El Concilio de los Antiguos (Crónicas del umbral nº 2) CAPÍTULO TREINTA Y UNO La casa sin Brann
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CAPÍTULO TREINTA Y UNO La casa sin Brann

La casa lo notó antes que nosotros. Las casas saben de ausencias; para eso están hechas, para guardar lo que ya no está.

Los pasillos no se alargaron a recibirnos como antes.

Las luces tardaron un instante de más en encenderse a nuestro paso, como quien tiene que acordarse de sonreír.

Y la cocina —entramos a la cocina sin decidirlo, los pies nos llevaron solos— estaba fría.

El horno apagado. La masa de la última mañana, la del pan que Brann había quemado defendiendo la casa él solo, seguía en el cuenco, agria ya, imposible.

Su paño de cocina colgaba del gancho de siempre.

Caelen se quedó en el umbral. Yo entré, toqué el cuenco de masa muerta, el paño, el borde de la mesa donde Brann se apoyaba a refunfuñar.

Y se me vino encima, de golpe, todo lo pequeño, que es siempre lo que de verdad mata: que nunca más olería a pan por las mañanas.

Que nunca más me diría niña con esa mezcla de regañina y cariño.

Que la tercera hogaza con forma de bota había sido la última broma que compartimos y yo ni siquiera me había reído lo suficiente.

—No sé cómo se hace esto —dije.

—¿El qué?

—Vivir en una casa de la que falta alguien. —Apreté el paño contra la cara; olía, todavía, a humo y a harina—. Tú llevas mil años. Enséñame.

Y Caelen, el dios que durante mil años eligió no sentir precisamente para no tener que aprender esto, cruzó la cocina y me abrazó, y noté que él también temblaba, y comprendí algo que me rompió y me recompuso a la vez: que para Caelen esto era nuevo.

Él había apagado la vela hacía mil años justamente para no volver a sentir una pérdida.

Y ahora, por haberme querido, por haber vuelto a encender la vela, sentía esta.

Brann había sido suyo mil años antes de ser mío.

Y Caelen, por primera vez en diez siglos, se permitía llorar a alguien.

—No se aprende —dijo, con la voz rota contra mi pelo—.

Esa es la trampa que yo me creí mil años: que si no sentías, no dolía, y por tanto era mejor no sentir.

Y es verdad que no duele. Pero tampoco vives.

Una casa de la que no falta nadie es una casa donde nunca ha entrado nadie que importara.

—Me apartó para mirarme—. El hueco que deja Brann duele porque Brann mereció la pena.

Si no doliera, sería un insulto a lo que fue.

Así que no, Liora, no vamos a aprender a que no duela.

Vamos a aprender a llevarlo. Que es otra cosa.

Hollín entró entonces en la cocina, trotando, y fue derecho al gancho del paño, y se sentó debajo, y miró hacia arriba, y esperó.

Esperó a que un viejo de bordes borrosos descolgara el paño y le tirara un mendrugo como cada mañana durante el último año.

Esperó un rato largo. Y luego, cuando entendió —porque los animales entienden, solo que tardan, porque no quieren—, se hizo un ovillo bajo el gancho, justo donde Brann solía estar, y se quedó allí, y soltó un sonidito que no era ladrido ni maullido, sino la cosa más triste que he oído hacer a una llama.

Nos sentamos los tres en el suelo de la cocina fría, alrededor del hueco de Brann, y le hicimos lo único que se le puede hacer a una buena ausencia: compañía.

Esa noche no encendimos el horno. Pero a la mañana siguiente sí.

Lo encendí yo. Saqué la masa agria, la tiré, hice una nueva con mis manos torpes, siguiendo lo que le había visto hacer mil veces, y horneé pan.

Salió mal. Salió denso y pálido y con un lado quemado, mucho peor que el peor de Brann.

Caelen se comió dos rebanadas y dijo que estaba bueno, mintiendo fatal, igual que yo le había mentido a Brann el primer día.

—Está malísimo —dije, y me reí, y lloré, las dos cosas, que ya iba siendo mi manera de estar en el mundo.

—Está malísimo —admitió Caelen—. Hazlo otra vez mañana.

Y lo hice. Y al día siguiente. Y aún hoy lo hago, y aún sale peor que el de Brann, y nunca dejará de salir peor que el de Brann, y esa es justamente la idea.

La habitación con la ventana abierta. El pan que nunca estará a la altura, hecho cada mañana, para acordarme de que una vez vivió en esta casa un panadero que cruzó la niebla por amor hace cuatrocientos años y tardó cuatro siglos en llegar a casa, y que en el camino, de paso, me enseñó a mí a abrir la mano.