CAPÍTULO ONCE La última noche entera
«Os recomiendo dormir juntos esta noche. Mientras podáis.»
Las palabras del Heraldo nos siguieron hasta la celda de niebla como un perro que no sabes si guarda o muerde.
Dormir juntos mientras pudiéramos. Lo había dicho sin crueldad, con esa exactitud suya que era peor que cualquier crueldad, igual que un médico te dice el número de días que te quedan: no por hacerte daño, sino porque para él los días son solo un número.
—Lo ha dicho para envenenarlo —dije, sentada en el suelo de niebla que el Solio fingía como suelo—. Para que cada minuto de esta noche sepa a despedida. Para que no podamos ni mirarnos sin contar lo que nos queda.
—Sí —dijo Caelen—. Lo ha dicho para eso.
Se sentó frente a mí, con las rodillas tocando las mías, como aquella primera noche en que le arranqué su secreto, solo que ahora no quedaban secretos entre nosotros, solo miedo, que es más difícil de compartir porque no tiene palabras, solo temperatura.
—Pues vamos a hacer lo contrario —dije.
—¿Lo contrario?
—Si quiere que esta noche sepa a despedida, vamos a hacer que sepa a esto.
—Le tomé la cara entre las manos, esa cara imposible de dios que aprendió a sentir demasiado tarde y aun así a tiempo—.
A presente. A ahora. No pienso pasar la última noche entera que quizá tengamos contando los minutos que nos quedan.
Pienso gastarlos. Todos. Como si fueran infinitos.
Que es la única manera honrada de gastar algo que sabes que no lo es.
Y aquí, queridos, es donde bajo la voz, porque hay cosas que una cuenta y cosas que una se guarda, y mi abuela —no la mía; Edda, que para entonces ya era casi mía— decía que lo que de verdad importa nunca se cuenta en la plaza, solo se vive en la cocina.
Así que de aquella noche solo os diré lo que se puede decir.
Os diré que un dios que pasó mil años sin permitirse tocar a nadie toca como quien ha estado mil años con sed y por fin le acercan agua: con un cuidado que tiembla, con un asombro que no se gasta, como si cada vez fuera la primera y la última a la vez.
Os diré que yo, que había aprendido toda mi vida a no necesitar a nadie porque necesitar dolía, esa noche me dejé necesitar, que es más valiente que no necesitar y mucho más difícil.
Os diré que la celda de niebla del Solio, el lugar más frío del mundo, el corazón helado de los dioses del orden, se calentó esa noche con lo único que aquellos rescoldos viejos habían prohibido por miedo, y que la flor de ceniza de mi pecho ardió contra la grieta del suyo hasta que no supimos de quién era cada latido.
Lo demás no es para las páginas. Algunas cosas se quieren tan despacio que contarlas deprisa sería traicionarlas.
* * *
Después nos quedamos quietos, enredados, mirando el techo que no existía del Solio, y por la ventana abierta del Juramento nos pasábamos el calor de un lado a otro sin palabras, como dos que se calientan las manos con el mismo rescoldo.
—Tengo miedo —dijo Caelen. En voz muy baja.
Un dios diciendo tengo miedo en la casa de los dioses—.
No de morir. Mil años deseé morir; eso no me asusta.
Tengo miedo de volver a no sentir. De que nos quiten esto y yo vuelva a ser lo que era.
Gris. Vacío. Y que ni siquiera te recuerde bien.
—Me apretó contra él—. Mil años apagué la vela para no doler.
Y resulta que lo único peor que doler es no haber dolido nunca por nada.
Lo aprendí contigo. Y ahora amenazan con devolverme a la no-vela, y no sé si sabré encenderla solo una segunda vez.
—Entonces no la enciendas solo —dije—. Si nos quitan el vínculo, si te vuelves gris, si se te olvida hasta mi cara…
yo me acordaré por los dos. Bajaré a buscarte como bajaste tú a buscar a Elia, solo que yo sí sé el camino, y yo sí llego a tiempo.
—Me incorporé sobre un codo para mirarlo—.
Te lo prometo, Caelen. Pase lo que pase mañana.
Si te apagan, te enciendo. Si te vacían, te lleno.
Si te olvidas de mí, te lo cuento otra vez, desde el principio, todas las veces que haga falta.
No porque un hilo me obligue. Porque te elijo.
Acuérdate de eso si todo lo demás se borra: que una herbolaria terca te eligió a oscuras y no piensa dejar de elegirte ni aunque el mundo entero lo prohíba por ley.
No me contestó con palabras. Pero por la ventana del Juramento me llegó algo tan grande y tan caliente que se me llenaron los ojos, y supe que lo había entendido, y que si los dioses nos escuchaban —y nos escuchaban, estábamos en su casa— acababan de oír la única cosa que de verdad les daba miedo: dos criaturas eligiéndose sin que nada las obligara, regalándose una noche entera como si fuera infinita, justo porque sabían que no lo era.
Dormimos un rato, al final. Los dos a la vez, sin que ninguno velara, lo cual no deberíamos haber hecho —siempre vela uno— pero esa noche, una sola noche, nos permitimos el lujo imprudente de descansar los dos juntos, confiados, humanos, mientras en sus tronos de hielo los dioses del orden afilaban el día siguiente.
Que afilaran. Esa noche fue nuestra. La última entera. Y la gastamos bien, hasta el último minuto, como se gasta lo que se ama: sin contar.