El Concilio de los Antiguos (Crónicas del umbral nº 2) CAPÍTULO DIECISÉIS El que dictó la Ley
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CAPÍTULO DIECISÉIS El que dictó la Ley

[De la voz del Heraldo]

No disfruto con esto. Conviene aclararlo, porque la Llama me mira como se mira a un monstruo, y los monstruos disfrutan. Yo no.

Yo administro.

Dejadme que os cuente cómo se escribe una ley, ya que tanto se habla de la mía sin haberla leído.

No se escribe con crueldad. La crueldad es de aficionados, de dioses jóvenes que confunden el poder con el capricho.

Una ley de verdad se escribe con amor al orden y con una contabilidad impecable del dolor.

Yo conté. Antes de prohibir nada, conté.

Conté las veces que una Llama amó a su guardián y el mundo sobrevivió: pocas.

Conté las veces que ese amor, al perderse —porque todo amor se pierde, esa es su única promesa cierta—, enloqueció a la que quedaba viva y abrió la frontera de par en par: muchas.

Conté nueve mil muertos bajo un solo guardián que se negó a soltar a un alma, hace de esto tanto que solo yo lo recuerdo.

Conté un mundo entero que estuvo a punto de derramarse porque una mujer de hielo prefirió el silencio eterno a una despedida.

La conocéis. Le pusisteis nombre de Dama.

Y cuando terminé de contar, escribí la Ley. El guardián no amará. Tres palabras. La frase más misericordiosa que se ha escrito jamás, aunque nadie quiera leerla así. Porque un guardián que no ama no tiene nada que perder, y quien no tiene nada que perder no rompe el mundo el día que lo pierde.

Renuncié a mi nombre el mismo día. ¿Os parece extremo?

Es coherencia. Un nombre es un asidero; es lo primero que grita quien no quiere soltar.

Acuérdate de mi nombre, le dicen los amantes a los amantes, los hijos a las madres, como si un sonido pudiera atarte al mundo.

Yo me lo quité. Si he de pedirle a cada guardián que renuncie al amor, ¿con qué cara guardaría yo el mío propio, mi nombre, mi último amor pequeño y secreto a mí mismo?

No. El que dicta la Ley la cumple primero.

No tengo nombre. No tengo a nadie. No me puede doler nada.

Por eso soy justo. La justicia es lo que queda cuando le quitas a un ser todo lo que podría perder.

Os diré la verdad, ya que estamos: yo también fui otra cosa, antes.

Hace tanto que la palabra antes casi no me cabe en la boca.

Pero la enterré tan hondo que ni el recuerdo me alcanza, y eso —eso— es la diferencia entre la Dama de la Escarcha y yo.

Ella quiso olvidar y no pudo, y el no poder la volvió hielo rencoroso.

Yo sí pude. Me vacié del todo. No queda en mí ni la cicatriz de lo que perdí.

Solo la Ley, que es el cuaderno de cuentas donde apunté, para no olvidarlo nunca, exactamente cuánto cuesta amar.

Y ahora me llega esta. Esta herbolaria. Esta Llama viva —contra natura, contra toda mi contabilidad— que ama a un guardián y, en lugar de romper el mundo, lo sostiene.

Que ancla la Brasa con dos fuegos donde siempre hubo uno solo agonizando.

Lleváis razón los que decís que debería destruirla y acabar.

Pero no puedo. Porque si la destruyo sin más, muere como mártir, y los mártires escriben leyes nuevas con su sangre, leyes peores que la mía, leyes que dicen amad, amad sin medida, que el amor todo lo sostiene. Y esa sí que rompería el mundo.

No. A esta no la mato. A esta la demuestro.

He repasado mil veces los números. Hay una sola variable que no logro modelar, y los buenos contables temen las variables que no modelan más que a la muerte.

La variable es esta: ¿y si soltaran? ¿Y si, puesta ante todo lo que ama, la Llama abriera la mano por voluntad propia, no por Ley sino por amor, y el guardián hiciera lo mismo?

Entonces tendría ante mí un amor que sostiene sin aferrar, y mi contabilidad de mil años quedaría reducida a lo que de verdad es: el miedo de un ser que se vació por no atreverse a contar otra cosa.

No puedo permitirlo. Así que voy a hacer lo único que cierra la ecuación.

Voy a quitarles algo. No una abstracción —una madre que la Llama no conoció, una Elia que el guardián no ha tocado en mil años—; eso se suelta fácil, ya lo sé, lo he visto soltar.

Voy a quitarles algo tibio. Algo cotidiano.

Algo que les haga el pan y les remiende los abrigos y les diga buenas noches.

El amor pequeño, el doméstico, el de todos los días: ese no se suelta.

Ese se agarra con uñas que ni se sabía que se tenían.

Y cuando la Llama cierre el puño para retenerlo —porque lo cerrará, lo cerraría cualquiera, lo cerré yo una vez, en el antes que no recuerdo—, la habré probado. Y la Ley vivirá mil años más.

Que los dioses jóvenes lo llamen crueldad. Yo lo llamo cerrar la cuenta.

Empieza mañana. Hay un viejo en una isla. Apenas un alma, mal atada, a la que nadie ha mirado en siglos.

Es perfecto.