El Concilio de los Antiguos (Crónicas del umbral nº 2) CAPÍTULO SIETE El primer cargo
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CAPÍTULO SIETE El primer cargo

El norte del Umbral no se parecía a nada que hubiera visto.

Cruzar la niebla hacia Cendral era atravesar una cortina suave; el camino se abría a un bosque de abedules en flor y todo olía a tierra mojada.

Pero el norte era ir hacia dentro, hacia abajo, hacia donde la niebla se espesaba hasta volverse casi sólida, un aire blanco que había que apartar con las manos.

Caelen lo llamaba la niebla honda. Dijo que pocas almas llegaban tan lejos, y que las que llegaban no era porque quisieran.

Caminamos días que no eran días, porque allí el tiempo tampoco se molestaba en pasar.

El paisaje cambiaba sin avisar: a ratos andábamos sobre un páramo de escarcha negra donde crujían cosas bajo la nieve; a ratos cruzábamos campos enteros de puertas.

Puertas sin paredes, plantadas en la niebla como lápidas, cientos, de todos los tamaños y maderas, cerradas.

Caelen me apretó la mano cuando las vio.

—No las mires mucho —dijo—. Son como la del ala este de casa. Umbrales menores. Cada una se abre a lo que más anhelas. Es un campo de trampas. Lo pusieron aquí a propósito: nadie atraviesa el norte sin dejarse algo del alma en una de estas puertas.

Pasamos entre ellas en fila, Hollín delante, dejando un rastro de chispas que era lo único cálido en kilómetros. Y de cada puerta, al cruzar a su lado, salía una voz.

De una salió la de mi madre, la de siempre, diciendo mi nombre verdadero. De otra, la tos de Mira. De otra, increíblemente, la voz de Edda, la abuela de los Ferrén, que aún no había muerto, riéndome una broma. Apreté los dientes y seguí andando, porque eso ya sabía manejarlo; eso era viejo.

Lo que no supe manejar fue la última puerta.

Era pequeña, sencilla, de madera clara, casi humilde entre las demás.

Y de ella no salió ninguna voz. Salió un silencio, y dentro del silencio una certeza que se me coló directa al pecho sin pasar por los oídos: si aprendieras a tirar, ninguna de estas puertas tendría poder sobre ti.

Porque no habría nadie al otro lado que pudieras perder.

Los tendrías a todos de este lado. Contigo. A salvo. Para siempre.

Me paré. La mano se me fue sola hacia el picaporte.

—Liora. —La voz de Caelen, lejana, al otro lado de un zumbido—. Liora, no.

—No iba a abrirla —dije. Era mentira. La mano ya tocaba la madera, tibia como la astilla de hueso del Diezmo.

Y entonces el dolor.

No fue mío. Llegó por el Juramento, una puñalada de fuego helado que me atravesó la flor del pecho de lado a lado, y oí gritar a Caelen, un grito ahogado, y me volví y lo vi caer de rodillas en la escarcha negra con las dos manos apretándose el corazón, y de entre sus dedos brotaba el mismo hilo de luz negra y enferma que un año atrás casi lo había matado.

—¡Caelen! —Me lancé hacia él, la puerta olvidada—. ¿Qué pasa, qué te…?

—No… soy yo. —Apretaba los dientes—. Es él. Está… tirando.

Y entonces lo entendí, y el entendimiento fue peor que el dolor.

El aire entre las puertas se onduló, y se hizo el Heraldo, gris y exacto, sin esfuerzo, como quien se asoma a una sala suya.

No había rabia en él. No había nada en él, esa era su forma de existir.

Sostenía algo en la mano: un hilo finísimo, ceniciento, que iba de su palma al pecho de Caelen.

Mi marca. El Juramento. Lo tenía agarrado como quien sujeta la correa de un perro.

—El primer cargo —dijo, con su voz que ocupaba el espacio justo— es la corrupción de la frontera por el vínculo.

Quiero que entendáis su naturaleza antes de que os juzguen por él, para que el juicio sea limpio.

—Movió un dedo, apenas, y Caelen se dobló más, ahogando otro grito, y a mí me ardió la marca como si me la arrancaran—.

Esto es el Juramento de Ceniza. Lo forjasteis por amor.

Y como todo lo que se hace por amor, es una puerta abierta.

Lo que entra por amor, también puede entrar por ella el dolor.

Si sufre uno, sufre el otro. —Me miró—. Lo cual significa, Llama, que tengo dos maneras de hacerte daño. Y solo necesito una mano para las dos.

—Suéltalo. —Me puse delante de Caelen, entre él y el hilo, como si pudiera cortarlo con el cuerpo—. Es a mí a quien quieres romper. Pues hazlo a mí. Déjalo a él.

—No quiero romper a nadie. —El Heraldo aflojó el hilo, y Caelen se desplomó, respirando entre arcadas, y el dolor de mi pecho cesó de golpe—.

Romper es trabajo de Morvenna, y Morvenna era una sentimental.

Yo solo demuestro. Acabo de demostrar el primer cargo: que vuestro amor es una herida que se puede abrir desde fuera.

Una frontera con una herida abierta no es una frontera.

Es un colador. —Dejó caer el hilo, que se desvaneció—.

En el Solio lo veréis con números. Aquí solo quería que lo sintierais con el cuerpo.

Es más honesto. —Una inclinación cortés—. Os esperamos. Falta poco.

Se deshizo. La niebla honda volvió a cerrarse. Y yo me quedé de rodillas en la escarcha, abrazando a Caelen, que temblaba.

—¿Estás…?

—Estoy. —Me agarró la muñeca con una fuerza que desmentía el temblor—.

Liora. Escúchame mientras todavía me duele, porque cuando deje de dolerme voy a fingir que no fue para tanto y necesito que lo sepas ahora.

—Tenía los ojos plateados llenos de algo feroz—.

No le des lo que quiere. ¿Lo has visto? No me ha hecho daño para hacerme daño.

Me lo ha hecho para ponerte a ti delante.

Para que te interpongas. Para que aprietes.

Cada vez que te interpones entre el dolor y yo, le das la razón: le demuestras que el vínculo nos hace débiles, que no sabemos soltar.

—Tragó saliva—. La próxima vez que me tire de la correa…

déjame doler. Por horrible que suene. Déjame.

—No.

—Liora…

—No —repetí, y le aparté el pelo de la frente sudada, y no me reconocí la voz: salió dura, terca, vieja como el hielo—.

No pienso dejarte doler. Y antes de que pongas esa cara: sí, ya sé.

Ya sé que es justo lo que él quiere oír.

—Me levanté, y miré hacia el norte, hacia el Solio, hacia el ser que contaba—.

Pero hay una diferencia entre apretar el puño por miedo y cerrarlo por decisión.

Él cuenta. No siente. No entiende que se puede sostener algo con fuerza sin estrangularlo.

—Le tendí la mano para ayudarlo a levantarse—.

Voy a enseñárselo. Aunque tenga que aprenderlo yo primero.

Caelen me miró desde el suelo un largo instante. Después tomó mi mano.

—Esa frase —dijo, levantándose— es la más valiente y la más peligrosa que te he oído nunca. Y no sé cuál de las dos cosas pesa más.

Yo tampoco lo sabía. Esa era exactamente la trampa.