El Concilio de los Antiguos (Crónicas del umbral nº 2) CAPÍTULO NUEVE Los que no llegan
27%

CAPÍTULO NUEVE Los que no llegan

Dejamos atrás el campo de puertas al amanecer —si es que aquello era un amanecer; en la niebla honda la luz no nace, solo se cansa menos un rato— y echamos a andar el último tramo hacia el norte, hacia el borde del mundo.

Y fue en ese tramo donde empecé a verlos.

Al principio creí que eran jirones de niebla más densa.

Luego, que eran recuerdos sueltos, de esos que el Umbral guarda.

Pero cuando uno pasó cerca y me miró —porque me miró—, entendí lo que eran, y se me encogió el alma.

Eran personas. O lo que queda de una persona que cruzó la niebla y no llegó a ninguna parte.

Almas. Decenas. Cientos, cuanto más al norte.

Derivando despacio, todas en la misma dirección, hacia abajo y hacia dentro, con esa lentitud mansa de las hojas en el agua de un remanso que en realidad no es un remanso, sino el borde de una corriente.

—Caelen —dije, parándome—. ¿Quiénes son?

—Los que no llegan. —Su voz se había vuelto gris, la de guardián, la de mil años—.

Almas que se internaron en la niebla y no encontraron orilla.

Que murieron mal, o solas, o con tanto miedo que no supieron soltarse.

O que cruzaron persiguiendo a alguien, como Brann, y se enredaron.

—Miró a los que pasaban con una pena vieja—.

Vagan. Siempre creí que vagaban sin más, eternamente, perdidos.

Es lo que nos enseñaron. Que algunos se pierden y ya.

Una de ellas se acercó. Una mujer, o lo que había sido una mujer, con un bebé de luz apretado contra el pecho —las dos cruzadas a la vez, supe, de un mismo mal—, y al pasar a mi lado alzó la cara y me miró con una súplica tan desnuda que tuve que apretar los puños para no tenderle las manos.

—Ayúdame —dijo, sin voz, solo con la mirada—. Tú sabes. Lo veo en tus manos. Llévame. Llévanos. Llevamos tanto sin llegar.

Y quise. Dios, cómo quise. Tendí mi don hacia ella sin pensarlo, encontré su hilo y el hilito del bebé, listos para tejer, para apartarlos de la deriva, para cruzarlos bien—

—No puedes. —Caelen me sujetó la muñeca, suave—.

No a todos. Mírales, Liora. No son una. Son cientos.

Miles, cuanto más nos acerquemos. Si te pones a cruzar a cada uno que te suplique, te gastas antes de llegar al Solio, y entonces no salvas ni a estos ni a Cendral ni a nadie.

—Le costaba decirlo; a él también le pesaban—.

Hay un tiempo para cruzar y un tiempo para seguir andando.

Lo más cruel de tu don es que vas a tener que aprender a pasar de largo. No siempre. Pero a veces. Hoy.

Solté el hilo de la mujer. Fue de las cosas más difíciles que he hecho: soltar no a quien amas, sino a una desconocida que te suplica y a quien podrías salvar, y seguir andando porque hay algo más grande en juego.

La mujer no me reprochó nada. Volvió a bajar la cara y siguió su deriva, mansa, con su bebé de luz, hacia donde iban todos.

—¿A dónde van? —pregunté, viéndolos alejarse hacia el norte profundo—. Todos en la misma dirección. Hacia abajo. ¿Qué hay ahí?

Caelen miró hacia donde se hundía aquella procesión silenciosa de los que no llegan, y por un instante su cara antigua tuvo una sombra de algo que no era pena, sino desconcierto, como quien repara por primera vez en una pregunta que tenía delante desde hacía mil años.

—No lo sé —dijo, despacio—. En mil años no me lo había preguntado.

Me enseñaron que los perdidos vagan, y nunca miré a dónde.

—Negó con la cabeza—. Qué raro. Sostengo la frontera desde antes de tu pueblo y hay un sitio al que va todo lo que se pierde y nunca he sabido cuál es.

—Reanudó la marcha, inquieto—. Vamos. No me gusta.

Cuanto antes lleguemos al Solio y antes nos vayamos, mejor.

Seguimos andando entre la corriente lenta de los que no llegan, en silencio, los dos pensando lo mismo sin decirlo.

Y aunque entonces no lo entendí —faltaban días, y una muerte, y todo un juicio para que lo entendiera—, allí estaba ya la pregunta entera, andando a nuestro lado, vestida de mujer con un bebé de luz: ¿a dónde van los que no descansan?

La pregunta que el Heraldo me prohibiría hacer. La que esconde lo que hay bajo el lago.

* * *

Esa última noche antes de llegar, Caelen no durmió, y no fue por la frontera.

—Tengo que decirte algo de este sitio al que vamos —dijo, mirando hacia el norte sin bordes, donde la niebla empezaba a clarear hacia el vacío blanco del final—.

El Solio. No es solo donde se reúne el Concilio.

Es donde me hicieron. Donde el guardián anterior me trajo, hace mil años, a sellar el pacto que me convirtió en esto.

La última vez que estuve en ese vacío blanco, entré siendo un hombre con una mujer enferma esperándolo en casa, y salí siendo un dios sin nada.

—Tragó—. Llevo mil años sin volver. Y ahora vuelvo contigo de la mano, a que me juzguen por haber vuelto a sentir.

Hay algo casi gracioso en eso, si uno tiene el humor muy negro, que es el único que me queda.

Le tomé la cara, como ya era mi costumbre, como nadie había hecho en mil años antes de mí.

—Esta vez entras distinto —dije—. La última vez entraste solo, de noche, muerto de duelo, a venderte por una esperanza que te engañaron.

Esta vez entras de día, conmigo, sabiendo lo que eres y lo que vales.

No vas a salir de ese vacío sin nada, Caelen.

Por encima de mi cadáver, que mira que está cerca de pasar. Vas a salir conmigo, o no salgo yo.

—Esa —dijo él, con media sonrisa cansada— es exactamente la clase de frase que nos va a meter en problemas.

—Es exactamente la clase de frase por la que volviste a encender la vela —dije—. Así que aguántate.

Se rio. Bajito, pero se rio, en el último tramo de niebla antes del borde del mundo, rodeados de los que no llegan, camino de los dioses que querían demostrarnos que el amor es una grieta.

Guardo esa risa también. Resulta que, de aquel viaje al norte, lo que mejor he conservado no son los horrores. Son las dos o tres veces que conseguimos reírnos de camino al cadalso. Creo que es lo más parecido al valor que tuvimos nunca: seguir haciéndonos reír mientras andábamos hacia lo peor.