El Concilio de los Antiguos (Crónicas del umbral nº 2) CAPÍTULO TREINTA Y TRES Lo que hay bajo el lago
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CAPÍTULO TREINTA Y TRES Lo que hay bajo el lago

No se lo conté a Caelen enseguida. Lo guardé un día, dos, como se guarda una astilla bajo la piel porque sacarla duele más que tenerla.

Pero habíamos jurado no más secretos, y un secreto así no se puede llevar solo sin que te pudra.

Así que la tercera noche subí a la sala de la Brasa, donde él velaba el fuego del mundo, y le conté lo que había visto cruzar a Edda.

La corriente fría del fondo. El hambre. Y cómo Edda no había caído en ella porque yo la había tejido.

Caelen escuchó sin moverse, con los reflejos de oro de la Brasa en la cara. Y cuando terminé, no dijo «no puede ser» ni «te lo habrás imaginado». Dijo algo mucho peor.

—Encaja —dijo, muy bajo—. Dios mío. Encaja todo.

—¿El qué?

—Mil años de preguntas que nunca me atreví a hacerme.

—Se levantó, y empezó a andar por la sala, alterado como no lo había visto—.

Liora, ¿por qué crees que los Antiguos son cada vez menos?

Eran legión cuando el fuego del mundo saltaba alto, y en el Solio conté nueve, quizá diez, medio borrados, rescoldos viejos.

Los dioses no deberían apagarse. Son eternos.

Y sin embargo se consumen. ¿De qué se alimenta un dios para no apagarse?

—Se volvió hacia mí—. Yo creía que del fuego del mundo, de la Brasa.

Pero la Brasa apenas les llega; por eso escribieron la Ley, para que durara mil años más entre Llama y Llama.

No. La Brasa es su lámpara. No su comida.

—Señaló hacia abajo, hacia el lago invisible bajo la casa—.

Su comida son las almas. Las que cruzan.

Las que se hunden en el lago creyendo que descansan.

No descansan, Liora. Bajan por esa corriente que viste, hasta el fondo del Umbral, hasta los Antiguos, y los Antiguos las consumen para no apagarse.

Un alma cada vez. Generación tras generación. Era. Tras era.

El horror me subió por la marca como un hielo con dientes.

—El Diezmo —susurré—. En Cendral. Una vida por generación, para que la frontera aguante. Nos dijeron que era para el Umbral.

—Era para ellos. —La voz de Caelen era pura ceniza—.

Y los guardianes nacidos del duelo, como yo: peones que mantienen abierta la despensa y bien surtida.

Y las Llamas que se consumen solas: una hoguera que les dura mil años.

Y la Ley, la santa Ley contra el amor… —Cerró los ojos—.

No protege el mundo del amor. Protege la cosecha.

Porque un guardián que ama, como yo, empieza a cruzar almas con cuidado, con ternura, y las almas cruzadas con ternura…

—me miró— se desvían de la corriente. Como Edda.

Escapan del hambre. Un solo guardián enamorado, cruzando bien a sus muertos, le quita unos bocados a los dioses.

Una Llama viva que teje podría quitárselos todos.

Podría enseñarle al mundo entero a cruzar bien.

Podría vaciarles la despensa para siempre.

Y ahí estaba. La cuenta que el Heraldo prefería borrarse antes que terminar en voz alta.

Cada alma que… Cada alma que cruza, nos alimenta.

Por eso no me temían como hereje. Una hereje solo desmiente una ley.

Yo era otra cosa. Yo era hambre para los que tienen hambre.

La única persona viva capaz de robarles la comida.

—Por eso el juicio —dije, atando el último cabo, y casi me reí del horror—.

Nunca quisieron solo demostrar que la Ley acertaba.

Querían que me volviera Morvenna. Una Llama que retiene, que aferra, que cruza mal o no cruza, no les vacía la despensa: se la llena.

Morvenna era la guardiana perfecta de su cosecha, aunque ella no lo supiera; tanto miedo a soltar que ni una sola alma se le escapaba bien cruzada.

—Me senté en el suelo, sin fuerzas—. Querían convertirme en su mejor granjera.

Y yo me empeñé en aprender a soltar. Por eso ahora me temen de verdad.

Nos quedamos mucho rato en silencio, el dios y la herbolaria, mirando arder la Brasa, con el peso entero del mundo asentándose por fin en su sitio verdadero, que era mucho más oscuro que cualquiera de los sitios donde habíamos creído que estaba.

—¿Y Brann? —dije al fin, con un nudo—. ¿Y Elia? Los crucé yo. Los tejí. ¿Están…?

—A salvo —dijo Caelen, y por una vez su certeza no admitía duda—.

Los cruzamos con amor, de la mano, los dos.

Como a Edda. Se desviaron de la corriente.

Llegaron a la otra parte. A donde el hambre no alcanza.

—Vino a sentarse a mi lado, y me pasó el brazo por encima—.

Ese es el único consuelo que nos queda esta noche, Liora, y es enorme: que los nuestros descansan de verdad.

No por suerte. Porque supimos soltarlos bien.

Es lo único que el mundo lleva mil años haciendo mal y que tú y yo, esta semana, hemos hecho bien tres veces.

Tres veces. Brann. Elia. Edda. Tres almas, de las incontables que caen cada día por la corriente fría hacia la boca del fondo.

Tres.

Miré la Brasa. Pensé en los muertos. En todos los muertos, de todas las eras, hundiéndose mansos en un lago que les prometía descanso y les daba dientes.

Pensé en mi madre, perdida en la niebla diecisiete años, todavía sin cruzar, todavía esperándome —y por primera vez di gracias de que no hubiera cruzado, porque cruzar sola habría sido caer en el hambre—.

Pensé en lo que sería cruzarlos a todos.

Uno a uno. Tejiéndoles a cada uno su camino a la otra parte.

Una vida entera no bastaría. Mil vidas no bastarían.

Pero alguien tenía que empezar.

—Caelen —dije—. Sé lo que vamos a hacer con el resto de nuestra existencia.

—Lo sé —dijo él—. Lo supe en el instante en que lo dijiste tú.