El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 2. Proposición
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2. Proposición

Tal como era costumbre, la melodía que fluía del órgano real marcaba el inicio de un nuevo día en el reino de Lenov. Los primeros rayos de sol teñían de oro los hogares de sus habitantes, quienes afrontaban una mañana más su eterna lucha contra las hordas de Hiniur.

En el interior de sus firmes muros, capaces de soportar la agresividad del mar, resaltaban los colores blanco perla y un brillante dorado, mostrando así su agudo sentido por lo divino.

Ese fervor religioso impregnaba todo el reino, desde las majestuosas esculturas que decoraban las calles hasta los estandartes que ondeaban con orgullo el escudo del reino.

Incluso el órgano real, cuyas melodías resonaban por toda la ciudad, reflejaba aquella obstinada fe pues, para los habitantes de Lenov, la música era la forma que tenían de sentir a Gheva cerca de ellos.

En el corazón del reino se erguía imponente el castillo del rey Grifford, que gobernaba junto con su esposa, Regina.

A pesar de rondar sus sesenta años de edad, el rey era el más alto símbolo de autoridad en el reino y su portentoso físico hacía alarde de ello.

Sus largos cabellos castaños quedaban elegantemente recogidos por la corona de plata que lucía sobre su cabeza.

La majestuosidad de su armadura, de un delicado color perla con detalles dorados ámbar, era un fiel reflejo del reino que gobernaba.

Regina, por su parte, vestía en tonos blancos y dorados que realzaban su dulce tez.

Sus ojos claros, característicos de la región de Lenov, y su ondulado cabello azabache le conferían un encanto natural que despertaba envidias entre las mujeres del castillo.

Las robustas bisagras crujieron cuando la puerta principal del castillo, de pronto, se abrió ante sus majestades.

—Alteza, ya están aquí —señaló uno de los soldados que custodiaban la entrada—. Han regresado.

Mediante un leve gesto con la cabeza, Grifford mostró su consentimiento para recibir tan esperada visita y, de inmediato, cinco hombres emergieron tras la puerta.

El contraluz que proyectaban las vidrieras que adornaban la parte alta de la sala apenas dejaba intuir sus figuras.

A medida que se acercaron, sus siluetas fueron definiéndose con cada nuevo paso que daban hacia el trono.

Grifford y Regina se levantaron de sus aposentos para recibirles como era debido.

—¡Descansen!

Tras la orden, los soldados se alinearon en una formación en “ V ”, desplegando sus escudos frente a ellos. En el centro de los mismos descansaba el emblema del reino; una doncella con los ojos vendados abrazada por unas inmaculadas alas perladas, sobre un fondo dorado y blanco.

El hombre que tomaba la posición central de la formación dio un paso al frente.

—Con vuestro permiso, majestad —dijo con firmeza—. Traigo el informe de los últimos enfrentamientos contra las hordas de Hiniur y deseo compartir con vos los buenos resultados que estamos obteniendo.

El rey descendió los tres escalones que lo separaban de los Cruzados , situándose a la altura del que acababa de tomar la palabra.

—Acompáñame, hablaremos en mi estudio —pidió el rey—. Hay mucho eco en esta estancia, y el castillo está repleto de oídos curiosos.

El soldado en la posición central asintió y siguió a Grifford por una de las puertas colindantes a la sala del trono.

El estudio no era muy amplio.

Una larga mesa de roble macizo ocupaba la mayor parte del espacio, flanqueada por estantes repletos de pergaminos y libros antiguos.

Los escudos y pequeños estandartes en honor a Gheva adornaban las paredes, junto con algunas armas y armaduras del reino.

Una espaciosa cristalera se extendía en uno de sus laterales, dando paso a los rayos de sol que iluminaban los rostros de ambos hombres y que otorgaban unas vistas privilegiadas de la plaza central de la ciudad.

—Cuénteme pues, Capitán —dijo Grifford mientras se acomodaba en la silla tras la mesa—. ¿Qué nuevas traes del frente?

Con una leve inclinación de cabeza, Ramis entregó el informe bélico al rey mientras le contaba a viva voz lo que allí había escrito, ahorrándole así la molestia de tener que leerlo.

—Hemos podido repeler el asentamiento de Hiniur que se acomodó tras nuestras puertas hace unas semanas, majestad. Pero a un alto coste.

El rey clavó su mirada en la del Capitán.

—¿De cuántas bajas estamos hablando?

—Una docena, majestad —aclaró Ramis—. Seis de los cuales están gravemente heridos y están bajo cuidados intensivos mientras hablamos.

Grifford suspiró.

—Parece que cada vez vuelven más fuertes —prosiguió Ramis ante la insatisfacción que mostraba el rey—. Y… más numerosos.

Grifford se levantó de sus aposentos y se acercó al gran ventanal que tenía a su derecha. Cruzó los brazos tras su espalda y miró al Capitán a través del reflejo del cristal.

—¿Cuánto tiempo tenemos hasta que vuelvan a conglomerarse en la entrada del reino?

Ramis caviló su respuesta unos segundos.

—Calculo que disponemos de unos cuatro días de margen, majestad. Tardarán en recuperarse de la gran ofensiva que hemos ejercido contra ellos hoy.

Grifford asintió en conformidad.

—Bien, bien… Eso es precisamente lo que necesitaba oír, Capitán —dijo mientras se volvía hacia él, mirándolo directamente a los ojos—. Necesito que te quedes en el reino un par de días al menos.

Ramis frunció el ceño tras las palabras del rey.

Rara vez le ordenaba ausentarse de los límites del reino, donde debía repeler las abominables criaturas que lo amenazaban constantemente.

No solo porque Ramis era, sin lugar a dudas, el que mejores resultados obtenía, sino que, ahora que la amenaza Hiniur parecía volverse más fuerte, su presencia en el frente resultaba más imprescindible que nunca.

—Al alba, recibiremos la visita del rey Álvar aquí, en el reino —prosiguió Grifford—. Cuando llegue a puerto, necesito que tú también estés conmigo para recibirle como merece.

El Capitán Ramis miró al rey con cara de asombro.

Las visitas de foráneos en el reino no eran habituales, ni siquiera las del rey Álvar, ya que, debido a la impenetrabilidad del Bosque Aurora, Lenov era inaccesible por tierra y todo aquel que quisiera visitarlo, debía hacerlo en barco. Un lujo que solo unos pocos tenían.

—Disculpad mi desconocimiento, majestad —se atrevió a decir Ramis—. ¿Ha sucedido algo en el reino que no haya llegado a mis oídos durante mi ausencia? Una visita como la del rey Álvar no es algo habitual y considero que…

Grifford se aproximó a Ramis y apoyó una de sus manos en el fornido hombro del Capitán, interrumpiéndolo.

—¿Lo has olvidado, Capitán? ¿No sabes qué día es hoy? —la sonrisa en el semblante del rey pareció pronunciarse todavía más—. Ha llegado el momento en el que se contraerá de forma oficial el pacto matrimonial entre mi hijo, el príncipe Tayim, y tu hija Cincela.

Una mezcla de emociones se adueñó del corazón del Capitán en aquel preciso momento.

Una parte de él se alegraba por que su hija recibiese tan honorífica bendición, pero existía otra parte en él a la que le aterraba, pues sabía que su hija no querría la cómoda vida en el castillo.

Había sido entrenada para ser la próxima Capitana y, llegado el momento, comandar las Cruzadas.

Se había criado entre espadas de madera y escudos, sabía de estrategia militar y había sido instruida por el antiguo Capitán de Lenov y el actual Capitán de las Cruzadas .

—¿Qué te preocupa, Ramis? —quiso saber Grifford al no obtener en Ramis la reacción que esperaba.

—Disculpe, majestad —respondió él, volviendo en sí—. Pensaba en cómo se iban a tomar en casa la noticia. No creo que guste.

Grifford chasqueó la lengua mientras negaba con la cabeza.

—Ramis, Ramis, Ramis… creía que esta conversación ya la habíamos tenido y entonces estuvimos ambos de acuerdo.

—Lo sé, majestad, pero quizás mi hija serviría mejor al reino en el frente. Su habilidad con la espada es formidable y…

—Imagínese, Capitán —interrumpió Grifford—. Con la sangre real de Tayim y la sangre guerrera de la descendiente del Capitán, engendraríamos al rey más competente que Lenov jamás haya conocido.

—Disculpe mi atrevimiento, majestad, pero no creo…

—Me dio su palabra —inquirió Grifford—. No caiga en el deshonor de incumplirla.

Ramis suspiró, ahogando así su frustración y el deseo de seguir enfrentándose a una cabeza tan tozuda como la de Grifford.

—Está previsto que Álvar desembarque en el puerto mañana al amanecer —indicó el rey—. Aprovecha esta oportunidad para limpiar la sangre de tu espada y abrillantar tu armadura. Mañana tiene que salir todo perfecto.