El Concilio de los Antiguos (Crónicas del umbral nº 2) CAPÍTULO DOCE Los testigos
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CAPÍTULO DOCE Los testigos

No hubo "mañana", porque en el Solio no amanece. Hubo un "después", marcado solo por el gotear del hielo, y en el después empezaron los testigos.

El primer testigo fue una pared.

El Heraldo alzó una mano y el vacío blanco a su espalda se llenó de rostros.

Decenas. Cientos. Hombres y mujeres de épocas que no sabría nombrar, con la misma mirada vacía y ausente.

Los reconocí con el corazón en un puño: eran los retratos de la galería de la Casa de los Velos, los guardianes que hubo antes que Caelen.

Pero no eran pinturas. Eran ellos, o lo que quedaba de ellos: ecos, recuerdos, conservados por el Concilio como prueba.

—Los guardianes que cumplieron la Ley —dijo el Heraldo—.

Mil años, cada uno. Solos. Sin amar. La frontera, en sus manos, no se rompió ni una vez.

—Pasó la mano, y los rostros desfilaron, soledad tras soledad tras soledad—.

Mirad sus caras, Concilio. Esto es el orden.

Esto es lo que la Ley protege. No es hermoso.

La paz rara vez lo es. Pero ni uno solo de ellos abrió una grieta.

Ni uno solo dejó morir a un vivo por no saber soltar a un muerto.

Caelen miraba los rostros, y por el Juramento sentí lo que le costaba: era su linaje, su gremio, mil años de hermanos en la soledad, exhibidos como ejemplo contra él.

—Y ahora —dijo el Heraldo— el testigo segundo. El que rompió la Ley antes que vosotros.

El aire se hizo un hombre. Joven, de ojos enloquecidos, vestido con ropas de hacía siglos.

Lo reconocí por la historia que Caelen me había contado en el Libro anterior de nuestras vidas: el guardián que se enamoró de un alma que debía dejar cruzar, que quiso retenerla, que rompió la frontera.

Murieron miles. De aquello nació la Ley.

—Cuéntales —ordenó el Heraldo.

Y el eco del guardián habló, con la voz rota de quien repite una condena por milésima vez:

—La amé —dijo—. Llegó a mi orilla y era hora de soltarla, y no pude.

Me dije que un poco más. Solo un poco. La retuve un día.

Un día se volvió un mes. La frontera empezó a doler donde la sujetaba.

Me dije que pararía. No paré. Cuando quise soltarla ya no sabía cómo; el querer guardarla se me había vuelto más fuerte que yo.

—Levantó la cara, y en sus ojos había un horror sin fondo—.

Y un día la frontera cedió. Por la grieta que abrí yo sujetándola, se derramaron los dos mundos.

Conté nueve mil muertos antes de dejar de contar.

Vivos aplastados por muertos que no encontraban salida.

Niños. Por amor. Por no soltar a una sola alma, maté a nueve mil.

—Miró directamente a Caelen, y luego a mí, y fue a mí a quien se dirigió—.

Empieza igual en todos. No con maldad. Con ternura.

Con un solo un poco más. Si oyes esas palabras en tu boca, Llama, ya has empezado a matar.

Solo que aún no has contado los muertos.

Se me secó la garganta. Porque yo había dicho esas palabras. No todavía. Quédate. Solo un poco más. Se las había dicho al alma de Edda con el hilo entre los dedos, y las había disfrutado.

—El testigo tercero —dijo el Heraldo, y su voz, por primera vez, bajó un punto, como quien saca un arma que prefería no usar—. La última Llama que se negó a soltar.

—No. —Caelen dio un paso adelante—. No te atrevas. Se disolvió. Volvió a la luz. Tienes prohibido…

—Tengo prohibido resucitarla —dijo el Heraldo—. No invocar su recuerdo. El recuerdo es del Concilio; lo guarda el Umbral. Y es el testigo más pertinente que existe.

Alzó la mano. Y el aire, ante mí, se hizo Morvenna.

No la viva. No la que me había tentado y a la que había salvado y visto deshacerse en agua tibia hacia la luz.

Un eco. Un recuerdo de hielo, de pelo blanco y ojos pálidos, sin la herida que al final la había hecho humana, sin la gota de redención.

Solo la Dama de la Escarcha en su peor versión, la que había elegido el silencio eterno antes que volver a perder.

—Era una Llama —dijo el Heraldo—. Como tú.

Tuvo un guardián. Como tú. Y cuando se lo arrancaron, en lugar de soltar, se negó.

Apretó el puño durante mil años. Y mira en lo que se convirtió: en la diosa que quiso apagar el fuego del mundo entero antes que aceptar una sola despedida más.

—El eco de Morvenna me miraba con sus ojos pálidos, mudo—.

Esto, Llama, es el destino de una Llama que no suelta.

No es teoría. Es ella. Y tú —su serenidad sin rasgos se inclinó hacia mí— ya has empezado a recorrer su mismo camino.

Lo sabemos. Lo sentimos en ti cada vez que sostienes un hilo que deberías soltar.

La pregunta de este juicio no es si eres capaz de volverte ella. Es cuándo.

Y el peor testigo de todos no fue ninguno de los tres.

Fui yo, mirando el eco de Morvenna, reconociéndome. Recordando la voz del campo de puertas. Recordando la dulzura del hilo de Edda entre los dedos. Recordando que, de las dos, ella y yo, la única diferencia hasta ahora era que a mí todavía no me habían arrancado a nadie.

Todavía.

—¿Tienes algo que alegar? —preguntó el Heraldo.

Abrí la boca. No me salió la voz. Por primera vez desde que crucé la niebla, no tenía una respuesta terca preparada. Porque el cargo era cierto. Esa era la trampa perfecta del Heraldo: no me acusaba de algo falso. Me acusaba de algo que yo misma temía de mí.

Caelen me tomó la mano. Y a través del Juramento, sin palabras, me dijo lo único que se podía decir: no estás sola. Lo que ella no tuvo, tú lo tienes. A mí. Y eso lo cambia todo.

—Mañana —dije por fin, con un hilo de voz—, demostraré que se equivocan. No con palabras. Con lo que haga.

—Eso —dijo el Heraldo, satisfecho— es exactamente lo que esperábamos que dijeras.

Y supe, con un escalofrío, que acababa de aceptar las reglas de su juego sin darme cuenta de que el juego ya estaba amañado.