CAPÍTULO VEINTITRÉS El Juramento roto
No vinieron. No hizo falta que vinieran. Cuando un dios que escribió las leyes del Umbral quiere tocar algo dentro del Umbral, le basta con decidirlo.
La voz del Heraldo cayó sobre el lago sin que él estuviera, fría y exacta, llenando la noche entera:
—Cargo tercero, probado. La Llama, puesta ante aquello que ama, ha retenido.
Se ha negado a soltar. Ha herido la frontera, ha hecho parpadear la Brasa y ha desgarrado a un alma para conservarla.
Queda demostrado, ante este Concilio y ante el Umbral todo, que el amor de una Llama, llevado a su extremo, es exactamente lo que la Primera Ley advierte.
—Una pausa, sin triunfo, peor que cualquier triunfo—.
Se ejecuta la sentencia. Se disuelve el vínculo.
—No —dije, y por primera vez en horas solté el hilo de Brann, porque un terror nuevo me apartó del viejo—. No, ese no, el de Brann tíramelo, pero el nuestro no, ese no—
Demasiado tarde. Siempre demasiado tarde; ya os he dicho que es la trampa de las últimas veces.
Sentí cómo me arrancaban el Juramento de Ceniza igual que se arranca una raíz viva: no de golpe, sino fibra a fibra, cada una con su propio tirón de dolor.
La flor de ceniza sobre mi corazón, la marca que me había unido a Caelen desde la noche en que anclamos el fuego del mundo, se enfrió. Se apagó. Se borró.
Y de pronto no lo sentí.
No sé cómo explicarle a quien no lo haya vivido lo que es perder de golpe a la persona con la que llevas un año compartiéndolo todo, no metafóricamente, sino de verdad, hilo a hilo, latido a latido.
Durante un año había sabido siempre dónde estaba Caelen sin mirar, había sentido su cansancio como propio, había descansado yo para que él durmiera y dormido yo mientras él velaba.
El Juramento no era una cadena, como decía el Heraldo.
Era una ventana. Una ventana abierta entre dos personas por la que pasaba el calor.
Me la tapiaron. En un instante. Caelen seguía a tres pasos de mí, en el mismo embarcadero, bajo el mismo cielo, y de repente estaba más lejos que la luna.
Lo miré y vi a un desconocido. Un hombre guapo y gris al otro lado de un cristal.
Y supe que él me veía igual, porque vi en su cara el mismo espanto: el de quien tiende la mano hacia donde siempre había alguien y la encuentra vacía.
—Caelen —dije.
—Te oigo —dijo él—. Pero no te siento. —Se llevó la mano al pecho, a su propia grieta—. No te siento, Liora.
Y entonces, sobre el lago, la voz del Heraldo dijo lo que de verdad había venido a decir, lo que era el filo bajo el filo, la herida bajo la herida:
—Ahora que no os sentís —dijo, con una suavidad insoportable—, preguntaos lo único que importa.
Durante este año, ¿os queríais? ¿O solo os sentíais?
Porque el vínculo os obligaba a sentir lo del otro como propio.
Os obligaba a cuidaros, a echaros de menos, a doleros juntos.
Eso no es amor. Eso es química. Una atadura que yo mismo permití que se formara, calculando este día.
—Su voz se hizo seda—. Os enamorasteis de una correa, criaturas.
Y ahora que os la he quitado, vais a descubrir que debajo no había nada.
Que erais dos solitarios a los que un hilo mágico les hizo creerse uno.
Miraos. Miraos ahora, sin el hilo. ¿Qué sentís el uno por el otro?
—Una pausa exacta, cruel, perfecta—. Nada, ¿verdad?
Frío. Distancia. Un desconocido bajo la lluvia.
Eso es lo que siempre fue. Yo solo os he quitado la venda.
Y lo peor, lo más cruel de todo, fue que por un instante —medio segundo, el mismo medio segundo en que casi acepté a mi madre, en que Caelen casi imaginó a Elia— le creí.
Miré a Caelen al otro lado del cristal del mundo, sin sentir su calor por primera vez en un año, con el cadáver de mi don oscuro enfriándoseme en las manos y a Brann deshecho a medio lago, y pensé, con un horror que me vació por dentro: ¿y si tiene razón?
¿Y si nunca fue amor? ¿Y si solo fue la correa, y debajo no hay nada, y ahora estoy sola de verdad, como lo estuve siempre, como lo estaremos todos al final?
La Brasa, arriba, dio un último parpadeo largo. Y empezó, despacio, a apagarse.
Y así, queridos, fue como lo perdimos todo en una sola noche: a Brann a medio cruzar, el vínculo roto, el fuego del mundo muriéndose otra vez, y los dos —el dios y la herbolaria— de pie en el mismo embarcadero, más solos que nunca, dudando si lo que habíamos vivido había sido amor o solo el eco de una cadena.
Esa noche no salió la luna. Ni nueva ni de ninguna clase. El cielo, recién estrenado hacía un año, volvió a cerrarse como una tapa.
Y yo dejé de contar la historia como una victoria. Porque a partir de aquí, durante un trecho, no la hubo.