El Concilio de los Antiguos (Crónicas del umbral nº 2) CAPÍTULO QUINCE La verdad de Caelen
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CAPÍTULO QUINCE La verdad de Caelen

Caelen no dormía cuando volví a la celda de niebla. Fingía, para que yo descansara, igual que yo había fingido mil cosas para que descansara él. Llevábamos un año aprendiendo a mentirnos por amor, que es la única mentira que cuesta perdonarse.

—Sé que estás despierto —dije—. Y sé que el Heraldo ha estado aquí. Lo huelo. Deja un frío que no es de hielo.

Se incorporó despacio. A la media luz del Solio, sin paredes que la contuvieran, su cara parecía más vieja que el mundo. Mil años pesaban en ella esa noche como no los había visto pesar nunca, ni siquiera cuando lo conocí gris y muerto en vida.

—Vino a verte —dijo. No era pregunta.

—Me ofreció a mi madre. —Me senté frente a él, las rodillas tocándose, porque necesitaba tocarlo para decir lo que venía—.

Me la enseñó. Su alma, perdida en la niebla diecisiete años.

Me dijo que podía devolvérmela si aprendía a tirar.

—Tragué—. Dije que no. Pero, Caelen… casi.

Por medio segundo, casi. Y él lo vio. Se fue contento.

Caelen cerró los ojos.

—A mí también vino —dijo.

Y ahí estaba. La cosa que llevaba escondiéndome desde la citación, el peso que le había hundido los hombros, el secreto que el Juramento me dejaba sentir como un nudo en su pecho sin dejarme leerlo.

—Cuéntamelo —dije—. Todo. Lo juramos. Nada de la casa de los secretos.

Tardó en hablar. Cuando lo hizo, su voz era la de un hombre desenterrando algo que había sepultado tan hondo que ya no recordaba dónde.

—Te conté que me hice guardián para salvar a una mujer. Que enfermó, que vine a suplicar, que el guardián anterior me engañó, que ella murió la misma noche que sellé el pacto. Te conté lo cierto. —Abrió los ojos—. No te conté que era una pieza de algo más grande. Porque no lo supe hasta esta noche.

—¿Qué te ha dicho el Heraldo?

—La verdad. Que es su arma favorita. —Una risa sin nada de risa—.

Liora, el trato que me ofreció el guardián anterior no fue casualidad.

No fui un desgraciado que llegó en mal momento.

El Concilio lleva mil años fabricando guardianes así.

Eligen a hombres y mujeres rotos de dolor, gente a punto de perder a quien ama, y les ponen el pacto delante en el peor instante de su vida.

Porque alguien que acaba de perderlo todo carga la frontera mejor que nadie.

El duelo es buen combustible. Arde despacio y arde mil años.

—Le temblaban las manos—. No me convertí en guardián por amor a ella.

Me convertí en guardián porque mi amor por ella era la herramienta perfecta para una máquina que llevaba funcionando desde antes de que yo naciera.

Soy una pieza, Liora. Una de muchas. El guardián anterior fue otra.

Y antes que él, otra. Una cosecha de penas que se siembra y se recoge cada mil años.

Sentí el frío subirme por la marca de ceniza.

Porque encajaba. Encajaba con una precisión horrible: el Diezmo de Cendral, las Llamas que se consumían solas, los guardianes nacidos del duelo.

Todo era el mismo mecanismo visto desde ángulos distintos.

Una manera de sacarle al dolor humano el trabajo de sostener un mundo.

—Hay más —dije, porque lo sentía en él—. Eso no es lo peor que te ha dicho.

—No. —Y entonces hizo lo que no le había visto hacer jamás: se le quebró la voz del todo—. Me ofreció devolvérmela.

El vacío blanco del Solio pareció acercarse.

—Me dijo que ella no descansó. Que su alma, como la de tu madre, no cruzó bien.

Que la tienen. Que llevan mil años teniéndola, en alguna parte, sin descanso, porque las almas atadas a un pacto roto no encuentran el lago.

—Las lágrimas le caían sin que pareciera notarlo, un dios llorando como llora un hombre, sin práctica, torpe—.

Y que si me someto, si dejo que os disuelvan el vínculo y vuelvo a ser una frontera limpia, me la devolverán.

Viva. Sana. El final que compré hace mil años y que nunca llegó a entregarse.

Tendría mi vida de vuelta. La de antes. La que perdí.

No dije nada. Algunas cosas no se contestan deprisa.

—¿Cómo se llamaba? —pregunté por fin. Bajito.

Y vi el pánico cruzarle la cara. Porque no lo había dicho. En mil años, no había pronunciado su nombre ni una vez. Lo había enterrado tan hondo que decirlo en voz alta era desenterrar un cadáver con las manos.

—Caelen. —Le tomé la cara entre las manos—. ¿Cómo se llamaba?

—Elia —dijo.

Y la palabra salió rota, polvorienta, como una puerta que no se abría desde hacía siglos.

La dijo y se echó a temblar, y yo lo abracé, y nos quedamos así mucho rato, el dios y la herbolaria, en mitad del trono de los Antiguos, mientras él lloraba por fin, mil años tarde, a la mujer cuyo nombre acababa de devolverle al mundo.

No sentí celos. Que conste, porque sé lo que parece.

Esperaría celos quien no haya querido de verdad.

Pero cuando quieres a alguien entero, quieres también sus muertos, porque sus muertos lo hicieron quien es.

Elia había existido. Elia había sido amada por este hombre imposible cuando todavía era solo un hombre.

Y por Elia había aprendido a no sentir, lo cual significaba que cada vez que Caelen me tocaba la cara o me reía una broma mala o me sostenía la mano ante un concilio de dioses, lo hacía habiendo elegido sentir otra vez, después de mil años de no hacerlo.

No tenía celos de Elia. Le debía a Elia el haber querido lo suficiente como para que aprender a no querer doliera tanto.

—No vas a aceptar —dije. No era orden. Era certeza.

—No —dijo—. Pero, Liora, escúchame, porque esto es lo que me da miedo.

—Se apartó lo justo para mirarme—. No me la ofrece para que diga que sí.

Me la ofrece para que la quiera. Para que pase las noches imaginándola viva.

Para que, cuando llegue el momento de verdad, una parte de mí dude.

No necesita que traicione. Necesita que titubee.

Un segundo. Igual que tú con tu madre. —Me secó una lágrima que yo no sabía que tenía—.

Nos está enseñando a los dos lo mismo. A querer agarrando.

Porque el día que uno de los dos cierre el puño, habrá ganado.

Y la Ley quedará escrita en piedra para siempre, con nuestra letra.

Fuera —si es que había un fuera en aquel lugar sin bordes—, el mundo tembló. El temblor del norte, que ya no venía del norte porque estábamos en el norte, en su corazón helado. Venía de debajo. De abajo de todo.

Y en alguna parte, muy lejos, en una isla en un lago de aguas tibias, un viejo mayordomo de bordes borrosos levantó la cabeza de su masa de pan y miró hacia el norte con un mal presentimiento que no supo nombrar.