CAPÍTULO DIECINUEVE Brann
No se hundió. Eso es lo primero que recuerdo, y lo que no entendí hasta después: no cayó como cae un cuerpo. Descendió como desciende una luz en el agua, despacio, y al entrar en la niebla negra del fondo, en lugar de apagarse, se encendió.
Toda la casa lo vio. Las luces de los muertos atrapados bajo el hielo, los velos colgando de las ventanas, Hollín erizado en el embarcadero, Caelen con los brazos hundidos en la frontera: todos vimos a Brann encenderse en el fondo del lago como no se había encendido en cuatrocientos años.
Porque un alma que por fin elige para qué se gasta arde con todo lo que es.
Y Brann, que tanto tiempo había sido un rescoldo gris de mayordomo, resultó haber sido siempre, por debajo, una hoguera.
Se desplegó en la grieta. Lo sentí a través de la frontera, a través de Caelen, a través de la marca: Brann abriéndose como una mano que tapa una herida, poniéndose entre el fondo hambriento del Umbral y el mundo de arriba, cosiendo con su propia esencia el desgarrón que el Heraldo había abierto.
Y la cosa del fondo, la cosa de antes de los dioses, chocó contra él y empujó, y él aguantó.
—Sube —le supliqué, de rodillas en el embarcadero, las manos en el hielo—. Has cerrado bastante, Caelen ya sujeta arriba, sube, sube, Brann, sube—
—No puedo, criatura. —Su voz me llegó desde el fondo, no por el aire sino por el agua, por el hielo, por dentro de mí—. Si me suelto, se abre otra vez. Hay que aguantar hasta que el guardián la selle por arriba del todo. Y eso lleva su rato.
—Pues aguanta y luego subes.
Un silencio. El peor silencio de mi vida.
—Para cuando él la selle —dijo Brann, con una dulzura que me partió en dos—, ya no quedará de mí lo bastante para subir. Lo sabes. Eres la que teje almas. Sabes leer cuánto le queda a un hilo. Léeme.
Y lo leí. Que los dioses me perdonen, lo leí.
Tendí mi don hacia el fondo del lago, hacia la luz que era Brann, y leí su hilo como él me había pedido, y vi que tenía razón: se estaba gastando.
Cada segundo que sostenía la grieta, un poco más de él se iba en cerrarla.
Se estaba deshaciendo despacio, dándose hebra a hebra, y cuando Caelen terminara de sellar por arriba —pronto, ya casi, lo sentía cerrarse— de Brann no quedaría suficiente ni para llenar un dedal.
—No —dije—. No, no, no. Tiene que haber otra forma. Siempre hay otra forma.
—No siempre, niña. —Su voz se iba haciendo más fina, más luz y menos voz—. Esa es la mentira más vieja. La que me conté yo cuando crucé hace cuatrocientos años. Siempre hay otra forma. No. A veces solo hay una, y duele, y es la correcta, y las tres cosas a la vez.
Caelen, sobre nosotros, gimió de esfuerzo. La frontera se cerraba. Las luces de los muertos bajo el hielo empezaron a soltarse, una a una, a retomar su cruce lento hacia el lago. La Casa de los Velos recuperaba su luz, ventana a ventana, calentándose otra vez. Estábamos ganando.
Lo estábamos ganando todo menos lo único que importaba.
—Háblame mientras puedas —dije, porque no se me ocurría nada mejor, porque lo único que tenía era mantenerle la voz un rato más—. Cuéntame. La persona. Por la que cruzaste. Hace cuatrocientos años. Nunca me lo contaste.
Y desde el fondo del lago, mientras se deshacía sosteniendo el mundo, Brann me lo contó.
—Mi mujer —dijo—. Y nuestra cría. Las dos, la misma semana, las mismas fiebres.
Yo era panadero, ¿sabes? En vida. Por eso las manos se me acuerdan del pan aunque el resto se me haya olvidado.
—Una risa fina como un hilo—. Cuando se me murieron, no lo soporté.
Bajé a la niebla a buscarlas. A traerlas de vuelta, como un loco, como hace todo el mundo la primera vez.
No sabía nada de leyes ni de fronteras. Solo sabía que estaban al otro lado y que yo las quería de este.
—Su luz tembló—. Pero me enganché a medio camino.
Me ató el Umbral, me hizo mayordomo de esta casa, y nunca llegué a la otra orilla.
Cuatrocientos años, criatura. Cuatrocientos años a un lago de distancia de mi mujer y mi cría, sirviéndoles la cena a otros, tendiéndoles la puerta a otros, viendo cruzar a otros.
Sin cruzar yo. Por terco. Por no haber sabido soltar a tiempo y luego por no saber soltarme a mí mismo.
Lloré. No sé describirlo de otra forma. Lloré como llovía en Cendral los inviernos que no se acababan nunca.
—Y ahora —dijo Brann, y su voz era ya casi toda luz— resulta que cerrar esta grieta me suelta.
Lo noto, niña. Me noto soltándome de la casa.
Por primera vez en cuatrocientos años, cuando esto termine, voy a poder cruzar.
Voy a poder ir al lago. Voy a poder ver si todavía me esperan al otro lado.
—Algo entre risa y sollozo—. Así que no llores.
¿Me oyes? No es una tragedia. Es un panadero que por fin se va a casa, cuatrocientos años tarde, oliendo a pan quemado.
Caelen, con un grito que sacudió la niebla, selló la grieta.
El lago se cerró. El agua volvió a ser agua, tibia, mansa. Las luces de los muertos reanudaron su fila lenta y luminosa hacia el otro lado. La Casa de los Velos respiró, entera, salvada.
Y en el centro del lago, donde había estado la boca negra del fin del mundo, flotó un instante una última luz. Pequeña. Cálida. Con los bordes borrosos.
—Liora —dijo Brann, y por segunda vez en mi vida usó mi nombre, y por última—.
Cuando me vaya. Que va a ser ahora. No me agarres.
—Su luz se inclinó hacia mí, como quien se inclina sobre una cama para dar las buenas noches—.
Sé lo que eres. Sé lo que puedes hacer. Vas a sentir el tirón, el de quedarte conmigo, el de no soltar.
Es el mismo que sentí yo con mi mujer hace cuatrocientos años, y mira en qué me convirtió: en un fantasma que tarda cuatro siglos en cruzar una puerta.
—La luz se hizo más tenue—. No seas como yo fui, criatura.
Sé como tú eres. Abre la mano. Déjame cruzar una puerta, por fin, por una vez en cuatrocientos años. Déjame ir a casa.
—Brann —dije—. Brann, no sé si puedo.
—Sí que puedes —dijo—. Eres más valiente que yo. Lo supe el día que entraste en esta casa muerta de miedo y aun así entraste. —Su luz me rozó la mejilla, una última vez, fría y cálida como el pan—. Gracias por la última temporada, niña. Volvió a merecer la pena estar aquí. Ahora suéltame.
Y empezó a cruzar.