CAPÍTULO VEINTIDÓS Lo que cuesta sostener
Hay una cosa que nadie te cuenta sobre retener a un muerto: que no funciona.
Yo creía que tirar del hilo de Brann lo traería de vuelta.
Que se reharía en el embarcadero, gruñón y entero, con su paño de cocina, y que volveríamos a casa los cuatro y yo habría vencido a la muerte por amor.
Eso creía la voz dulce del campo de puertas.
Eso me prometía: tráelo, tráelo, lo recuperas entero.
Mentía. Como mentía con todo.
Lo que conseguí tirando no fue traer a Brann de vuelta.
Fue impedirle marcharse. Y son cosas distintas, tan distintas como un abrazo y un grillete.
Brann no se rehacía en la orilla. Brann se quedaba colgando a medio cruce, deshilachándose, ni de este lado ni del otro, atrapado en el umbral por mi puño cerrado.
Cada vez que yo tiraba, no lo acercaba: solo le impedía alejarse, y para impedírselo tenía que romperlo un poco más, porque su esencia ya estaba decidida a cruzar y yo la obligaba a quedarse contra su naturaleza.
—Para —me rogaba, y su voz ya casi no era voz—. Niña, mírame, mira lo que me haces. No me traes. Me desgarras. Cada vez que tiras, me arrancas una hebra para que no me vaya. Me estás deshaciendo para tenerme. ¿Eso es quererme? ¿Tenerme roto a la puerta para siempre?
—Si te suelto, te pierdo —sollozaba yo—. Si te suelto ya no estás. En ninguna parte. Para siempre. No puedo. Brann, no puedo, no me pidas eso, no puedo soltar a nadie más, estoy harta de soltar, llevo toda la vida soltando, a mi madre, a Edda, a todos, y ahora a ti, no, a ti no, tú no.
Y mientras discutía con un muerto, el mundo pagaba la factura.
Lo sentía por la marca, por el Juramento, por el hilo que me unía a la frontera.
La grieta sellada se reabría por las costuras cada vez que yo perturbaba el cruce.
El lago se enturbiaba. Y lejos, en su sala de la planta de arriba, la Brasa Primera —el fuego del mundo, el que Caelen y yo anclábamos con nuestro amor— empezó a parpadear.
Lo noté como se nota el corazón saltándose un latido.
Una vez. Dos. La Brasa, que llevaba un año ardiendo firme y dorada, titubeaba, porque una de sus dos guardianas estaba dejando de ser una Llama que sostiene para convertirse en una Llama que aferra, y un fuego no se sostiene con puños cerrados.
Se sostiene con manos abiertas. Eso era toda la herejía.
Eso era todo lo que el Concilio temía que demostráramos, y yo lo estaba desmintiendo con cada tirón.
Y más lejos aún, al otro lado de la niebla, en un pueblo bajo un cielo recién estrenado, una muchacha de diecisiete años se llevó la mano al pecho de golpe, en mitad de la cena, porque la brasita secreta que le latía dentro se había enfriado de pronto, y no supo por qué, y tuvo miedo.
Mira tuvo miedo, y yo, que era la causa, ni siquiera lo supe hasta después.
La escarcha me subía ya por las muñecas. Hermosa. Pálida. Mortal.
—Liora. —La voz de Caelen, a mi espalda, no me ordenaba parar.
Eso me destrozaba más que cualquier orden—.
Sigo aquí. No me he ido. Pase lo que pase, no me voy a ir.
—Un silencio—. Pero la Brasa parpadea. Y si se apaga, no nos llevamos por delante solo a nosotros.
Nos llevamos a Mira. Y a Cendral. Y a todos los que cruzan.
—Su voz se quebró—. No te lo digo para que sueltes.
Te lo digo porque me juraste no más secretos, y este es el último: que el precio de tenerlo no lo pagas solo tú.
Lo pago yo. Lo paga tu hermana. Lo paga el mundo entero.
Y Brann, sobre todo, que es a quien dices querer salvar y a quien estás rompiendo hebra a hebra para que no se vaya a casa.
No solté. Todavía no. Que quede claro, porque viene siendo hora de que alguien diga la verdad sobre el duelo: que en el momento, en el peor momento, saber lo correcto no basta.
Yo sabía todo lo que Caelen decía. Lo sabía mejor que él.
Y aun así seguí tirando, porque el dolor de soltar a Brann era, en aquel instante, más grande que el mundo entero, más grande que Mira, más grande que la frontera, más grande que la propia luz que se le iba al pobre viejo entre mis manos.
El duelo es el imperio más egoísta que existe. Lo arrasa todo y se cree con derecho.
Tiré.
Y entonces el Concilio, que llevaba toda la noche mirando desde su trono de hielo, decidió que ya había visto suficiente.