CAPÍTULO TREINTA El precio que queda
Volvimos a casa sin prisa, porque ya no había a dónde llegar corriendo.
La niebla honda nos dejó pasar como deja pasar a los que ya no le temen ni la desean.
El campo de las puertas estaba en silencio.
Pensé que era porque yo había cambiado, y en parte lo era; pero también, lo supe después, porque el Concilio había retirado la mano, y sin nadie alimentándolas, las puertas eran solo lo que siempre fueron por debajo del miedo: madera vieja plantada en la nada, sin nada detrás.
Caelen remaba. Yo iba en la proa, con Hollín dormido en el regazo —de nuevo gordo, de nuevo caliente—, contando lo que habíamos ganado y lo que habíamos pagado, porque por lo visto se me había pegado del Heraldo la fea costumbre de contar.
Habíamos ganado el juicio. La Ley admitía excepción; ya no éramos herejes condenados, sino un caso que la eternidad tendría que digerir.
Habíamos salvado la frontera, la Brasa, Cendral, el mundo.
Habíamos vuelto a forjar el Juramento por voluntad, y ardía más firme que nunca.
Habíamos soltado a nuestros muertos —yo a Brann, Caelen a Elia— y los habíamos cruzado bien, con amor, hasta la otra orilla.
Y aun así, hagan las cuentas que quieran los dioses, salía a pérdida.
Porque Brann no volvía.
Esa era la cifra que no cuadraba por mucho que la mirara.
Habíamos hecho lo correcto, y lo correcto costaba un viejo panadero de bordes borrosos que me llamaba niña y me quemaba el pan y me había enseñado, muriéndose, la única lección que de verdad sostenía un mundo.
No había trampa que deshacer, ni dios que vencer, ni puerta que abrir para recuperarlo.
Lo había soltado yo misma, con mis manos, sabiendo que era para siempre.
Esa es la diferencia entre las pérdidas que te arrebatan y las que eliges: las primeras te dejan rabia, que al menos da calor; las segundas te dejan solo el hueco, limpio y exacto, con tu propia huella dentro.
—Lo echo de menos —dije, a la niebla, a Caelen, a nadie—. Llevamos un día y ya lo echo de menos. ¿Cómo voy a echarlo de menos toda la vida?
—De menos cada día —dijo Caelen, sin dejar de remar—.
Pero no del mismo modo. Lo sé porque llevo mil años echando de menos a Elia, y hasta hace una semana lo hacía mal: con el puño cerrado, como una herida que no dejaba cicatrizar para no olvidarla.
Eso no es echar de menos. Es no soltar. —Hundió el remo en el agua—.
Ahora que la he cruzado, la echo de menos de otra manera.
Duele igual. Pero el dolor ya no me pudre.
Es más como… —buscó la palabra, él, que mil años no había tenido palabras para nada de esto— como una habitación de la casa donde ya no vive nadie, pero que dejas tal cual, con la ventana abierta, porque te gusta pasar por delante y acordarte.
Eso le vamos a hacer a Brann. Una habitación con la ventana abierta. No una herida.
Lloré un poco. Lloré bien, esta vez; no el llanto rabioso del que no acepta, sino el otro, el que riega.
—El Concilio no ha terminado, ¿verdad? —dije, cuando se me pasó—. Lo de «el Concilio se retira». No era una rendición.
—No. —La cara de Caelen se ensombreció—.
Era una retirada. Distinto. Hemos ganado el juicio, Liora, pero no hemos ganado la guerra, porque hasta hoy no sabíamos que había una guerra.
Hemos demostrado que la Ley era falsa. Eso no destruye a los Antiguos.
Solo les quita la excusa. Y un dios sin excusa para hacer lo que ya quería hacer no se vuelve bueno.
Se vuelve sincero. —Me miró—. El Heraldo dejó de fingir que nos juzgaba por el bien del mundo.
La próxima vez que venga, vendrá por lo que de verdad le asusta. Y le asustas tú.
—Por Mira —dije, y el frío me subió por la marca recién encendida—. Lo sabe. Lo dijo. «Tu hermana, que también arde un poco.»
—Por Mira, sí. Pero no solo. —Caelen dejó de remar un momento, y la barca se meció en el agua tibia, entre las luces lentas de las almas que cruzaban—.
Por lo otro que dijo. Lo del fondo del lago.
«No vuelvas a preguntar qué hay bajo el lago.
» —Me sostuvo la mirada—. Liora, llevo mil años cruzando almas a ese lago, prometiéndoles el descanso.
Y nunca he visto qué hay al otro lado. Ningún guardián lo ha visto.
Nos enseñaron que más allá está el descanso, y nunca lo comprobamos, porque ¿quién comprueba el cielo?
—Tragó—. Pero hoy, por primera vez, un dios del orden ha tenido más miedo de que yo terminara una frase que de perder un juicio.
Y eso, después de mil años, me ha hecho una pregunta que no sé cómo dejar de hacerme.
No contesté. Porque a mí me pasaba lo mismo, y porque algunas preguntas, una vez te las haces, ya no te dejan dormir, y aquella —¿a dónde van de verdad los muertos que cruzan?— iba a quitarme el sueño durante mucho, mucho tiempo.
Pero esa noche no. Esa noche solo quería llegar a casa.
Doblamos el último recodo de niebla, y allí estaba: la Casa de los Velos en su isla, con las ventanas otra vez encendidas, los velos meciéndose, el invernadero latiendo en rojo al fondo. Hermosa. Entera. A salvo.
Y vacía de la única manera que importaba.