CAPÍTULO DIEZ El Solio
El Solio estaba donde el mundo deja de tener borde.
Llegamos al final de la niebla honda, y la niebla simplemente terminaba, cortada en seco, como el final de un sueño.
Más allá no había nada: ni tierra, ni cielo, ni arriba ni abajo.
Un vacío blanco que reconocí con un escalofrío, porque ya había estado en uno parecido —el reino de Morvenna, el silencio donde nada duele y nada importa—, y entendí entonces que el silencio de Morvenna no había sido una invención suya, sino un trozo de esto: la materia de la que están hechos los Antiguos cuando no fingen tener forma.
Y en mitad de ese vacío, suspendido sobre nada, estaba el Solio.
Era una sala sin paredes ni techo. Un círculo de tronos de hielo, altísimos, dispuestos como las gradas de un anfiteatro alrededor de un espacio vacío donde supe, sin que nadie me lo dijera, que se ponía a los que iban a ser juzgados.
El hielo de los tronos goteaba sin derretirse jamás, un gotear eterno que era el único sonido del lugar. Y en los tronos había dioses.
No muchos. Brann tenía razón: habían sido legión cuando el fuego del mundo saltaba alto, y ahora eran un puñado de rescoldos viejos.
Conté nueve, quizá diez; algunos eran apenas siluetas, presencias medio borradas, dioses de ríos secos y estaciones que ya nadie celebraba.
Uno era tan vasto y tan indiferente que mirarlo era como mirar una montaña: no me veía, no podía verme, yo era demasiado pequeña y demasiado breve para entrar en su campo de atención.
Otra —al fondo, apartada— tenía en la postura algo distinto.
Más despierta. Más triste. Tenía la piel veteada como el lecho de un río, y cuando me miró —porque me miró, fue la única que me miró como a una persona y no como a una cifra— me pareció oír, muy lejos, un rumor de agua corriente.
Y en el centro de todos, en el trono más alto, el Heraldo.
—Acércate, Llama. Acércate, Guardián. —Su voz llenó el vacío sin levantarse—. Ocupad el lugar de los que responden.
Caelen me apretó la mano. Caminamos juntos —porque no pensaba soltarle la mano ni aunque me lo ordenara un concilio de dioses— hasta el centro del círculo, al espacio vacío sobre la nada, y me sentí más pequeña que nunca en mi vida, una herbolaria de Cendral con las manos agrietadas, de pie ante los últimos dueños del mundo.
—Se os convoca —dijo el Heraldo— para responder de la quiebra de la Primera Ley del guardián.
—Habló sin papeles, sin testigos visibles, con la exactitud de quien recita algo que escribió él mismo—.
Cargo primero: que el guardián del Umbral ha amado, y que su amor ha abierto en la frontera una herida explotable, como ya os he demostrado en el camino.
Cargo segundo: que la frontera del mundo de los vivos y los muertos está siendo sostenida por dos brasas en lugar de una, contra natura y contra Ley.
Cargo tercero, y más grave —su serenidad sin rasgos se volvió hacia mí—: que la Llama aquí presente, teniendo el don de tejer almas, alberga el deseo de usarlo para retener a los muertos en el mundo de los vivos.
Lo cual la convierte, en potencia, en una segunda Morvenna.
—Una pausa exacta—. Y de Morvennas, el mundo ya ha tenido bastantes.
El vacío entero pareció contener el aliento.
—No tenéis pruebas del tercer cargo —dijo Caelen, y su voz, ante el Concilio, recuperó algo de la antigua frialdad de dios—. Es una acusación de intención. Juzgáis lo que ella podría llegar a desear.
—Tenemos la prueba que ella misma nos dará —dijo el Heraldo, tranquilo—.
Todo juicio justo deja que el acusado se condene o se absuelva con sus propios actos.
No vamos a torturar confesiones. Vamos a poner a la Llama ante aquello que ama, una y otra vez, y a observar qué hace.
Si suelta, como manda la frontera, quedará absuelta, y reconoceremos —se inclinó, milimétrico— que la Ley admite excepción.
Si retiene, como hará, quedará probado el cargo, y la sentencia se ejecutará.
—Juntó las manos—. Es el juicio más limpio que existe. No la juzgamos nosotros. Se juzga ella.
—¿Y la sentencia? —pregunté. Necesitaba oírla. Necesitaba saber qué había en la otra cara de la astilla.
—Si se prueban los cargos —dijo el Heraldo—, se disuelve el vínculo.
Se vacía al guardián de todo fuego, hasta dejarlo como estaba: gris, sin corazón, una frontera limpia.
Y a ti, Llama, se te ofrece el descanso del lago, como a cualquier alma.
Cruzarás. Te hundirás. Pasarás. —Lo dijo como una bondad—.
No hay dolor en ello. Es lo más parecido a la piedad que el orden permite.
—Eso no es piedad —dije—. Es lo que le hicisteis a Morvenna. Le arrancasteis al guardián y la dejasteis ardiendo sola hasta que se volvió hielo.
Por primera vez, algo cruzó el vacío. No en el Heraldo —él no cambió—, sino entre los tronos. Un murmullo. Y al fondo, la diosa veteada de río se removió, y su voz de agua corriente dijo, bajísima, para sí, pero la oí:
—La niña sabe historia.
El Heraldo no se inmutó.
—El juicio comienza mañana —dijo—. Hoy descansad, si podéis. Mañana llamaremos a los testigos. —Y añadió, y juro que sin crueldad, que era lo peor—: Os recomiendo dormir juntos esta noche. Mientras podáis. El vínculo no durará mucho más.