El Concilio de los Antiguos (Crónicas del umbral nº 2) CAPÍTULO VEINTE El hilo prohibido
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CAPÍTULO VEINTE El hilo prohibido

No lo solté.

Ojalá pudiera contar otra cosa. Ojalá esta fuera la historia de una mujer valiente que, en el peor momento de su vida, hizo lo correcto a la primera.

Pero las historias que sirven para algo son las honradas, y la honrada es esta: Brann empezó a cruzar, su luz empezó a deslizarse hacia el lago, hacia el otro lado, hacia su mujer y su cría cuatrocientos años esperadas, y yo —que lo quería, que precisamente porque lo quería— extendí las manos sobre el agua y tiré.

Fue fácil. Esa es la parte que todavía me despierta de noche: lo fácil que fue.

Llevaba meses notando crecer el don oscuro, la voz del campo de puertas enseñándome, el tirón en los dedos cada vez que un alma se me iba.

Y ahora, con Brann deshaciéndose delante de mí, todo ese aprendizaje envenenado acudió solo.

Encontré su hilo en el agua. Lo encontré como se encuentra la mano de alguien en la oscuridad, sin buscar, por costumbre del corazón.

Y lo agarré. Y tiré de él hacia la orilla, hacia el mundo, hacia mí.

—¡Liora, no! —La voz de Caelen, rota de esfuerzo y de espanto.

Pero yo ya no lo oía bien. Oía otra voz, dulce, paciente, la del campo de puertas, la misma boca que me había ofrecido a mi madre: eso es.

Así. ¿Ves qué natural? No tienes que perderlo.

Nadie tiene por qué perder a nadie. Tira.

Tráelo. Es tuyo. Te quiere. Te hace el pan.

Tráelo de vuelta y nunca tendrás que volver a sentir esto que sientes ahora. Tira, Llama. Tira.

Y tiré.

La luz de Brann, que se deslizaba mansa hacia el lago, se detuvo.

Tembló. Empezó, despacio, a volver hacia la orilla.

Hacia mí. Sentí su esencia rozarme los dedos como una mano que vuelve a cerrarse sobre la tuya, y un alivio salvaje, animal, me inundó el pecho: no se va, no lo pierdo, lo retengo, es mío, se queda—

Y el mundo entero gritó.

El lago, recién serenado, volvió a erizarse.

La grieta apenas sellada crujió por las costuras.

Las almas en su fila luminosa se pararon en seco, confundidas, porque la que teje almas estaba tejiendo al revés, deshaciendo el orden del cruce, y el Umbral entero notó la perversión y se estremeció.

Caelen cayó de rodillas, agarrándose el pecho, porque la frontera que sostenía con su propio fuego se retorcía bajo mis manos.

Y yo lo sentí en mí. Empezó por las uñas.

Un frío. Un ennegrecerse. Me miré las manos y vi que las puntas de los dedos se me oscurecían, no de sangre ni de sombra, sino de escarcha, de esa escarcha pálida y hermosa y terrible que yo había visto florecer bajo los pies de una mujer de hielo en otro invierno.

Me estaba volviendo hielo desde los bordes. Me estaba volviendo ella.

Y muy lejos, en el norte sin bordes, en un trono de hielo que goteaba un gotear eterno, un ser sin nombre que llevaba mil años contando cerró por fin la cuenta y, sin alegría, porque él nunca sentía alegría, anotó el número que esperaba desde el principio.

La Llama retiene. Cargo tercero, probado.

Lo último que oí, antes de perderme del todo en el tirón, fue la voz de Brann, ya finísima, ya casi del otro lado, ya casi en casa, llamándome desde el borde del lago que yo no lo dejaba cruzar:

—Niña. No. Por favor. No me hagas esto. No me dejes a cuatro siglos de la puerta otra vez. Suéltame.

Y yo, llorando, ennegreciéndome, queriéndolo con toda el alma, tiré más fuerte.