El Concilio de los Antiguos (Crónicas del umbral nº 2) CAPÍTULO DIECIOCHO El que sostiene la puerta
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CAPÍTULO DIECIOCHO El que sostiene la puerta

Caelen fue el primero en bajar de la barca, y en cuanto sus pies tocaron el embarcadero, la Casa de los Velos lo reconoció y se aferró a él.

Lo vi: la escarcha que trepaba por los muros titubeó, las luces apagadas parpadearon.

Un guardián en su frontera es como sangre que vuelve a un miembro dormido.

Pero titubear no es vencer, y la grieta era más vieja y más honda que cualquier cosa que Caelen hubiera enfrentado solo.

—No se cierra desde fuera —dijo él, con las manos hundidas en la niebla negra que manaba del lago, peleando con ella como quien tapa una vía de agua con el cuerpo—.

Es una herida en el suelo del Umbral. Hay que cerrarla desde dentro.

Alguien tiene que bajar a la grieta y coserla por debajo mientras yo la sujeto por arriba.

—Bajo yo —dije.

—No. —Las dos voces a la vez. Caelen y Brann.

—Tú no —añadió Brann, y me agarró del brazo con esos dedos borrosos que pesaban más de lo que un fantasma tiene derecho a pesar—.

Niña, escúchame bien, que no hay tiempo de discutirlo.

Lo que sube por esa grieta es de antes que los dioses.

Si bajas tú, viva, con tu fuego, te lo merienda y luego sube usando tu luz de cebo.

Y si baja él —señaló a Caelen con la barbilla—, suelta la frontera de arriba y se derrama el mundo.

—Soltó el atizador, que cayó al agua helada con un tintineo absurdo—.

Tiene que bajar algo que ya esté muerto.

Algo que no le sirva de cebo porque ya no tiene vida que robar.

Algo atado al Umbral pero que no sea la frontera.

—Se le torció la boca en esa mueca suya que era media sonrisa y media regañina—.

Algo como un mayordomo viejo que lleva siglos sin servir para gran cosa.

—No. —Lo entendí de golpe, todo entero, y el suelo se me abrió por dentro igual que la grieta en el lago—. No, Brann. Ni se te ocurra. Hay otra forma. Siempre hay otra forma, la buscamos, Caelen sujeta arriba y yo tejo y…

—Liora. —Usó mi nombre. Brann casi nunca usaba mi nombre; era todo niña y muchacha y criatura.

Cuando usó mi nombre supe que hablaba en serio como no lo había oído hablar nunca—.

Mírame. ¿Sabes lo que soy? Soy un alma que cruzó la niebla hace cuatrocientos años y no llegó al otro lado.

Me quedé enganchado a medio camino, atado a servir esta casa, sosteniéndoles la puerta a otros mientras cruzaban, siglo tras siglo, sin cruzar yo nunca.

—Miró la grieta, y en sus ojos imposiblemente vivos había algo que no le había visto jamás: ganas—.

Cuatrocientos años tendiéndoles la puerta a los demás, niña.

Déjame, por una vez, ser yo el que la sostiene de verdad.

Déjame que sirva para algo grande antes del final.

Es lo único que un alma como yo puede pedirle a la muerte: elegir para qué se gasta.

—Te vas a deshacer —dije, y la voz no me salía, me salía agua—. No vas a cruzar. Te vas a deshacer del todo. Eso no es morir, Brann, eso es… eso es dejar de haber existido.

—Puede. —Se encogió de hombros, el muy desgraciado, se encogió de hombros ante la nada eterna—.

O puede que cerrar esa grieta sea, por fin, mi manera de cruzar.

No lo sabré hasta que lo haga. Y mira —su voz se ablandó, y me puso una mano borrosa en la mejilla, fría y cálida a la vez, como el pan recién sacado del horno en una mañana de invierno—, llevo cuatrocientos años esperando a saberlo.

Estoy cansado, criatura. Cansado de un cansancio que no arregla dormir.

Quiero ir a casa. Y si la única puerta que me queda por cruzar es esta, negra y horrible y en el fondo de un lago…

pues la cruzo. Pero la cruzo haciendo algo.

No deshaciéndome en un rincón. Eso sí que no lo aguanto.

Detrás de nosotros, Caelen luchaba con la frontera, y el esfuerzo le abría otra vez la vieja grieta del pecho, la que tardó tanto en cerrar. No teníamos tiempo. Nunca tenemos tiempo para las conversaciones que de verdad importan; por eso casi siempre las tenemos tarde, o no las tenemos.

—Brann —dije.

—Lo sé. —Sonrió—. Yo también, criatura. Desde el primer pan que te quemé. ¿Por qué te crees que aprendí a hacer pan, después de cuatrocientos años de no cocinar para nadie? —Me apretó la mejilla una última vez—. Porque volvió a haber alguien en esta casa que merecía la pena alimentar.

Y entonces se volvió hacia la grieta, ese viejo de bordes borrosos con un paño de cocina todavía colgándole del cinturón, y caminó hacia la boca negra del fin del mundo como quien baja a la bodega a por una botella, refunfuñando por lo bajo sobre el desorden que iba a encontrarse ahí abajo.

—¡Brann! —grité.

Se volvió a medias.

—El pan de romero —dije, atragantada—. El de esta mañana. El que has quemado. Estaba bueno igual. Siempre estaba bueno. No por el romero. Porque lo hacías tú.

Algo le brilló en la cara borrosa. Un mayordomo no debería poder llorar. Brann lloró.

—Pues claro que estaba bueno —dijo—. Idiota.

Y saltó a la grieta.