El Concilio de los Antiguos (Crónicas del umbral nº 2) CAPÍTULO SEIS Cendral bajo el sol
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CAPÍTULO SEIS Cendral bajo el sol

Decidí contárselo a Caelen, porque habíamos jurado no volver a la casa de los secretos. Pero antes —cobarde de mí— quise un día limpio. Uno solo. Crucé a Cendral a la mañana siguiente con la excusa de ver a Mira, y la excusa, como las mejores, era también verdad.

Mi hermana tenía diecisiete años y un verano entero en la cara.

Verla seguía siendo, después de un año, el milagro que ordenaba todos los demás.

La recordaba pálida hasta la transparencia, con esa tos que le sacudía los hombros, quince años sin haber visto jamás una primavera.

Y ahora venía corriendo por la calle mayor de Cendral con las mejillas rojas, el pelo suelto, una cesta de huevos en el brazo, gritando mi nombre como si yo fuera la sorpresa y no ella.

—¡Has venido entre semana! —Me abrazó con la cesta y todo; un huevo se sacrificó por la causa—. ¿Qué pasa? Nunca vienes entre semana. ¿Está bien tu novio terrorífico? ¿Le ha vuelto a salir mal el pan al fantasma?

—Brann no es un fantasma, es un alma ligada, y lo de la bota fue una vez. —Le aparté el pelo de la cara. Calor. Mejillas calientes, vivas—. Y vengo porque quería verte. ¿Hace falta más motivo?

Pero Mira me conocía como solo te conoce alguien que aprendió a leerte la cara antes de aprender a leer letras. Entrecerró los ojos.

—Estás rara —dijo—. Tienes la cara de cuando algo va a pasar y no me lo quieres decir para no asustarme. Esa cara la tienes desde que tengo memoria, Liora. No funciona. Solo consigue que me asuste más, porque sé que me la estás poniendo.

Me reí, porque era verdad, y la abracé otra vez para esconder que se me habían llenado los ojos.

Pasamos la mañana juntas, como antes, como nunca.

Recogimos los huevos. Bajamos al río —al río, que corría, que cantaba sobre las piedras después de once años de hielo— y metimos los pies en el agua y chillamos del frío y nos reímos.

Le conté de la casa, de Hollín gordo, de las flores rojas que latían en el invernadero.

Ella me contó del chico del molino, que le gustaba pero que era un bobo, y de que el viejo curandero decía que tenía buena mano para las hierbas y quería enseñarla.

—Igual acabo siendo como tú —dijo, tumbada en la hierba al sol—. Herbolaria. Menos lo de irme a vivir con la Muerte, eso te lo dejo a ti.

—Buena decisión.

—Liora. —Se incorporó sobre un codo, de pronto seria de esa seriedad que solo tienen los muy jóvenes, la que aún cree que las cosas se arreglan diciéndolas—. La noche que volvió el sol. La noche que sanaste. Pasó algo más, ¿verdad? Algo que no me contaste.

—Te lo conté todo.

—Me contaste lo grande. Lo del fuego del mundo y la diosa de hielo y todo eso.

—Bajó la voz—. No me contaste lo pequeño.

Esa noche, cuando me desperté curada… no fue solo que se me fuera la fiebre.

Fue como si algo se encendiera. Aquí. —Se puso la mano en el pecho, justo donde a mí me latía la flor de ceniza, y el corazón me dio un vuelco—.

Y sigue ahí. No me duele. Es como tener una brasita dentro.

A veces, cuando estoy muy contenta, o muy asustada, la noto calentarse.

No se lo he dicho a nadie. Pensé que me dirían que estaba loca.

Pero a ti puedo decírtelo. ¿Tú… tú tienes una así?

Me quedé mirando a mi hermana de diecisiete años, con el sol en el pelo y una brasa nueva en el pecho, y por primera vez entendí del todo por qué el Heraldo había nombrado a Mira en el umbral de mi casa. No como amenaza. Como dato.

La que sanó cuando reavivasteis la Brasa.

La Brasa no solo había curado a Mira. La había tocado. Y lo que toca el fuego del mundo, a veces, prende.

—Sí —dije, despacio, porque no sabía mentirle y no quería asustarla—.

Tengo una así. Y no estás loca, Mira. Estás…

—busqué la palabra— estás viva de un modo nuevo.

Eso es todo. Ahora escúchame. —Le tomé las dos manos—.

No le hables a nadie de esa brasa. A nadie.

Ni al curandero, ni al chico del molino, ni a Sena. Solo a mí. ¿Me lo prometes?

—Me estás asustando otra vez.

—Lo sé. Perdóname. —La abracé fuerte, y por encima de su hombro miré hacia el norte, hacia donde el mundo temblaba de tarde en tarde, y sentí el frío subirme por la marca—. Pero prométemelo igual.

—Te lo prometo —dijo, contra mi cuello, pequeña otra vez—. Pero solo si tú me prometes que me lo vas a contar todo cuando puedas. Lo grande y lo pequeño. Estoy harta de que me protejan, Liora. Tengo diecisiete años. Sané de un milagro. No soy de cristal.

—Te lo prometo —dije.

Y por una vez en mi vida, era una promesa que pensaba cumplir.

Volví a la niebla al atardecer con el corazón pesado y una certeza fría asentándoseme en el estómago.

El juicio no era solo nuestro. La amenaza no terminaba en Caelen y en mí.

Se extendía por la niebla como las grietas por el hielo, hacia Cendral, hacia los Ferrén, hacia una muchacha de diecisiete años con una brasa secreta latiéndole en el pecho.

Si los Antiguos llegaban a saber lo de Mira —si el Heraldo sumaba esa cifra a su cuenta—, no habría sitio en ningún mundo donde esconderla.

Esa noche sí se lo conté todo a Caelen. Lo de Edda. Lo del tirón. La voz nueva en la niebla, la que me enseñaba a tirar. Y lo de la brasa de Mira.

Caelen me escuchó en silencio, sentados los dos en el suelo de la sala de la Brasa, y cuando terminé no me riñó ni se asustó ni se cerró. Hizo algo mejor: me tomó la mano y la sostuvo, y a través del Juramento dejó que sintiera que no estaba sola en esto.

—Mañana partimos al Solio —dijo—. Antes de la luna nueva.

No para obedecerles. Para mirarlos a la cara y averiguar qué saben.

—Me apretó los dedos—. Y, Liora… esa voz que te enseña a tirar.

Esa que dice que no perderás a nadie. —Me miró, y en sus ojos plateados había mil años de saber exactamente de qué hablaba—.

Yo la oí también. Hace mucho. Justo después de que muriera ella.

Y te juro por lo que más quiero, que eres tú, que el día que esa voz suene razonable, ese día es el día de tener más miedo.

* * *

Partimos al alba.

Brann nos despidió en el embarcadero, donde el agua tibia lamía la piedra y las almas cruzaban en su fila lenta y luminosa. Insistió en venir hasta el último momento, refunfuñando, metiéndonos pan envuelto en paños en las alforjas como si fuéramos a un mercado y no a un juicio divino.

—Llévate el de romero —le dijo a Caelen—.

Y come, que te conozco. Y tú, niña. —Me agarró del brazo, y sus dedos borrosos pesaban más de lo que un fantasma tiene derecho a pesar—.

Pase lo que pase allí arriba. Cuando te pongan delante todo lo que quieres y te digan que puedes quedártelo si solo aprietas un poco la mano…

—me miró con esos ojos imposiblemente vivos— acuérdate de que querer no es tener.

Que el cariño que aprieta deja de ser cariño y se vuelve cárcel.

Lo aprendí por las malas, hace mucho, con alguien a quien no supe soltar.

—Tragó algo que no tenía garganta para tragar—. No seas como yo fui. Sé como tú eres.

No le di importancia entonces. Le di un beso en la mejilla borrosa, que sabía a humo y a harina, y subimos a la barca, y Hollín saltó al último momento, porque no pensaba quedarse en tierra mientras sus dos personas se iban al norte.

Lo último que vi de la Casa de los Velos fue a Brann en el embarcadero, pequeño bajo el cielo nuevo, despidiéndome con la mano.

Si lo hubiera sabido, me habría dado la vuelta. Habría vuelto a abrazarlo. Le habría dicho que el pan estaba bueno de verdad, no por el romero, sino porque lo había hecho él.

Pero no lo sabía. Nunca lo sabemos. Esa es la trampa de las últimas veces: que casi nunca te avisan de que lo son.