3. Destino
El crujido de la puerta advirtió a los presentes de que alguien había entrado en casa.
Sentados a la mesa mientras disfrutaban de una deliciosa cena, se miraron sorprendidos entre ellos, tratando de averiguar si realmente habían escuchado todos aquel chirrido o había sido obra del fuerte viento que soplaba desde el mar.
—Es muy tarde para recibir visitas —apuntilló Dina, dando voz a lo que todos parecían pensar—. ¿Quién podrá ser a estas horas?
Antes de que el nerviosismo se adueñase de ellos, un hombre incrustado en una preciosa armadura blanca apareció tras el umbral del comedor. Al retirarse el yelmo, Cincela reconoció de inmediato aquellos ojos azules que la miraron.
Unos ojos que durante tantas noches había anhelado ver de nuevo.
—¡Pero mirad quién ha decidido compartir la cena con nosotros hoy! —exclamó Azhna, levantándose dificultosamente de la mesa para recibir tan grata visita.
Cincela se quedó sin habla. Hacía siete largos meses que no había pasado tiempo con su padre, y su mera presencia llenó de júbilo su alma. Sin perder un segundo más, se retiró de la mesa y corrió hacia sus brazos. Por fin, después de tanto tiempo, estaba de vuelta.
Ramis le devolvió aquel abrazo.
—Ya estoy en casa, hija mía —susurró.
—Padre, yo… —intentó decir Cincela, conteniendo el temblor en la voz—. Te he echado tanto de menos…
Ramis se tomó unos segundos antes de responder, pues no quería que la emoción se adueñase de su habla y rompiese la compostura que hasta entonces había tratado de mantener.
—Y yo a ti, hija mía —murmuró, dándole un tierno beso en la frente—. Y yo a ti.
—Cariño, toma asiento —indicó Dina, preparando un plato de sopa más encima de la mesa—. Todavía no hemos empezado a cenar, llegas justo a tiempo.
Tras sentarse a la mesa y dejar pasar unos momentos hasta que todos se recompusieran de la emoción, por fin, empezaron a cenar.
Nadie podía negar la habilidad de Dina en la cocina; su buena mano culinaria se hacía evidente en cada plato que engalanaba la mesa.
Pero, como de costumbre, todos sabían que serían incapaces de terminar semejante festín…
y que Gheva se apiadara de quien osara replicarle.
Cualquiera que se atreviera a hacerlo sufriría las consecuencias: Dina no dudaría en servir aún más platos hasta que la comida pareciera salirles por las orejas.
—La sopa de verduras esta exquisita, madre —elogió Ramis, llevándose una cucharada más a la boca—. Cuanto echaba en falta la comida de verdad.
Dina esbozó una cálida sonrisa.
—Hay más —indicó—. Podéis repetir cuanto queráis.
—Conociendo a tu madre, habrá preparado comida para ti y para todo tu regimiento de Cruzados —bromeó Azhna, dándole un codazo cariñoso a su nieta. Cincela no pudo contener una fuerte carcajada.
—Y creo que te quedas corto, padre —dijo Ramis, continuando la broma.
—¡Será posible! —replicó Dina, agitando el cucharón de madera como si amenazara con lanzárselo al próximo que se metiera con ella—. ¿Queréis ver cómo os quedáis sin comer, vosotros dos?
La risa de Cincela pronto contagió a su padre y a su abuelo, quienes se unieron a las carcajadas. Tras varios segundos, Dina tampoco pudo contenerse.
—Sois de lo que no hay —gruñó la anciana volviendo a centrar su atención en el plato de sopa.
—Bendita sea tu paciencia, madre —dijo Ramis, acariciando la mano de Dina—. A veces no sé cómo nos aguantas.
—Ni yo tampoco, hijo mío. Ni yo tampoco.
—Y… cuéntanos —intervino Azhna, centrando la conversación—. ¿Como está la situación por allí abajo? ¿Los Hiniur siguen dándoos mucha guerra?
—Yo casi que temería más a Grifford… —intervino Dina—. Ese rey tiene un algo que nunca me ha gustado del todo.
—Dina, por favor… cuida tus palabras —aconsejó Azhna—. Las paredes tienen oídos y no sabemos quién puede estar escuchándonos.
Dina bufó.
Ramis guardó silencio antes de responder. La alegría de reencontrarse con los suyos y la calidez con que lo habían recibido habían logrado, por un momento, que olvidara el verdadero motivo de su visita.
—El tiempo parece no haber hecho muchos cambios desde que tú me cediste el puesto, padre —comenzó a decir Ramis—. Contrarrestamos las hordas de Hiniur cuando aparecen en las puertas del reino, pero vuelven. Siempre vuelven. Más numerosos, más feroces y sangrientos cada vez.
Azhna agachó la cabeza y miró su plato de sopa, esperando encontrar allí la respuesta que había esperado escuchar.
—Padre, pronto acudiré yo también al frente —interrumpió Cincela—. No he dejado de entrenar todos los días, incluso ya manejo a Segadora . Dame unos días más e iré contigo.
El Capitán esbozó una sonrisa.
—No dudo que así será, hija mía. Me llenaría de orgullo luchar codo con codo a tu lado, pero dominar a Segadora requiere tiempo y dedicación. Dudo que en unos días estés preparada.
Cincela volvió a dirigir su mirada al plato. Ramis se inclinó levemente para darle un beso en la coronilla, devolviéndole así el ánimo.
—Hijo, quizá sea demasiado precipitado preguntarte esto —intervino Azhna, dejando la cuchara sobre la mesa—, pero dime: ¿cómo has logrado abandonar el campo de batalla sin que nadie te viera y cenar aquí hoy con nosotros?
El Capitán Ramis se aclaró la garganta antes de contestar. Había llegado el momento. Carraspeó, tomándose un instante para elegir las palabras adecuadas.
—El rey Grifford me ha ordenado que me presente en el castillo mañana, junto a Cincela, para recibir al rey Álvar.
Todos dejaron de comer.
—¿El rey de Capital? —preguntó Dina—. Vaya, eso sí que es una sorpresa. La última vez que lo vi por aquí, tu padre y yo llevábamos tan solo cuatro años de noviazgo.
—Álvar desembarcará en las costas de Lenov mañana —aclaró Ramis, sin dejar que la conversación se desviase—. Y será quien oficialice el pacto matrimonial entre el hijo de Grifford y Cincela.
Un silencio sepulcral se apoderó de la mesa. Todos miraron hacia su plato para asimilar la noticia. Todos menos Cincela, cuyos ojos parecían estar a punto de salirse de sus órbitas.
—¿Qué pacto es ese? ¿Iré contigo yo también mañana a ver al rey de Capital?
Ramis miró fijamente a su hija. Desde pequeña, a Cincela le había infundido mucho respeto el mirar de su padre.
Quizás por el hipnótico color azul que reflejaban sus ojos, quizá por la cicatriz que atravesaba verticalmente uno de ellos o, tal vez, porque sabía que aquella mirada era lo último que habían visto infinidad de Hiniur antes de perder la vida.
Ramis asintió.
—Iremos juntos a ver al rey mañana —hizo una pausa—. Y firmaremos el pacto con el que se iniciarán los preparativos para tu futura boda con el príncipe Tayim.
Las palabras cayeron sobre los presentes como una piedra en el océano. Nadie respondió de inmediato, y Ramis no mostró intención alguna de retractarse. Tampoco era que pudiesen cambiar las cosas pues, como bien era sabido por todos, la voluntad de Grifford era inapelable.
—No quisiera poner en duda el proceder de nuestro rey —se atrevió a decir Dina, rompiendo el silencio—, pero, ¿no es un poco precipitado? En cuestión de horas quiere celebrar un acto tan importante… ¿A qué se debe tanta urgencia?
—Lo desconozco, madre —dijo Ramis casi de inmediato—. Pero no seré yo quien cuestione…
—¡No quiero! —interrumpió Cincela, levantándose de la mesa de improviso—. ¡Me niego!
Ramis se sintió impotente ante el dolor de su hija, pero no podía faltar al compromiso con la corona que, como Capitán de la Cruzadas, debía respetar.
—No era una sugerencia, Cincela. Es una orden —sentenció.
—¿Y mi entrenamiento? —quiso saber Cincela, tratando de contener la humedad en sus ojos—. Yo quiero luchar en el frente de guerra contigo. Combatir a los Hiniur a tu lado. Quiero instruirme y hacerme fuerte —se retiró las lágrimas con la manga—. Quiero ser la futura Capitana de Lenov.
—Son órdenes del rey —indicó él, elevando ligeramente el tono—. Harás lo que se te pide y no se hable más.
Cincela alzó la mirada hacia su padre, buscando en sus ojos alguna pizca de compasión. Pero Ramis parecía firme en su decisión, aunque su mirada reflejase aquel atisbo de tristeza ya que, en el fondo, él tampoco quería perder a su hija de aquella manera.
Cincela sabía que luchar contra las órdenes del rey era inútil, pero no podía aceptar su destino sin más. La impotencia se adueñó de su voluntad y, tras un fuerte golpe contra la mesa, la joven abandonó el comedor, salió por la puerta trasera de la casa y corrió hasta el granero.
Una vez allí, se dejó caer sobre el montón de heno, buscando refugio en aquel lugar como tantas otras veces había hecho.
En un instante de lucidez, recordó que guardaba su tesoro más preciado en el baúl a su espalda.
Se giró, lo abrió y tomó a su nueva compañera: Segadora .
La abrazó con fuerza antes de dejarla a su lado, sobre el lecho de paja y heno.
Aquella noche dormiría allí, lejos de las órdenes y del imponente mirar de su padre.
En el interior de la casa nadie se atrevía a romper el silencio que imperaba en el ambiente. Azhna trazaba círculos en su sopa con la cuchara, buscando el valor para dirigirse a su hijo. Ramis permanecía de pie, caminando de lado a lado, tratando así de apaciguar su furia.
—No vas a ir a hablar con ella, ¿verdad? —preguntó Azhna por fin.
Ramis se detuvo en seco.
—¿De verdad estás de su parte? —preguntó con tono desafiante—. Todos sabíamos que este día llegaría tarde o temprano, y ha sido más temprano que tarde. Hay que asumirlo.
Dina abandonó la sala simulando realizar tareas del hogar, sin despegar el oído de la conversación. Dejó a padre e hijo solos pues, si alguien podía convencer a Ramis, ese era Azhna.
—Es joven todavía —afirmó el anciano enfrentándose a la terquedad de su hijo —. Llegará ese día, pero no ahora.
Ramis se giró hacia su padre y, con las manos apretadas, asestó un puñetazo contra la pared que se agrietó alrededor de la zona del impacto.
—¡Todo esto es culpa vuestra! —vociferó el Capitán—.
Le habéis llenado la cabeza de mitos y estupideces.
De una vida junto a Las Cruzadas en el frente de guerra.
Habláis sin conocer cómo está la situación allí abajo.
Estará más segura llevando una vida en el castillo —se dirigió al umbral de la puerta, dispuesto a abandonar aquella conversación—.
Ya perdí una esposa, no queráis que pierda a una hija también.
Azhna abrió la boca para replicar, pero su hijo no se dejó interrumpir. Tras pronunciar la última palabra, Ramis abandonó la sala dejando tras de sí el sonoro estruendo de un fuerte portazo.