El Concilio de los Antiguos (Crónicas del umbral nº 2) CAPÍTULO VEINTICUATRO A oscuras
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CAPÍTULO VEINTICUATRO A oscuras

Pasamos tres días a oscuras. No sé si fueron tres; el tiempo, sin el cielo y sin el Juramento, se me volvió de melaza.

Los cuento en tres porque tres veces dormí y desperté sin saber dónde estaba Caelen, y esa fue la peor parte: despertar y tener que buscarlo con los ojos, como se busca a un extraño, después de un año de saber siempre dónde estaba sin mirar.

La Casa de los Velos se enfrió. No del todo, no de golpe, sino como se enfría un cuerpo: de fuera hacia dentro, despacio, perdiendo primero las manos.

El pan de Brann se acabó al segundo día.

Me comí el último mendrugo sentada en el suelo de la cocina, sola, y supe que cuando se terminara no habría más pan en aquella casa nunca, y lloré por una cosa tan pequeña como el pan porque era más fácil que llorar por todo lo demás.

Brann seguía a medio cruce. No lo había soltado del todo, pero tampoco tiraba ya; lo tenía ahí, suspendido, deshilachándose despacio en el umbral del lago, ni vivo ni muerto ni descansado, en la peor de las treguas.

Cada vez que pasaba cerca del agua lo oía, finísimo, no reprochándome —Brann nunca reprochaba—, solo cansado: suéltame, niña, cuando puedas.

No hay prisa. Pero suéltame. Y yo no podía.

Soltarlo significaba aceptar que la noche entera había sido para nada, que lo había roto a medias y encima lo perdería igual.

Y Caelen se apagaba.

Lo veía por la casa como un fantasma más, gris otra vez, los ojos volviendo despacio del plata vivo al plomo muerto que tenían cuando lo conocí.

Sin el Juramento que compartía la carga, la frontera lo volvía a desangrar solo, como mil años atrás.

Y, peor, lo veía mirar hacia el norte. Largo. Demasiado.

Al tercer día lo encontré en el invernadero, junto a la flor de brasa, la que plantó el día que apagó la vela. La flor estaba muriéndose. Roja y latiendo hacía un año; ahora gris, mustia, doblada. Como él.

—Vas a aceptar —dije. No me salió como acusación. Me salió como un cansancio.

No lo negó. Eso fue lo que me heló.

—Si me someto —dijo, sin volverse—, disuelven la Brasa con piedad en lugar de dejarla agonizar.

El mundo no se derrama; se apaga despacio, sin dolor.

A ti te dejan volver a Cendral, mortal, con tu hermana.

Y a mí me devuelven a Elia. —Tocó un pétalo gris con un dedo gris—.

Tres personas salvadas, Liora. Tú, tu hermana, Elia.

A cambio de una frontera que lleva mil años muriéndose de todas formas.

Es buena cuenta. El Heraldo sabe hacer cuentas. Es lo único que sabe hacer.

—No la quieres a ella —dije—. A Elia. La quisiste. Hace mil años. No es lo mismo.

—No. No es lo mismo. —Y por fin se volvió, y vi que estaba llorando otra vez, ese dios torpe para el llanto—.

Pero, Liora, es que a ti tampoco… —Se detuvo.

Se obligó a decirlo—. No te siento. Llevo tres días sin sentirte.

Y el Heraldo tenía razón en algo terrible: ya no sé si lo que siento por ti es amor o es la costumbre del hilo que me arrancaron.

No me fío de mí. Y si no me fío de lo que siento, ¿con qué derecho arrastro al mundo entero a la hoguera por ello?

Quizá lo más honrado, lo único honrado, sea aceptar la cuenta.

Salvar lo que se puede salvar. Y dejar de fingir que dos solitarios rotos éramos el fuego del mundo.

Y ahí estábamos. Los dos. En el mismo agujero, cada uno en su rincón.

Él dudando si me quería o solo me recordaba; yo dudando lo mismo; los dos creyéndonos, por fin, lo que el Heraldo llevaba mil años necesitando que creyéramos: que debajo del hilo no había nada.

Que el amor era una cadena bonita y, sin la cadena, solo quedaban el frío y la distancia y un desconocido bajo la lluvia.

La Brasa, arriba, latía ya tan despacio que entre latido y latido cabía una oración entera.

Me fui del invernadero sin contestar, porque no tenía respuesta.

Subí. No a la sala de la Brasa: al ala este.

A la puerta prohibida. La que durante un año había callado y ahora, desde la grieta, volvía a hablar con todas las voces del mundo.

Me planté delante, en lo más hondo de la noche, y dejé que me hablara, porque al menos la puerta fingía quererme.

Tira de Brann, susurró, dulce. Tira del vínculo de vuelta.

Tira de Caelen. Tira de tu madre. No tienes que perder a nadie, Llama.

Solo tienes que dejar de soltar. Abre esta puerta y te los doy a todos.

Para siempre. Una colección perfecta. Nadie se va nunca.

Nadie te deja nunca. ¿No es eso el amor? ¿Tener? ¿Quedárselos?

Y puse la mano en el picaporte de hielo.

Y estuve, lo juro, a un grado de abrir.