El Concilio de los Antiguos (Crónicas del umbral nº 2) CAPÍTULO OCHO La puerta vuelve a hablar
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CAPÍTULO OCHO La puerta vuelve a hablar

Acampamos —si puede llamarse acampar a sentarse en la escarcha junto a un fuego que Hollín nos prestó de su propio cuerpo— al borde del campo de puertas, donde la niebla honda se abría a una explanada blanca que Caelen no quiso nombrar.

Él se durmió. Todavía me sorprendía verlo dormir; mil años despierto y ahora se rendía al sueño como un hombre cualquiera, con la cabeza apoyada en mi regazo y la respiración lenta.

Hollín se había hecho un ovillo de ascuas contra su costado.

Yo no podía dormir. Velaba, mirando las puertas, y las puertas me devolvían la mirada con sus cientos de ojos cerrados.

La voz vino cuando llevaba un rato sola con mis pensamientos. No de una puerta concreta. De todas a la vez, baja, paciente, de seda y de pozo.

Estás cansada, dijo. Llevas toda la vida cansada. Cuidando. Cargando. Cosiendo grietas que no hiciste tú. ¿Cuándo te toca a ti descansar, pequeña Llama?

—Conozco esa voz —dije, en voz alta, al campo de puertas—. Eres lo que el Umbral usa para hacer daño. Tomas la forma que más anhelo. Caelen me lo enseñó hace un año. No me engañas.

No vengo a engañarte. La voz no se ofendió; nada de lo que era el Umbral se ofendía.

Vengo a ofrecerte lo que ya sabes que quieres.

Lo sentiste con la abuela. Lo sentiste con el hilo entre los dedos.

Esa dulzura. Ese poder. No tienes que perder a nadie, Liora.

Nunca más. Naciste con el don de retener.

Lo único que te enseñaron fue a soltar, porque a los que mandan les conviene que sueltes; les conviene que las almas crucen y se hundan en el lago, dóciles, ordenadas.

Pero tú no tienes por qué obedecer. Tú podrías guardarlas.

A Edda. A Mira, el día que le toque. A tu madre, que aún anda perdida en la niebla llamándote.

Una pausa, exacta como las del Heraldo, y comprendí con un escalofrío que quizá fueran la misma boca. A él.

Miré a Caelen, dormido en mi regazo.

Es un dios, sí, siguió la voz. Pero un dios gastado.

Mil años desangrándose. ¿Y si el juicio sale mal?

¿Y si te lo quitan? Lo sabes hacer, Liora.

Tú tejes. El día que él se apague, podrías no soltarlo.

Podrías coserlo a este lado, a ti, para siempre.

Nadie ha sabido hacerlo jamás. Tú sí. Eres la primera Llama viva en mil años.

¿Para qué crees que nace alguien con tanto poder, si no es para no perder a quien ama?

Y aquí está lo terrible, lo que no le he contado a casi nadie: la voz no mentía.

Eso era lo que la hacía insoportable. Morvenna, un año atrás, me había tentado con una verdad a medias —tu hermana viviría, déjalo morir todo—, y fue fácil odiarla porque pedía una traición enorme.

Esta voz no pedía nada enorme. Pedía algo pequeño y mío: que dejara de soltar.

Que usara para guardar el mismo don con el que guiaba.

Y por dentro, en el sitio más cobarde y más humano de mí, una parte respondía sí.

Sí. No quiero perderlos. No quiero soltar a nadie nunca más. Estoy harta de despedir.

—Soltar no es perder —dije, y me oí temblar—. Caelen me lo enseñó. Soltar a un alma para que cruce no es perderla. Es darle lo que necesita. Retenerla sería…

Sería tuya, susurró la voz, dulce. Y tú estás tan sola, en el fondo, ¿verdad?

Aunque tengas a tu dios y a tu hermana y a tu fantasma cocinero.

Sola con el peso de soltar a todos, siempre, una y otra vez, sin que nadie te suelte a ti.

Yo te entiendo. Yo también amé, una vez.

Y cuando me lo arrancaron, juré que no volvería a soltar nada. Mírame ahora.

El aire delante de mí se enfrió, y por un instante —solo uno, un parpadeo— se hizo una figura en la niebla.

Pelo blanco que no era de vieja sino de hielo.

Ojos de un azul tan pálido que parecían a punto de borrarse.

No era ella. Morvenna se había disuelto, había vuelto a la luz, lo vi con mis propios ojos.

Era su eco. Su recuerdo, que el Umbral guardaba como guarda todo lo que muere mal.

Pero el eco me miró, y en sus ojos pálidos vi, con un horror que me dejó sin aire, mi propia cara dentro de mil años.

Cansada de soltar. Convertida en lo que no soporta perder.

La Dama de la Escarcha que yo podría llegar a ser.

—No —dije, y no se lo dije a la voz. Me lo dije a mí—. No.

Me levanté, con cuidado de no despertar a Caelen, y me planté ante el campo de puertas, y dejé que el fuego de mi pecho —el de verdad, el que enciende, no el que retiene— subiera a mis ojos y a mis manos hasta que las puertas, todas, se estremecieron en sus marcos de niebla.

—Escúchame bien —dije, y mi voz salió envuelta en luz dorada—.

Sé lo que ofreces. Y sé que no mientes, que es lo peor de ti.

Pero te equivocas en una cosa. Dices que nazco con el don de retener para no perder a quien amo.

—Apreté los puños, y los abrí, despacio, a propósito, dejando que la luz se me escapara entre los dedos—.

Nazco con el don de tejer. Y tejer no es solo coser para que se queden.

Es también coser un buen camino para los que se van.

La diferencia entre lo que ofreces tú y lo que soy yo no es el poder.

Es para qué lo uso. —La luz creció—. Y prefiero soltar a todos los que amo, uno a uno, con el corazón roto cada vez, antes que convertirme en eso.

—Señalé el eco de Morvenna, que se deshacía—.

Antes que convertirme en alguien que ama tan mal que prefiere una cárcel a una despedida.

El eco se borró. Las voces callaron. El campo de puertas quedó en silencio, derrotado, por esa noche.

Me senté otra vez junto a Caelen, temblando, vaciada, y él se removió en sueños y me buscó la mano sin despertar, y se la di.

Había ganado. Esa noche, había ganado.

Pero mentiría si dijera que no me quedé despierta hasta el alba, oyendo el eco de mi propia voz —prefiero soltar a todos los que amo—, sabiendo que lo había dicho de pie y a salvo, con todos mis seres queridos todavía vivos, y preguntándome, con un frío que no se me iba del pecho, si sería capaz de sostener esas palabras el día que de verdad tuviera que soltar a uno.

No tuve que esperar mucho para averiguarlo.