El Concilio de los Cuatro Reinos (El Eco de los Dioses 1) 1. Amanecer
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1. Amanecer

Azhna dobló de nuevo el envejecido manuscrito y lo ocultó en uno de los pliegues de su chaleco.

El mar estaba furioso aquella mañana. Las continuas embestidas de las olas contra los muros del reino de Lenov teñían de una salada humedad sus cicatrices.

Cicatrices que hablaban de guerras que fueron y guerras que aún estaban por acontecer.

Marcas permanentes, tatuadas en sus cimientos, que contenían historia y sangre, pero también valor y fe.

Heridas que hablaban de un pueblo que se vio forzado a abandonar su vida pacífica para defender su hogar y que, aún a día de hoy, continuaba con aquella lucha.

¿Cesarán algún día las incesantes oleadas de Hiniur?, caviló el anciano mientras escuchaba el romper de las olas bajo sus pies. ¿Llegará por fin el día en que los habitantes de Lenov podamos vislumbrar un nuevo amanecer sin preguntarnos si será el último que contemplemos?

Aun siendo de las personas más longevas de todo el reino, Azhna no recordaba aquellos tiempos de paz.

Desde que tenía uso de razón, el conflicto y la guerra siempre habían formado parte de su vida.

Sabía que hubo tiempos mejores, tiempos en los que el cuidado del rebaño y cuán fructífera sería la cosecha era lo único que inquietaba los corazones de la gente de Lenov.

Allí, sentado en el filo del acantilado, revisaba con pesar su copia de la antigua profecía.

Un escrito que llegó a sus manos cuando aún capitaneaba el ejército del reino y que, desde entonces, leía con asiduidad.

Quizás demasiada para tratarse de un texto tan desgarrador como aquel.

En sus párrafos se vaticinaba el regreso del dios Yavan y, con él, el fin de todas las cosas.

Nada de cuanto se hiciera, por más empeño que se pusiera, podría impedirlo.

Aquello que está escrito jamás puede cambiarse, murmuró Azhna para sí, recordando las palabras que algún día le dijo su padre.

Sumido en sus pensamientos, el anciano contempló el amanecer mientras daba el último trago del té que con tanto cariño le había preparado su esposa Dina.

Mientras despegaba la taza de sus labios y volvía a fijar su vista en el paisaje, recordó los días en los que blandía su espada y, con su jovial vitalidad, era capaz de defender el reino.

Añoraba aquellos tiempos, pero sentía también una gran tranquilidad, pues había delegado el cargo de Capitán en el hombre más preparado para ello de todo el reino: su hijo Ramis.

No existía padre más orgulloso que Azhna, pues el título de Capitán era otorgado únicamente a una persona en todo el reino, y suponía un honor que de nuevo recayera en alguien de su familia.

Era la bonita maldición con la que cargaba su dinastía, pues Ramis era el quinto en su árbol genealógico que heredaba aquella responsabilidad de capitanear las Cruzadas .

Tras cerciorarse de que sus pensamientos melancólicos le habían consumido más tiempo de lo debido, Azhna decidió volver a casa para cumplir con sus obligaciones diarias.

Ya estás viejo, pensó a medida que subía las escaleras principales hacia los dormitorios.

Con cuidado, abrió la puerta de la habitación donde descansaba la joven Cincela y se dirigió a la ventana situada al costado de la cama para abrirla de par en par, dando paso a los primeros rayos de sol que colorearon la habitación.

—Hora de levantarse, pequeña —susurró Azhna mientras le daba un beso en la frente—. Se nos ha hecho un poco tarde hoy.

Los párpados de Cincela se despegaron poco a poco cuando percibió la caricia de la brisa fresca. Se frotó los ojos, aletargada, preguntándose qué era aquello que demoraba tanto al abuelo. Una queja perezosa se escapó de sus labios mientras, entre bostezos, se estiraba tendida en la cama.

—¿Por qué tenemos que ir tan temprano, abuelo?

Azhna sonrió en respuesta, con una chispa divertida en sus ojos.

—Pensaba que esta semana no tendríamos entrenamiento —prosiguió ella entre bostezos—. Me aseguraste que nos la tomaríamos como descanso.

—Te he dejado en la mesa un vaso de leche, queso y una onza de pan —contestó Azhna con tono juguetón, ignorando la petición de su nieta—. Te estaré esperando en el granero y lo prepararé todo mientras desayunas.

Cincela estuvo a punto de quejarse de nuevo, pero la calidez del beso que su abuelo le dio sobre la coronilla antes de irse, reprimió su deseo.

Miró por la ventana una última vez.

¿Qué me tendrás hoy preparado?

La instrucción para futura Capitana era muy exigente. Desde que tenía uso de razón, a Cincela se la había estado formando para ello. Sabía que era un cargo repleto de responsabilidad y que ella heredaría llegado el momento.

Una vez desperezada y con el estómago lleno, Cincela descendió las escaleras de madera hacia el recibidor. Como era costumbre, su abuela Dina la estaba esperando con una tierna sonrisa.

—¡Buenos días, abuela! —exclamó Cincela con entusiasmo, devolviéndole la sonrisa.

Dina se adelantó y tomó los platos que cargaba la joven.

—Déjame encargarme de esto, anda —se ofreció sin abandonar la expresión cariñosa de su semblante—. Tu ve al granero, el abuelo te está esperando y, por lo que parece, se trae algo entre manos…

Cincela frunció el ceño.

—Algo… ¿bueno?

Dina se encogió de hombros.

—¿Malo?

Volvió a encogerse de hombros.

—¡Abuela! —se quejó Cincela, chasqueando la lengua.

—Ve y compruébalo tú misma. Pero primero ponte algo de calzado, no sea que…

Un tierno beso bastó como despedida antes de que Cincela abandonase la casa y dejase que el leve crujido de la puerta al cerrarse respondiese por ella.

—…vayas a hacerte daño —acabó de decir Dina, ya sola.

La anciana, sin perder la sonrisa, se quedó mirando en aquella dirección mientras ladeaba la cabeza.

Por alguna razón, recordó cuando Cincela era tan solo una niña pequeña que a duras penas alcanzaba el pomo de la puerta.

La misma que siempre conseguía encontrar la vieja armadura de su abuelo para “jugar”, por muy bien que intentaran esconderla.

Aquella niña inocente que una vez soñó con ser la próxima Capitana de Lenov, estaba a punto de dar, sin saberlo aún, un paso muy importante en su formación.

¿Cuándo ha sido que has crecido tanto, mi querida Cincela?

Cincela fue recibida por el olor a agua salada al salir por la puerta trasera.

La apacible brisa marina meció sus cabellos dorados y el canto de las gaviotas inundó el aire.

Desde niña, aquella parte de la casa había sido su favorita: una pequeña explanada verde que se extendía hasta una cascada con una abrupta caída hacia las aguas de Umbramar.

Para muchos no sería más que un trozo de tierra, pero para ella aquel lugar era, y siempre sería, su refugio.

Azhna ya lo había dispuesto todo para empezar la lección de aquel día. Los sacos de heno, que servían como muñecos de entrenamiento, estaban colocados en su lugar, y las espadas de madera que él mismo había fabricado estaban apiladas en un rincón.

Cincela fue aminorando la carrera a medida que llegaba hasta su abuelo y este la recibía con una sonrisa.

—Hoy tendrás un entrenamiento duro —dijo—. Y no pienses que voy a ponértelo fácil.

Cincela tardó unos segundos en responder, mientras se recomponía.

—No pretendo que lo hagas.

—Bien, bien.

Azhna caminó hacia las espadas que estaban amontonadas a un lado.

Las contempló durante unos segundos hasta que su mirada se posó en una en particular, que seleccionó y empuñó con firmeza.

Comenzó a moverla con una destreza asombrosa, desplegando una serie de cortes en el aire a gran velocidad.

Cada movimiento era fluido y preciso, como si la espada fuera una extensión natural de su propio cuerpo.

Era evidente que, pese a los años, su abuelo aún conservaba la destreza del Capitán que algún día fue.

Lo esperable era que Cincela hubiera sido entrenada por su propio padre, pero, debido a la importancia del cargo de Capitán y a las responsabilidades que ello acarreaba, a Ramis apenas le quedaba tiempo para su hija.

Sin embargo, Cincela se sentía afortunada de contar con su abuelo, que se esforzaba al máximo para suplir la ausencia de su progenitor.

Tras una breve demostración de su habilidad con el arma, Azhna acercó una segunda espada de madera a su nieta. No hicieron falta palabras; una posición de guardia y un sutil movimiento de su mano izquierda marcaron el inicio del duelo.

La joven optó por un ataque frontal aprovechando una aparente baja cobertura de su abuelo sobre el costado derecho de su torso, pero el filo del anciano encontró el corazón de Cincela mucho antes de que ella siquiera diera un paso al frente.

—Otra vez —exigió Azhna, adoptando nuevamente la posición de guardia.

El nuevo enfrentamiento no fue mucho mejor que el anterior. Cincela optó por una defensa más severa y no centrar su ofensiva en un ataque tan directo. Pero, nuevamente, el filo de Azhna encontró la forma de burlar su guardia y aterrizó en el pecho de su nieta.

—Debes vigilar más tu cobertura, de nada sirve atacar si el enemigo te alcanza antes —dijo el abuelo tras salir victorioso del enfrentamiento.

Cincela se limitó a asentir, pues su respiración agitada no le permitía pronunciar palabra alguna.

—¿Quieres que paremos? —propuso Azhna, bajando el arma al notar el evidente cansancio que parecía sufrir su nieta.

—No.

—Tomemos un breve descanso. Te prepararé...

—He dicho… que no —interrumpió ella entre jadeos—. Los Hiniur no me dejarían descansar.

Cincela corrió hacia su abuelo, su espada en alto. Azhna descendió la suya y cerró los ojos. Se centró en los sonidos que le envolvían: las olas chocando contra la roca, el aleteo de las aves sobre su cabeza y las pisadas apresuradas de Cincela al dar un nuevo paso hacia él.

¿Qué hace? Pensó la joven sin cesar su carrera. ¿Por qué se está dejando atacar?