El Concilio de los Antiguos (Crónicas del umbral nº 2) CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO El primer hilo de regreso
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CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO El primer hilo de regreso

Hay una deuda que llevaba diecisiete años sin pagar, desde el día en que nací, y no podía empezar a liberar a los muertos del mundo sin saldarla primero. Sería deshonesto. Una no puede ir por ahí cruzando a los muertos ajenos mientras deja a la suya vagando perdida en la niebla.

—Voy a buscar a mi madre —le dije a Caelen, tres mañanas después de saber lo que había bajo el lago—. Hoy. Antes de empezar con nadie más. Es la primera. Tiene que serlo.

No me preguntó si estaba segura. Hacía tiempo que habíamos dejado de preguntarnos esas cosas; nos las leíamos en la cara. Solo dijo:

—Te anclo desde aquí. Si te internas demasiado en la niebla honda buscándola, el hilo del Juramento te traerá de vuelta. No te sueltes de él, pase lo que pase. Prométemelo.

—Te lo prometo.

Hollín quiso venir. Lo dejé venir hasta la orilla de la niebla y allí le dije que no, que esto era mío, que algunas puertas se cruzan solas. Me lamió la mano y se quedó sentado en el embarcadero, vigilando, un rescoldo terco bajo el cielo nuevo.

Y me interné en la niebla a buscar a la mujer que me dio la vida y murió haciéndolo.

* * *

Nunca conocí a mi madre. Eso lo sabéis ya.

Murió cuando yo nací, y crecí con la sombra de su ausencia y con las pocas cosas que Mira, que era un poco mayor, recordaba: que cantaba al amasar, que tenía las manos siempre frías y el regazo siempre caliente, que olía a tomillo.

Diecisiete años fabricándome una madre con tres datos y un hueco.

Y ahora, por primera vez, iba a encontrarla.

La niebla me conocía y se abría a mi paso, pero cuanto más me internaba hacia el norte, hacia lo hondo, más se resistía, más espesa, más fría.

Porque las almas que no cruzan bien no se quedan cerca de la orilla luminosa donde yo guiaba a los que morían en paz.

Derivan hacia dentro. Hacia abajo. Hacia la corriente fría que yo había visto bajo el lago, la que arrastra hacia el hambre del fondo.

Diecisiete años perdida significaba diecisiete años derivando hacia esa boca.

La encontré al borde de la corriente.

La reconocí antes de verle la cara, por lo que el Umbral hace con las almas: me devolvió, en su luz, los ojos de Mira y la barbilla de mi padre y, ahora que estaba delante, algo que era solo mío, mi propia frente, mi propia manera de fruncir el ceño.

Una mujer hecha de luz cansada, descolorida de tanto vagar, tan cerca ya de la corriente que un paso más la habría arrastrado.

—¿Liora? —dijo. Mi nombre. Lo dijo como lo había dicho diecisiete años en mi puerta del ala este, solo que ahora no era una trampa del Umbral.

Era ella—. Eres tú. Has crecido. Dios mío, has crecido tanto.

La última vez que te tuve cabías en mis manos.

—Su luz tembló—. Te he estado llamando. Tanto tiempo. ¿Me oías? A veces creía que me oías.

—Te oía —dije, y la voz se me rompió, porque diecisiete años de hueco se me cayeron encima de golpe—.

Creía que eras una trampa. El Umbral usa las voces de los muertos para hacer daño.

No sabía que eras tú de verdad. Mamá. —La palabra me supo rarísima en la boca; nunca la había dicho a nadie—.

Lo siento. Lo siento tanto. He tardado diecisiete años.

—No. —Su luz se acercó, y sentí un frío que quería ser un abrazo y ya no sabía cómo—.

No lo sientas. Has venido. Eso es lo único.

Has venido. —Me miró, y en su cara de luz cansada hubo una alegría tan pura que casi no la soporté—.

Y mírate. Eres la que teje. Lo veo. Naciste con ello; lo supe al tenerte, ardías distinto a tu hermana.

Por eso me costó la vida traerte: traías demasiado fuego para una sola madre.

—Una risa de luz—. Valió la pena. Cada gota. Mírate.

Y entonces, claro, llegó el tirón.

El mismo de siempre. El de Edda, el de Brann, el de Mira en la ventana.

Pero este era el peor de todos, el definitivo, porque era mi madre, la madre que nunca tuve, la que acababa de encontrar después de diecisiete años, y la voz dulce del fondo de mí —que ya no venía de ninguna puerta, que ya sabía que era solo mía— me dijo lo que llevaba toda la vida queriendo oír: quédatela.

Por fin la tienes. No la has tenido nunca.

Tienes el poder. Téjela hacia el mundo, no hacia el lago.

Dale una vida. Dásela a Mira. Una madre, por fin, para las dos.

¿No es justo? ¿No te lo mereces, después de todo?

Una sola. Solo a esta. Nadie lo sabría. Sería tu pequeño secreto.

Tu única egoísmo en una vida entera de soltar.

Y, queridos, no os voy a mentir a estas alturas: la quise tener. Con toda el alma. Más que a nada en el mundo, durante un instante larguísimo, quise tejer a mi madre hacia la vida y llevármela a casa y tener, por una vez, lo que nunca tuve.

Mi madre me miró. Y —porque las madres ven, aunque solo te hayan tenido un instante— supo lo que estaba pensando.

—No —dijo, con dulzura, antes de que yo dijera nada—.

Sé lo que puedes hacer. Lo veo en tus manos; ya están buscando mi hilo.

Y sé lo que quieres. Lo querría yo en tu lugar.

—Su luz se entristeció—. Pero llevo diecisiete años aquí, hija.

Cansada de un cansancio que no entiendes hasta que lo tienes.

Vagando. Llamándote. Sin descanso. Y al otro lado del lago, hace diecisiete años, hay alguien esperándome.

—Sonrió—. Tu padre cruzó tres años después que yo, ¿lo sabías?

De pena, los del pueblo dijeron. Yo creo que de ganas de alcanzarme.

Y no me ha alcanzado, porque yo me quedé enganchada aquí, llamándote, sin cruzar.

Diecisiete años él esperándome en la orilla buena y yo sin llegar.

—Su luz se inclinó hacia mí, suplicante y serena a la vez—.

No me retengas, Liora. No me des una vida prestada en un mundo que ya no es el mío.

Dame lo otro. Lo que sabes dar y casi nadie sabe.

Crúzame bien. Llévame a la orilla buena, a la que escapa de la corriente, donde me espera tu padre.

Es lo único que quiero. Lo único que he querido diecisiete años, después de volver a verte una vez.

Y ya te he visto. Ya está. Ya puedo irme.

Pero irme a casa, no quedarme. A casa, hija.

Lloré. De rodillas en la niebla honda, al borde de la corriente fría, lloré por la madre que tuve diez minutos y solté para siempre.

Y la crucé.

No la retuve. No la abandoné a la corriente.

Hice lo tercero, lo que Brann me enseñó muriéndose: la tomé de la mano —su mano fría, por fin, la mano fría que Mira recordaba— y la guie.

La aparté de la corriente del hambre. Le tejí, hebra a hebra, el camino a la orilla buena, el alto, el cálido, el que escapa del fondo.

Y la llevé despacio, cantándole por dentro la única nana que conocía, que resultó ser una que ella me había dejado en la sangre sin yo saberlo, hasta la última orilla donde una viva no puede pasar.

—Mira —le dije, igual que le había dicho a Brann—. Te espera. Siempre te esperó. Ve.

Y en la otra orilla había una luz esperando, una sola, de pie diecisiete años, y cuando mi madre la vio soltó mi mano sin un titubeo —porque hay amores por los que se suelta otro amor— y cruzó hacia ella, y las dos luces se encontraron, y se fueron juntas hacia el descanso de verdad, el que el mundo solo cree que reparte.

Me quedé mucho rato de rodillas. Vacía. Entera. Huérfana otra vez y por primera vez en paz con serlo.

Después tiré, suave, del hilo del Juramento. Y Caelen, desde la Casa, tiró de vuelta. Y me dejé llevar a casa por el único hilo que sí elegí no soltar nunca.

Cuando salí de la niebla al embarcadero, Hollín me esperaba donde lo había dejado, y Caelen en la puerta, y el cielo nuevo encima.

—¿Lo has hecho? —preguntó él.

—La primera —dije—. De muchas. —Me sequé la cara—.

Mi madre descansa. De verdad. La he visto cruzar a la orilla buena con mi padre.

—Miré la niebla, hacia dentro, hacia el norte, hacia los incontables que aún derivaban hacia el hambre—.

Quedan todos los demás, Caelen. Todos los muertos del mundo, cayendo cada día por esa corriente. Una vida no basta. Mil no bastan.

—No —dijo él, y me tomó la mano—. Pero acabas de cruzar a la primera. Y la primera es la que demuestra que se puede. El resto es solo… seguir.

Seguir. La palabra más pequeña y más grande que existe.

Entramos en casa. Esa noche hice pan, malo como siempre, y por primera vez desde que murió Brann no lloré al hornearlo. Lloré por mi madre, que es distinto: lloré soltando, no aferrando. Y el pan salió igual de malo y supo, por una vez, casi a paz.