el río, evitando así, por un momento, ser arrastrado por la corriente. Pero la erosión del agua terminará por destruir la roca, y el inexorable paso del tiempo acabará quebrando el árbol. Entonces, te encontrarás sin otra alternativa más que dejarte llevar por la fuerza de la corriente y recorrer el caudal que, desde un principio, estabas destinado a recorrer”.

Azhna detuvo su discurso para sorber aquel té que tanto parecía disfrutar.

—Por alguna extraña razón, esas palabras me hicieron reflexionar —prosiguió el abuelo—.

Bajo la amenaza de una profecía cada vez más evidente, yo tenía un cometido muy concreto.

De mí dependía la seguridad de todo un reino y, por más que tratase de huir, no podía escapar del destino.

Nadie puede. La naturaleza es sabia, querida Cincela, y difícilmente podemos huir del camino que ella nos marca.

Si las cosas tienen que ser, serán. Hagas lo que hagas y decidas lo que decidas.

Cincela se incorporó, sentándose frente a Azhna. Su rostro se debatía entre la tristeza y la confusión.

—No sé si entiendo del todo lo que me intentas decir, abuelo —dijo, secándose la humedad sobrante de sus ojos.

—No necesitas entenderlo del todo ahora, pero llegará el día en que lo hagas.

Pero sí que hay algo que deberías saber —humedeció sus labios con un sorbo más de té—.

La sangre que corre por tus venas es muy valiosa, Cincela.

De ella depende la prosperidad del reino, llegado el día.

Por eso eres tan preciada para Grifford, porque quiere asegurarse de que la sangre que corra por su nieto tenga esa predisposición para la guerra y la espada que tiene la tuya.

A pesar de la angustia que oprimía su corazón en ese momento, Cincela agradeció conocer al fin el verdadero motivo del repentino interés del rey por unirla a su hijo. Aunque saber la verdad no la eximiera de su nuevo destino, al menos ahora se sentía un poco más aliviada.

—Verás, todo se remonta a tu tatarabuelo Tristán, mi abuelo —comenzó a explicar Azhna—.

Eran tiempos del reinado de Isolde III y el reino de Lenov vivía la época más próspera y pacífica de su historia.

Como pasa ahora, sus habitantes eran en su mayoría ganaderos y pescadores.

Al ser un reino aislado del resto del mundo por su complicada geografía, no existían sentimientos como el rencor, la corrupción o la envidia.

Eso eran cosas de foráneos, fruto de sus discordias territoriales y sus ansias de poder.

Azhna hurgó en el bolsillo de su abrigo y extrajo de él una bolsita de hierbas de té. Empleando un cuenco de madera con agua caliente que trajo consigo, sirvió un vaso a su nieta mientras narraba su historia, y otro vaso con el que se aclaró la garganta.

—Un buen día —prosiguió—, aparecieron en el valle, a las afueras del reino, unas criaturas que nos fueron desconocidas.

Eran enclenques y no muy numerosas, y los habitantes de Lenov no les dieron mucha importancia.

Siguieron con sus vidas entre granjas y cultivos hasta que, un buen día, los primeros atisbos de rencor, envidia y venganza surgieron entre sus gentes.

Cincela seguía expectante, escuchando a su abuelo. A pesar de que pronto el órgano real marcaría la medianoche, ella no prestó atención a nada más.

—Isolde sabía que aquellos seres oscuros eran la raíz del problema, pues así lo marcaba la profecía.

Pero Lenov no disponía de un ejército, pues nunca lo había necesitado.

Fue entonces cuando el rey decidió someter a todos aquellos lenovenses que así lo desearan, a unas rigurosas pruebas para escoger, de entre todos ellos, a los más competentes para ejercer una ofensiva.

De entre todos aquellos hombres y mujeres que superaron las pruebas, había uno que sobresalía por encima del resto: Tristán Piel de Caimán.

Azhna se detuvo para volver a dar un trago de aquel delicioso vaso de té.

—Aquellas criaturas de la profecía que mencionas… son los Hiniur, ¿verdad?

—Así es, pequeña— respondió Azhna—, aquellos recogidos en la profecía como “los semejantes de Yavan ”. Engendrados bajo la más absoluta oscuridad, los Hiniur existen por y para un único cometido: eliminar del mundo de Gheva, nuestro mundo, su obra más preciada: la raza humana.

—Entonces Tristán… ¿pudo finalmente erradicar él solo a los Hiniur que estaban a las puertas del reino?

Azhna negó con la cabeza.

—Con Tristán al mando de otros nueve hombres y mujeres más, lograron repeler la presencia de los Hiniur —explicó el abuelo—, al menos de forma temporal pues, como bien sabes, las fuerzas del mal nunca cesan y siempre vuelven.

Pero aquello marcó un antes y un después para Lenov.

El rey Isolde otorgó el título de Primer Capitán a Tristán, mi abuelo, y junto con su grupo de valientes, formaron lo que hoy llamamos “ la Primera Cruzada ”.

—Debió de ser increíble luchar junto a alguien como Tristán —dijo ella sin abandonar su asombro.

Azhna tenía la mirada perdida, como si las imágenes del ayer estuviesen pasando una tras otra delante de sus ojos.

—Lo fue —respondió—. Pero también fue una época de mucho sufrimiento y pérdidas. Aunque la Primera Cruzada logró frenar la amenaza de los Hiniur en aquel momento, sabíamos que nuestra lucha estaba lejos de terminar.

Cincela era consciente de que pertenecía a una importante dinastía y que el título de Capitán que ostentaba su padre no se le concedía a cualquiera, pero jamás había imaginado provenir de una larga estirpe de héroes.

—Desde aquel día —continuó Azhna—, se han ido entrenando e instruyendo en el arte de la guerra a más hombres y mujeres del reino, hasta formar los diferentes grupos de guerreros, o Cruzadas , de que disponemos hoy.

Pero siempre ha habido algo en común en todos ellos: el Capitán que las dirige siempre es un descendiente de Tristán.

Cincela frunció el ceño, confundida.

—Sigo sin entenderlo, ¿entonces porque tengo que casarme? ¿No se supone que soy la heredera del título de Capitán y debo entonces seguir con el legado de Tristán?

Azhna dio un sorbo más al té que sostenía entre sus manos y cuyo vapor salpicaba su rostro con una agradable calidez.

—Nunca había ocurrido antes en nuestra familia que un descendiente de Tristán naciera mujer —explicó—.

Debido a este suceso único, el mismo día de tu nacimiento Grifford decidió que te casarías con su hijo llegado el momento.

De vuestra unión nacería el rey más competente de la historia de Lenov, pues por sus venas correría la sangre real de la corona y la sangre inquebrantable del descendiente de Tristán.

Cincela agachó la cabeza, dejando que las ondulaciones de su cabello cubriesen su rostro, como si así, de alguna forma, pudiese tan solo desaparecer.

—¿Qué debería hacer, abuelo?

Azhna vaciló unos segundos.