El Concilio de los Antiguos (Crónicas del umbral nº 2) CAPÍTULO TREINTA Y DOS La abuela Edda
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CAPÍTULO TREINTA Y DOS La abuela Edda

A la tercera mañana de pan malo, crucé a Cendral. Tenía dos deudas pendientes en el mundo de los vivos, y las dos llevaban demasiado esperando.

La primera era Mira.

La encontré en el huerto del curandero, aprendiendo a secar hierbas, con las manos manchadas de tierra y el sol en el pelo. En cuanto me vio, supo. Ya os he dicho que mi hermana me lee la cara desde antes de saber leer letras; me miró cruzar el huerto y se le cayó el manojo de tomillo de las manos.

—Ha muerto alguien —dijo—. Alguien tuyo. Lo tienes en toda la cara.

—Sí. —No le puse la cara de no asustarla.

Se lo había prometido en aquella misma orilla del río, hacía unas semanas y una vida entera: te lo voy a contar todo, lo grande y lo pequeño.

Y pensaba cumplirlo—. Ven. Siéntate. Te voy a contar dónde he estado.

Todo. Hasta lo que da miedo. Me lo pediste, y tenías razón en pedírmelo, y he tardado demasiado en tratarte como lo que eres.

Y se lo conté. El Concilio. El juicio. El Heraldo.

Mi tentación, la oscura, la de no soltar; no se la maquillé, le conté que casi me vuelvo de hielo, que estuve a un grado de abrir una puerta que no debía.

Le conté lo de Brann entero, desde el pan torcido hasta la última luz cruzando el lago hacia su mujer y su cría.

Le conté que el Heraldo sabía lo de su brasa secreta, y que por eso, ahora más que nunca, no debía hablarle a nadie de ella, pero que ya no por miedo a que la creyeran loca, sino porque había dioses que tomaban nota.

Y le conté —porque era la promesa— que no sabía protegerla del todo, que no podía jurarle que no vinieran a por ella algún día, pero que mientras yo ardiera, ardería entre ella y el frío.

Mira me escuchó sin interrumpir, que en ella es la cosa más rara del mundo. Y al final, en vez de asustarse, hizo algo mejor: me tomó las manos, las que habían tirado del hilo de Brann y habían tejido su cruce, y dijo:

—Entonces tengo que aprender. —Levantó la barbilla, mi hermana de diecisiete años, la que sané de un milagro—.

Si llevo una brasa dentro y vienen dioses a por ella, no pienso ser la damisela que esconde su hermana en un armario.

Enséñame lo que eres, Liora. Poco a poco.

Lo que se pueda. No quiero ser tu punto débil. Quiero ser otra brasa.

Y yo, que había cruzado la niebla para protegerla, me encontré de pronto ante la posibilidad de algo que no había contemplado: no una hermana que proteger, sino una que un día ardería a mi lado.

Me dio miedo. Me dio esperanza. Me dio, sobre todo, la sensación de que la historia no terminaba aquí, de que apenas empezaba otra. Pero esa también es para más adelante.

—Poco a poco —dije—. Te lo prometo. Pero hoy no. Hoy tengo la otra deuda.

La otra deuda era Edda.

La abuela de los Ferrén llevaba semanas apagándose, y mientras yo estaba en el norte jugándome el mundo, había seguido apagándose sin mí, como se apagan las velas buenas: sin prisa, dando luz hasta el final.

Cuando entré en su cuarto, supe que era esa noche.

Lo supe como lo sé ahora todo: leyéndole el hilo, que estaba ya finísimo, casi del otro lado.

—Has tardado —me dijo, con un hilo de voz, abriendo un ojo—. Te dije que estuvieras.

—Estoy. —Me senté en el borde del jergón y le tomé la mano de papel—. Estoy, Edda. Perdona la tardanza. Tuve que ir a aprender una cosa antes de poder hacer bien esto.

—¿El qué?

—A soltar —dije—. Resulta que no sabía. Creía que sí.

Una herbolaria que se pasa la vida con moribundos y resulta que no sabía soltar a ninguno; los empujaba al otro lado y me daba la vuelta deprisa para no sentir el tirón.

Eso no es soltar. Eso es huir. —Le apreté la mano—.

Un amigo me enseñó hace unos días la diferencia, y le costó la existencia entera enseñármela, así que voy a hacerlo bien contigo, en su honor.

No te voy a empujar. Y no te voy a retener. Te voy a llevar.

Edda sonrió, esa sonrisa desdentada y guapísima de los muy viejos que ya no le temen a nada.

—Llévame, pues, herbolaria —dijo—. Que estoy cansada de un cansancio que no arregla dormir.

Las mismas palabras de Brann. A veces creo que los que están listos para cruzar hablan todos el mismo idioma, uno que los vivos solo aprendemos al final.

Le solté el cuerpo del dolor, como siempre.

Y luego hice lo que Brann me enseñó: tendí mi don, encontré su hilo, y en vez de empujarlo, lo tomé de la mano.

Y crucé con Edda la niebla —que para ella fue, como le prometí hacía una vida, un camino entre abedules en flor—, y la llevé despacio hasta la orilla del lago de aguas tibias, y allí, en la última orilla, donde una viva no puede pasar, le solté la mano.

—No tengas miedo —le dije—. Suéltate como se suelta una hoja de la rama. Cuando estés lista. Yo te sostengo hasta el último instante, y ni uno más, porque más sería cárcel.

Y Edda se soltó. Y cruzó. Y la vi hundirse en el agua tibia, transformada en una luz, una de tantas, mansa, en paz.

Y entonces —porque ahora miraba donde antes me daba la vuelta para no mirar— vi algo que no había visto en toda mi vida de cruzar almas. Vi a dónde iban las luces después de hundirse.

No se quedaban en el lago. Bajaban. Había una corriente, en el fondo, una corriente fría que las arrastraba más allá, hacia abajo, hacia el norte profundo, hacia algo grande y oscuro y hambriento que latía en el fondo del mundo y que las recibía no como una orilla recibe a un náufrago, sino como una boca recibe a un bocado.

Solo lo vi un instante. La luz de Edda, hundiéndose, empezó a derivar hacia esa corriente. Y el corazón se me paró, porque comprendí, de golpe, con un horror que me dejó sin aire, que «el descanso» que yo llevaba toda mi vida prometiéndoles a los moribundos quizá no fuera descanso en absoluto.

Pero Edda no derivó.

Su luz, en lugar de dejarse arrastrar por la corriente fría como las demás, se desvió.

Se apartó del hambre. Y siguió otro camino, uno más alto, más cálido, uno que las otras luces —las que cruzaban solas, sin que nadie las tejiera— no parecían encontrar.

Edda cruzó hacia otra parte. Hacia un más allá que la corriente hambrienta no tocaba.

Y entendí, en ese mismo instante de horror, la otra mitad: que la había salvado sin saberlo.

Que tejerle el cruce con amor, llevarla de la mano en vez de empujarla, le había abierto una puerta distinta.

Que las almas que una Tejedora cruza bien no caen en la boca del fondo.

Encuentran el descanso de verdad, el que el mundo solo cree que reparte.

Volví a la niebla temblando. No de pena. De saber.

Porque acababa de comprender, los dos a la vez, el horror y la esperanza:

Que casi nadie descansa. Que casi todos los muertos del mundo, los que cruzan solos, caen en la boca del fondo.

Y que yo era, quizá, la única persona viva capaz de cruzarlos a otra parte.