1. Amanecer #2
Unos pasos más bastaron para alcanzar al que fue Capitán de Lenov.
Cincela descendió su espada dispuesta a impactarla sobre Azhna y finalizar así el encuentro.
Pero Azhna, de pronto, abrió sus ojos y se agachó raudo, esquivando el filo de roble que se dirigía a su corazón.
Con suma maestría, recogió su taza de té del suelo y, al incorporarse de nuevo, arrojó el líquido aromático hacia la cara de su nieta, distracción que aprovechó para asestarle el golpe de gracia.
Cincela se dejó caer exhausta sobre la hierba.
—Eso es trampa —se quejó, apartándose el sudor de sus ojos.
—Tú misma lo has dicho; los Hiniur no te darán ningún tipo de ventaja. Recuerda que, en la guerra, todo vale, no hay normas ni códigos de honor que seguir. Lo importante es derrotar a tu adversario sea como sea porque si no lo haces, será él quien acabe contigo.
Azhna se acercó a su nieta, la ayudó a levantarse del suelo y la invitó a tomar asiento sobre la base de un tocón de madera frente al acantilado.
—Recuerda: conoce a tu enemigo, adáptate a él y vencerás.
Mientras Cincela recuperaba el aliento, Azhna rebuscó entre sus viejos ropajes y sacó un saquito de hierbas de los que él mismo elaboraba. De uno de sus bolsillos extrajo también un pequeño mortero y, con un poco de agua caliente que había traído consigo, preparó una infusión.
A Cincela siempre le había fascinado el amplio conocimiento que tenía el abuelo Azhna sobre hierbas y tratamientos medicinales. Él siempre decía que todas las plantas aportaban beneficios si se sabía cómo tratarlas.
—Tómate este té de ginseng —ofreció Azhna, extendiéndole un pequeño cuenco—. Te calmará el cansancio y la fatiga.
Pese al agotamiento de los entrenamientos y el sabor amargo del té, a Cincela le gustaban aquellos momentos con su abuelo.
El cansancio se sufría mejor a su lado, sobre todo cuando le contaba relatos y anécdotas del reino, de los Hiniur y de cómo los combatía antaño.
Historias de cómo era el mundo más allá de Lenov, de sus gentes y costumbres, de los diferentes seres que habitaban en él.
—Abuelo, ¿iremos algún día más allá? —preguntó Cincela, dándole un largo trago a la infusión.
Azhna sonrió levemente sin apartar la vista de la abrumadora inmensidad del mar.
—Sabes muy bien que no podemos atravesar el Bosque Aurora que rodea el reino. Nadie puede. Es el bosque que “ lo engulle todo ”. El valiente que se adentra bajo sus ramas, nunca vuelve a casa —advirtió.
—Aquí no hay nada, estamos rodeados de mar —se quejó la joven—. Tan solo tenemos que seguir el camino que empieza en la entrada del reino, llegar al Bosque Aurora y atravesarlo, ¡y entonces podremos ver el mundo!
Azhna permaneció en silencio un poco más. De pronto, sin pronunciar palabra alguna, se levantó y se dirigió al pequeño almacén que tenían en el granero. Poco después salió cargando una funda alargada llena de polvo y telarañas que Cincela jamás había visto.
—Te olvidas de algo importante —dijo el anciano mientras desempolvaba lo que portaba en sus manos—. Antes de llegar al Bosque Aurora, deberás hacerte paso a través de innumerables oleadas de Hiniur que te impedirán continuar tu camino.
A pesar de no haber estado nunca en el frente de batalla, Cincela sabía que la presencia de Hiniur siempre amenazaba la entrada del reino. Afortunadamente, los soldados de Las Cruzadas se encargaban de repelerlos en una lucha constante para garantizar la paz y la armonía.
—Pero tú y yo somos muy fuertes abuelo —apuntilló la joven—. Podremos con ellos, estoy segura.
El anciano sonrió, admirando la valentía de su nieta.
—Y llegará ese día, todo a su debido tiempo, joven aventurera —dijo mientras desenfundaba el extraño objeto que había sacado del granero.
Cincela lo reconoció al instante a pesar de no haberlo visto nunca en persona, pues eran muchas las historias que hablaban sobre Segadora , la vieja espada del abuelo que ahora relucía ante sus ojos como nueva.
—Pero cuando ese día llegue… —prosiguió Azhna, contemplando el filo a escasos centímetros de sus ojos—, deberás estar preparada.
Cincela miró a su abuelo con asombro.
—Y por esa razón estamos aquí hoy —continuó Azhna, ofreciéndole el mango de la espada a su nieta, invitándola a que ella misma la empuñase.
Cincela dudó un instante, pero finalmente tomó la espada y la alzó en alto. Para su sorpresa, era más ligera de lo que aparentaba. Esgrimió un par de cortes al aire y detuvo el filo justo enfrente de sus ojos.
Azhna la miró con ternura y le tocó suavemente el hombro.
—A partir de hoy, Segadora es tuya. Te protegerá llegado el momento, como tantas veces me ha protegido a mí. Obsérvala, estúdiala, conócela… pues no hallarás mejor compañera de viaje.
—No… no sé qué decir, abuelo. Te… prometo que, cuando sea Capitana, no dejaré que ningún Hiniur amenace el reino. Seguiré manteniendo viva la leyenda de Segadora, y tu nombre seguirá figurando en los mitos y relatos que narran tus hazañas.
Azhna soltó una leve carcajada.
—Y no dudo de ello, pequeña… no lo dudo —respondió, levantándose dificultosamente—. Pero ahora, este viejo saco de huesos necesita descansar un poco. Me hago mayor, pequeña.
—No te preocupes abuelo, me encargaré de recoger las espadas y los sacos. Tú ve a descansar.
Durante el resto del día, Cincela se dedicó a maniobrar con la vieja espada de su abuelo.
Era como si aquel regalo le hubiese curado de toda fatiga.
Sabía que Segadora era la llave al mundo exterior.
Con Segadora a su lado, podría proteger el reino, atravesar el Bosque Aurora y descubrir los misterios que aguardaban más allá de sus fronteras, aquellos que solo había conocido a través de los libros.
Cincela estaba tan sumida en sus pensamientos que apenas notó el ocaso del sol y la llegada de la noche.
Solo la melodía del órgano real, resonando en la distancia, la sacó de su ensimismamiento.
Se sentó en el tronco cortado y apoyó a Segadora en su regazo, cerrando los ojos para concentrarse en el sonido de las olas que golpeaban la orilla.
Y allí, sentada al borde del mundo, esperó impaciente a que la música proveniente del corazón de Lenov llegara hasta ella.
Siempre había sentido gran devoción por aquella melodía.
Cuando tenía ocasión, se acercaba al centro del reino, donde se encontraba el altar desde el cual se interpretaban las sinfonías a la Diosa Creadora: Gheva.
Ambas melodías sonaban dos veces al día: una al amanecer, agradeciendo así a Gheva el regalo de poder vivir un día más, y otra al anochecer, rogándole de esa manera la posibilidad de sobrevivir hasta la mañana siguiente.
Y, de repente, sonó, marcando así el final de aquel día.
Era tal el poderío de aquel órgano que incluso sentada junto a la orilla del acantilado pudo sentirlo en su interior.
Quizás fue por el cansancio, por el olor a agua salada que se respiraba en el ambiente o por la melodía en agradecimiento a Gheva que sonaba en la lejanía, pero aquel momento de paz le pareció mágico.
Un regalo. Hoy había sido un día importante para Cincela y se sintió un paso más cerca de convertirse en la Capitana que durante tantos años había deseado ser.
Estando allí, contemplando el anochecer, se visualizó a ella misma por un momento, luchando codo con codo junto al Capitán Ramis, quien la vería con los ojos de un padre orgulloso.
Se imaginó volviendo al reino bajo el cálido clamor del pueblo de Lenov, coreando su nombre y, a lo lejos, en lo alto de la colina, a sus abuelos Dina y Azhna, quienes estarían sonriendo a medida que ella se acercase a ellos.
Ojalá ese día llegue pronto .